Imagina que puedes dedicarte a tu trabajo soñado. Tienes la formación, las aptitudes y el potencial. Pero hay algo (o alguien) que trata de ponerte algún que otro impedimento para que te acabes dando por vencido. Imagina que te advierten de que ese no es tu mundo. O ponen en duda tus capacidades. Hay a quienes esto le parece impensable. Pero no a Beatriz Gil, Yolanda Bayo, Sonia Brañas, Ana García y Montserrat Alonso. Esta fue su realidad hace una o dos décadas, cuando se atrevieron a romper las barreras que les separaban de su vocación y aceptaron el reto de triunfar en trabajos masculinizados.
Eran conscientes de que iban a introducirse en un campo en el que no era habitual su presencia. Cuando Beatriz se convirtió en Policía Local hace 15 años, en Segovia solo había dos mujeres en la patrulla, por lo que le avisaron de que era “un cuerpo jerarquizado y de hombres”. Pero esto no le hizo echarse atrás.
Aunque con sus compañeros “nunca ha tenido problemas”, no ocurre lo mismo con los ciudadanos, por lo que asegura que “no es fácil llevar un uniforme” y, en el caso de las mujeres, peor aún: “Tienes que demostrar el doble que los hombres”.
Hace años que la realidad social combate la masculinización de ciertos sectores, y muestra de ello es que cada vez son más las mujeres que inician su propio proyecto empresarial y se convierten en punta de lanza en trabajos tradicionalmente masculinos.
El reto de ser visibles
Con 27 años, el padre de Yolanda Bayo le fue delegando la dirección de una empresa que cuenta con 40 autobuses y que dirige desde 2007. Se quedó con el negocio familiar, aunque en su propio entorno le decían que “no sería capaz, por ser mujer”, lamenta. No dudaban de sus cualidades, pero creían que no era una labor para ella. “¿Si pinchas una rueda cómo vas a cambiarla? Debes tener fuerza”, le preguntaban. Su respuesta era sencilla: “llamaré a asistencia en carretera”. Lo cierto es que Bayo tenía los conocimientos de mecánica necesarios.
Sus comienzos no fueron fáciles; en sus primeros viajes, veía cómo los hombres observaban desde el pasillo cómo conducía. En un viaje que realizó a Salamanca con el Hogar del Jubilado de Cantalejo, un hombre se asombró al darse cuenta de que lo llevaba ella; “Lo has hecho tan bien, que no pensaba que eras una mujer”, le dijo.
Tampoco fue fácil para Sonia Brañas, directora de una empresa de transporte de mercancías desde 1997. Aún llama la atención que sea una mujer quien va al volante. Cuando comenzó a conducir en 2010, esto “era muy raro”, de hecho cree que solo tenía “una o dos” compañeras en Segovia.
Viene de una familia de conductores. “Tengo más kilómetros que otros van a tener en su vida”, cuenta. Brañas se sube al camión para quitar la lona, no tiene que esperar a que nadie le ayude. Y así con todo. Hace “exactamente lo mismo” que los hombres, pero al principio su marido recibía llamadas en las que el machismo se convertía en el protagonista: “¿Le dejas el camión?”, le preguntaban.
La maternidad, un hándicap
En la mayoría de casos, la maternidad supone un freno en las carreras profesionales. Hasta que sus hijos no “crecieron”, Brañas no pudo dedicarse a la conducción. Para poder irse, “tenía que saber” que las abuelas le “echarían una mano”. Esto no ocurría cuando era su marido el que se iba de viaje. Entonces era una situación “totalmente normalizada”.
En el caso de Bayo, su embarazo le obligó a apartarse de la empresa. “Es injusto que por ser mujer tuviera que dejarlo”, sostiene. De igual forma, fue Beatriz y no su marido (también policía), la que tuvo que reducirse la jornada cuando sus hijos eran pequeños.

Un cambio progresivo
Las desigualdades se agravan aún más en el entorno rural, donde sectores como la ganadería están tradicionalmente masculinizados. Esto bien lo sabe Ana García. Con apenas 29 años, arrancó su negocio; es la propietaria de una granja con 64 vacas y toros.
De los siete ganaderos que hay en Basardilla, ella es la única mujer, lo que causó especial impacto en sus compañeros de profesión que, al principio, le negaban el saludo. “Dan por hecho que no puedes hacer lo mismo”, manifiesta.
La progresiva incorporación de la mujer al mercado laboral parece estar traduciéndose en un cambio de mentalidad. Ejemplo de ello es Montserrat Alonso, presidenta del Claret desde 2021. Hubo quien se encargó de “recordarle” que este era “un mundo de hombres”. Aunque las decisiones en la junta directiva “se respetan” por igual, “choca” que sea ella quien lidere el club.
Estas segovianas son solo un ejemplo. Pero han logrado abrir el camino a las generaciones venideras, que ya no tendrán que sortear buena parte de las piedras que trataban de lastrar sus caminos.
Las mujeres cobran 4.440€ menos
Hay quienes lo ponen en duda, pero las estadísticas lo confirman. No, las mujeres no ganan lo mismo que los hombres: estos cobran más de media. Las mujeres aún cobran 4.440 euros menos que los hombres en Castilla y León, tal y como se desprende de la sexta edición del informe ‘Brecha salarial y techo de cristal’, publicado en la antesala del Día Internacional de la Mujer. A pesar de que en 2020 la diferencia disminuyó por debajo de la registrada en 2014, las mujeres tendrían que cobrar un 25,5 por ciento más para igualar el sueldo de ellos, según muestran los últimos datos de la Agencia Tributaria.
No obstante, algo parece estar cambiando en los últimos años. El aumento del SMI ha influido notablemente en la reducción de la brecha salarial, al igual que el ritmo 2005-2020 para acabar con estas desigualdades se ha acelerado de los 121 años en 2019 a los 74 años en 2020.
Es en los tres tramos de retribuciones más altas donde se concentran los agravios de la brecha salarial. De hecho, mientras que las mujeres cobran entre 36 y 182 euros más que los hombres en la horquilla que oscila entre los 19.950 y los 33.250 euros de salario anual, reciben 50.000 euros menos cuando las retribuciones escalan por encima de los 133.000 euros al año. También perciben alrededor de cien euros menos anuales para el tramo de 6.650 a 13.300 euros; y hasta 416 por debajo para los de 13.300 a 19.950.
En el análisis por edades, la brecha salarial aumenta desde los 757 y 1.907 euros en las edades tempranas (menor de edad y entre 18 y 25 años), hasta los 4.195 euros a los 56 años o los 8.615 euros de brecha de las de más de 65 años, lo que muestra las etapas que las mujeres dedican a los cuidados familiares en detrimento de su desarrollo profesional.
Los principales motivos de la brecha salarial son la precariedad y el techo de cristal, puesto que algo más de 4,2 millones de mujeres en España no llegarían a cobrar en el conjunto del año el SMI, es decir, el 49 por ciento del total de las ocupadas.
