En el siglo XIX, formaba parte de la propia vida. Siempre ha estado presente, pero no de la misma forma. En aquella época, los difuntos se velaban en los domicilios. Hace años que esta antropología cambió y la muerte se convirtió en un “problema” que trata de alejarse de la ciudad de los vivos. Esta sigue siendo una nota molesta en la melodía de la vida, un tema tabú, a pesar de que desde hace cerca de dos años está presente casi cada día y ha demostrado que es la única certeza de la vida y, a su vez, una de las más temidas.
“Parece que hay que pasar este trance rápidamente”, lamenta la historiadora del arte e investigadora del patrimonio funerario, Mercedes Sanz, quien hace hincapié en la importancia de que la sociedad no viva de espaldas a la muerte, al tiempo que subraya que “se vive en precario”.
Visitar a los difuntos es quizá una de las tradiciones más enraizadas en la población española, y puede que se trate incluso de una especie de “necesidad” para recordar, venerar o superar el dolor que genera el fallecimiento de un ser querido. Aunque cada vez es más frecuente que el enterramiento se realice en columbarios, que permiten escasas posibilidades de expresión artística, el tratamiento se mantiene.
Con motivo de la celebración del Día de Todos los Santos, cientos de segovianos de todas las edades llevan flores a sus difuntos en el Cementerio Municipal del Ángel de la Guarda. Para Sanz, “es un gusto que los niños se acerquen a esa realidad”, dado que la muerte también forma parte de la vida.
La imagen del camposanto el 1 de noviembre dista bastante de la que tiene el resto del año, cuando son en su mayoría los más mayores los únicos que lo frecuentan. Lo cierto es que los jóvenes mantienen cierta lejanía con estos lugares sagrados, lo que Sanz atribuye a un problema de la educación que reciben, que trata de convencerlos de que “todo es felicidad”, e intenta expulsar así a la muerte, el dolor y el sufrimiento de la vida.
