Aquella tarde escogí desplazarme en tren. Tenía que ir a Cercedilla desde Madrid, así que opté por evitar el coche. ¡Que me lleven!, me dije, y así podré disfrutar del amplio paisaje que ofrece la ventana del ferrocarril; ahorrar gasolina, aprovechar para leer un libro o mirar la sucesión de lomas y casitas, el paisaje que avanza bajo la potencia de la maquinaria férrea.
Llegamos con retraso –dijeron que había avería en Recoletos–. Al regreso, las demoras se habían acumulado y los convoyes circulaban ya dos horas por detrás del horario previsto. “Es que hay avería en Recoletos”, reiteró en Cercedilla la factor (profesional ferroviario especializada en tareas de circulación). Me dije: pareciera que Recoletos estuviera perdido allende el Pirineo y sea difícil llegar para realizar reparaciones. En fin… Mientras tanto, como yo, había otros paisanos deambulando por el andén.
A la conversación con la factor se unió una pareja: “Sí, nosotros también pensábamos volver antes y, ya ve, ahora estamos aquí, esperando al raso”. “Porque antes había una marquesina, ¿verdad?”, comentó un hombre a la factor. Esta asintió, y fue cuando empecé a indagar sobre los motivos por los que estaban desmantelando Chamartín.
“Han quitado las planchas de las marquesinas y ahora andan cizallando el acero de los pilares. ¿Es que lo van a vender al peso?”. Aquel comentario, junto a otro anterior sobre cuándo sería el próximo tren a Segovia, hizo volver a la factor a su despacho, no fuera que aquella segoviana le siguiera exponiendo la penosa situación de la línea en su trazado norte. Mientras, la boca del túnel, a la derecha de la estación, esa por donde se supone que entran o salen los convoyes rumbo a la Castilla eterna, miraba muda y negra.
Desde la Asociación de Amigos del Ferrocarril (AAF) ‘Ciudad y Tierra de Segovia’ defendemos el tren por motivos ‘ECO’: ecológicos y económicos, aunque se debe diferenciar entre trenes convencionales (regionales, larga distancia, cercanías) y los de alta velocidad (ya que, al rebasar los 165 km/hora, la resistencia del aire incrementa la necesidad energética y por tanto la producción de CO2). Es decir, la alta velocidad no resulta tan ecológica por el gasto de energía que precisa, no sólo en su funcionamiento, sino durante su construcción y mantenimiento. En este punto enlazamos con el tema monetario. Únicamente los trenes convencionales resultan viables económicamente. Acabamos de asistir a la inauguración del trazado del AVE a Ourense, que ha supuesto una inversión de más de 9.000 millones de euros. Apenas se gana hora y media en el trayecto desde Madrid, para quien pueda pagar el billete, claro. El gasto en alta velocidad ha llevado al sistema ferroviario español a la ruina, al desmantelamiento de trazados (nuestro tren a Medina, entre otros), a la supresión de servicios, a la falta de personal o mantenimiento, al deterioro de las estaciones…
Defendemos el tren convencional y los cercanías porque forman parte de nuestra historia. En el caso de Segovia, con una estación construida en el siglo XIX, todavía con todas sus instalaciones y dependencias (algunas en estado ruinoso, eso sí), lo que supuso un hito de la ingeniería civil en su tiempo para el desplazamiento de monarcas y poetas, además de las gentes y sus mercancías. Podría perfectamente ser restaurada y convertir una parte en museo y otra en albergue de peregrinos, recuperar la fonda y, después de aumentar y mejorar los servicios, volver a su plena funcionalidad. Segovia lo precisa y lo merece.
La población concienciada de la Península Ibérica se ha unido en Plataformas que defienden los ferrocarriles de una forma local y mancomunada con el objetivo de conseguir unos servicios ferroviarios públicos, sostenibles y que vertebren el territorio. Aunque todo esto es ya tema para otro artículo.
Más información: www.facebook.com/aafsegovia
(*) Presidenta de la Asociación de Amigos del Ferrocarril (AAF) ‘Ciudad y Tierra de Segovia’.
