La terapeuta infantil y presidenta de la asociación para el bienestar social y cultural de niños y jóvenes Caminantes Segovia, Ana María Marugán, ha alertado del riesgo de sobreinformar a los más pequeños sobre la guerra de Ucrania y trasladar una constante sensación de peligro a los hijos, algo que desde que comenzó la pandemia del coronavirus ya se ha traducido en problemas de conducta y en el aprendizaje.
En una entrevista con la agencia Efe, Marugán ha señalado que, durante su trabajo al frente de la asociación Caminantes, ha detectado en los dos últimos años de crisis que los niños padecen más problemas de inmadurez a nivel motriz y del lenguaje, los cuales achaca en buena medida a la falta de interacción social y libertad de movimientos al aire libre.
Dos meses sin salir de casa y entre cuatro y seis más con los parques infantiles cerrados les ha privado de una parte de interacción social y con el medio natural que la experta considera “imprescindible” en el desarrollo de los niños.
A estas ausencias se añade mayor carga de una emoción que Marugán advierte que “a nivel cerebral, es muy mala”, el miedo: A no quitarse la mascarilla aun a día de hoy en ningún caso por temor al contagio y ahora, a los posibles problemas derivados de la guerra de Ucrania.
“Tenemos un problema como sociedad y es que tenemos toda nuestra atención puesta en el peligro”, señala la terapeuta, quien considera que esta constante sensación de alerta se transmite a los niños, quienes no tienen las herramientas suficientes para analizar o relativizar la gravedad de la situación.
“Para convertirme en un adulto sano, la infancia tiene que ser la mejor etapa de mi vida, no me tienes que hacer partícipe de cosas como estas, porque yo como niño ni puedo gestionarlo, ni puedo hacer nada y, encima, me puede influir en el desarrollo”, lamenta Marugán.
La presidenta de esta asociación, fundada hace veinte años, advierte que, aunque en muchos casos los padres no son conscientes de estar transmitiendo esas emociones a los hijos, lo hacen con pequeños gestos como comentar la preocupación por el desabastecimiento de productos como el aceite de girasol delante de ellos.
Por eso, ella aboga porque primero los adultos se miren a sí mismos, pues su salud mental en muchas ocasiones está muy tocada pero “todo se puede arreglar”: “Cuando sentimos miedo, hay que mirar hacia dentro, no hacia fuera, tendemos a enfocar la atención en otras cosas, no en los problemas que uno tiene”, apunta.
En la asociación Caminantes Segovia también colabora Ana María Linares, doctora en psicología y coordinadora general de la Federación Coordinadora de Asociaciones de Adopción y Acogimiento, que ha visto como tanto la crisis del coronavirus y la guerra de Ucrania ha afectado de manera especial a los niños que provienen de sistemas de protección.
“Con la pandemia, les pasó a muchos, que empezaron a pensar más en su entorno en el país de origen y con la guerra ocurre lo mismo”, ha señalado en otra entrevista Linares, para quien estas catástrofes vuelven a abrir la “herida” sobre esa parte de ellos mismos que no conocen.
En su opinión, este problema se ha agudizado en niños y jóvenes de origen ruso y ucraniano y en el primer caso, la doctora en psicología asegura que muchos se sienten “atacados socialmente” y “culpabilizados”, lo que les “revuelve” emocionalmente, “a muchos niveles”.
Precisamente, el pasado 3 de marzo a través de las páginas de EL ADELANTADO, la asociación segoviana Caminantes mostraba su preocupación ante la detección de actos de rechazo y ofensas hacia la población rusa y más directamente hacia los niños rusos, como consecuencia de posicionamientos radicales generados por la invasión de Rusia a Ucrania, ordenada por Vladímir Putin. “Tenemos niños rusos que viven en España a los que se les está insultando y no tienen ninguna responsabilidad sobre lo que está ocurriendo”, manifestó a este periódico con dolor Ana María Marugán, presidenta de Caminantes Segovia, asociación para el bienestar social y cultural de niños y jóvenes.
Por su parte, Ana María Linares en declaraciones a la agencia Efe relata un ejemplo del que ha tenido conocimiento recientemente, un joven de origen ruso de 22 años que lleva desde que tenía seis meses de edad en España y le transmitió el dolor que sentía por escuchar constantemente comentarios del tipo “Anda que… la que está liando tu primo”, en referencia al presidente ruso.
“Son palabras dolorosas que generan conflictos en personas como estas, que se van a cansar y es normal que acaben teniendo reacción de enfado, o agresivas, porque no deja de ser un comentario racista”, lamenta la experta.
Niños rusos y ucranianos
Por otro lado, bajo su punto de vista, a los jóvenes ucranianos que residen en España se les trata a menudo desde la “compasión”, el “vamos a ayudar, vamos a enviar material, vamos a coger niños”, pero con “una mirada occidental y de entornos de paz” que les hace ser “incapaces” de gestionar el conflicto.
Esto puede ser un problema en los futuros procesos de acogida por parte de muchas familias españolas a los refugiados ucranianos que está llegando a España: “Su situación es tremendamente difícil, pero la gestión va a depender de cómo seamos nosotros de capaces de darles esta acogida y este acompañamiento”, señala la psicóloga.
Por ejemplo, que las familias permitan a los refugiados “expresar su dolor y vivir el duelo de manera respetuosa”, en los tiempos y las formas: “Hay mucha gente que piensa ‘bueno, ahora estás aquí y hay que seguir adelante’ y no, necesito mi tiempo para asimilar los problemas”, comenta Linares.
En su opinión, en sociedades como la nuestra tendemos a intentar “que acabe el sufrimiento cuanto antes”, a veces hablando de ello “lo menos posible” y en casos como este no suele ser el camino: “Estas personas necesitarán encontrar su lugar y que nosotros seamos el lugar en el que enraizarse”, resume la experta.
