Sonia y José María son un matrimonio ejemplar que vive en la falda de la Mujer Muerta, unido por el amor y el transporte. Si les sale un viaje que precise de dos conductores, se turnan al volante de su camión para cumplir con los tiempos de conducción y descanso. Les sirve también para analizar las dificultades de su pequeña empresa y, sobre todo, para revisar cómo sus hijos crecen sanos y buenos. De lejos, durante esos viajes especiales, ven mejor el bosque de su vida que, a veces, los propios árboles tapan.
En su exilio obligado, Serrat le decía a su madre que “de lejos dicen que se ve más claro, que no es igual quién anda y quién camina”. Y así, cuando ando por otras calles y entre gente ajena, echo de menos caminar por los senderos de mi niñez, a los que conozco y todos ellos me conocen a mí; y los añoro, por muy hermosa que sea la Judería de la Madre Segovia, el parque de la Quinta de la Fuente del Berro y los atardeceres rojos de ese mar que pinta de azul muchas de mis noches y sueños.
Llevo más de medio siglo juntando palabras. Muchas han sido sobre mi pueblo. “El que es de la tierra es tierra, y de la tierra habla”. El viento me lleva. Ruedo y giro como una peonza, y ya son 70 años. Vaya adónde vaya, llevo a mi pueblo en la memoria y en el corazón (como todos). Pero no basta, hay que escribir “de cerca”. Patxi Andión decía que “no se puede ser poeta desde lejos”. Entiendo a Isabel López Villa, que fue buena colaboradora de estas columnas sobre El Espinar, cuando cerró su etapa al trasladarse a otro lugar. Ya le he pedido permiso a Juana Hita, mi jefa de sección. También necesito un descanso. Soy de la casa.
