Si hay algo que siempre debe estar listo para su uso es nuestro sentido crítico, porque ¿cuántas veces nos intentan engañar, manipular, tergiversar o mentir al día? Seguramente lo consigan muchas veces, pero hay otras en que es tan evidente la falsedad o el bulo que nos viene a la cabeza la hiperbólica metáfora popular de “comulgar con ruedas de molino”. Imposible que entren en nuestra sesera ciertas ideas, como imposible que entre una piedra de entre 110 y 150 centímetros de circunferencia en una boca humana.
Y como buena rueda, la del molino también tenía su runrún. Un latido de placenta que transformaba el grano en harina y la espiga en alimento. Las ruedas o piedras rascaban y desgastaban su duro granito, que incluso a veces se rajaba y paraba el trabajo que no podía detenerse, pues de él dependía el pan de muchos. Los molineros eran prevenidos y tenían apalabradas la sustitución de las piedras con los canteros; canteros que veían, marcaban y sacaban las futuras voladeras y soleras de la Mata de San Blas. Y no fue hasta hace apenas dos años que Juan Frutos Sánchez Cubo y Pedro Bigeriego González de Castejón dieron a conocer esta información en su libro Molinos de El Espinar, gracias al mirar curioso de José Luis Muñoz durante sus paseos por el monte.
Por todo esto, el pasado domingo fue un regalo pasear por la Mata de San Blas y descubrir las huellas de los canteros, escuchando a Juan, a José Luis y otros que compartieron sus saberes con aquellos que habían respondido a la propuesta del Grupo de Senderismo de El Espinar. Porque nuestra historia está escrita en nuestro paisaje y recorrer los caminos supone transitar la memoria y –paso a paso– recuperarla, pues, aunque “agua pasada no mueve molino”, conocer nuestro pasado nos encamina el presente y, tal vez, nos ayude a encarar nuestro futuro.
