Actualmente tenemos una antesala tan extensa de la Navidad, estamos tan saturados de parafernalia de luces, regalos, compromisos sociales, cenas… que quizás hayamos perdido con tanto modernismo el auténtico sentido de estas fiestas.
Ya en octubre, y cada año antes, las grandes superficies comerciales llenan las estanterías de turrones, polvorones, mazapanes… Las perfumerías, ante el reclamo publicitario, pugnan por poner los productos más caros y codiciados en sus escaparates. No muchos días después de Todos los Santos el alumbrado de las ciudades está ya a punto para ser encendido, cada vez más temprano, compitiendo las grandes urbes por ver quién es la más suntuosa y derrochadora.
Las campañas a los consumidores incitan a comprar mucho antes de las grandes fechas, así con esa moda yanqui, que tan bien ha aceptado el comercio del Black Friday, parece como si regalaran las cosas; tan buena acogida parece que ha tenido que ya no es solamente el ‘viernes negro’, sino al menos toda una semana de desaforadas compras. Luego viene el aviso de que en vísperas de Nochebuena los productos frescos (marisco, cordero, pescado…) encarecerán, y ya estamos todos haciendo acopio en mercados y colmando congeladores.
Llega el puente de la Inmaculada y en las grandes ciudades los cascos antiguos son verdaderos hormigueros de gente, a veces sin respetar las más elementales normas sanitarias de mascarillas y distancias, portando bolsas y paquetes de regalo, y no hablemos de las colas en populares administraciones de lotería con esa gente haciendo turnos de varias horas para adquirir una cienmilésima posibilidad de obtener el gordo del día 22 de diciembre.
Consumismo, consumismo, consumismo… eso parece todo en lo que se ha convertido la Navidad. Comienza tan pronto y es tan denso todo que llegamos al 25 tan saturados que parece que ese fuera un día normal. Los regalos al pie del árbol parecen una ilusión efímera. Para los niños, tan abarrotados de regalos, parece como si la ilusión de abrir el bello envoltorio de los juguetes sea tan duradera como el disfrute del mismo.
Pero aparte de uvas, roscones y consumismo capitalino existe una realidad tradicional en nuestros pueblos castellanos, hoy tan vaciados, que luchando pretenden preservar. La gente que aún permanece en estos lugares, con gran esfuerzo en muchos casos, trata de mantener algunas costumbres de sus antepasados estos días tan señalados del calendario.
Hoy en día nuestras abuelas, esas mujeres castellanas tan hacendosas, que se privaban a veces de lo necesario para dar el ‘aguinaldo’ a sus nietos, se quedarían de piedra ante el derroche y consumismo actual y ante la forma de vivir estas fechas.
En mi pueblo, Migueláñez, en mitad del pasado siglo, bien recuerdo que ya a partir del día de Todos los Santos comenzaba una actividad que se llevaría a cabo hasta el 24 de diciembre y que consistía en recoger leña, apilándola en lo que en tiempos inmemoriales fuera el antiguo osario, anexo a la fachada de la iglesia, tarea que los chicos realizarían diariamente tras la jornada escolar.
Llegarían las ansiadas vacaciones escolares y con ellas la animación que suponía el regreso de estudiantes para pasar esas fechas en familia.
Algo que ilusionaba a la chiquillería era la deferencia del Ayuntamiento en forma de aguinaldo compuesto por un par de bolsas de higos, castañas, nueces, frutas, algún trozo de turrón, unos mazapanes y peladillas que el maestro repartía puntualmente el día de vacaciones. En aquellos tiempos era algo que ilusionaba a los chavales y también a las viudas del lugar, a las que el alguacil se encargaba de repartirlo.
Cantando los niños del Colegio de San Ildefonso la lotería ya todo olía a fiestas. Recuerdo de ir ese día por musgo para montar el gran belén en la iglesia y el de casa, ya que en casi todos los domicilios donde hubiera niños se instalaba un pequeño nacimiento con una bandeja al lado para que familiares y visitantes dejaran unas pesetillas que serían empleadas para adquirir nuevas ‘figuritas’ para próximos años.
Llegado el día de Nochebuena, con las nevadas y hielos de antaño, todo el chiquillerío iría de casa en casa canturreteando aquello de “un ramerón para calentar al Niño, que es Nochebuena”. Ahí, a lo acumulado desde el día de los Santos, se unirían cestos viejos, restos de bardas, aperos rotos, aguaderas, etc. con lo que se haría una gran pirámide en el centro de la plaza. El vecindario se reunía al anochecer, se prendería la ‘luminaria’ y entre cánticos, saludos a los recién llegados y parabienes a todos, tenía lugar este rito ancestral con el que se abría la puerta a esos días tan distintos que rompían la rutina diaria.
Era el día en que todos, al calor de la gran fogata, olvidaban la monotonía; chicos y grandes disfrutaban, y de forma curiosa, aquellos imaginándose adultos liaban un ‘pitillo’ de tomillo que irritaba la garganta y provocaba lacrimeo, pero que era como el signo de ‘ser mayor’, y que ese día, por tradición, era una costumbre tolerada por los padres. Los segundos, los adultos, con familiares llegados de fuera, viendo a los niños, recordaban lo vivido en su infancia y cómo el paso del tiempo conservaba inalterable la tradición. Mientras tanto la juventud rascando la botella de anís Castellana, después de degustar los famosos ‘amarguillos’ del Bizcochero, cantaría y gastarían bromas alrededor de la luminaria, mientras algunas mujeres se afanaban con su braseros de recoger unas ascuas para calentar la cena familiar.
Era la gran noche, caracterizada por la unión y solidaridad que siempre fue el signo de nuestro pueblo. Quizás el marisco fuera sustituido por el bacalao o el besugo (que curiosamente era lo más económico). El plato estrella sería el pavo o pollo de corral, criado con mimo para la ocasión, no faltando los productos de la reciente matanza y allí donde el turrón brillara por su ausencia sería sustituido por higos secos, nueces y ese pucherito de castañas cocidas al amor de la lumbre. No eran lo importante aquellos alimentos, muy distintos de los habituales, sino el hablar, el contar anécdotas pasadas, el recordar a los que se habían ido y afortunadamente como entonces no existían los medios de incomunicación actuales como son los sms o wasap, se hablaba y hasta se echaba una partidita de cartas tomando algún dulce al que se acompañaba con la copita de anís o del mostillo elaborado en casa de la última vendimia.
La mañana del 25 era la señalada para pedir el aguinaldo a familiares y vecinos: unas nueces, unos mazapanes y unas pesetillas para comprar algún caramelo para la sesión de cine. No eran tiempos de abundancia, pero tampoco faltaba nada, pues con poco éramos felices y todo se compensaba con armonía, ayuda y amistad y con eso disfrutábamos quizás más que con los excesos actuales.
Venían días de fiesta muy juntos, ya que aquí se celebraba el segundo y tercer día de pascua (26, 27 de diciembre), y además de la adoración del Niño y la concurrencia en bares, había algo que, siendo emblemático de Migueláñez, nos apasionaba a los chicos: el cine… Esos días disfrutaríamos de muchas sesiones, para lo que se habían seleccionado las mejores películas del momento: Quo Vadis?, El último cuplé , Duelo al sol, etc.
Tras el tercer día de Pascua, el 28, era el día de las “inocentadas”, siempre alegres e ingeniosas, y en pueblo tan chocolatero no se podía acabar de otra forma que con el rico chocolate en pandilla.
Año tras año los pueblos se han ido vaciando, pero aún así, en estos tiempos queda, junto al recuerdo nostálgico, algo que ha perdurado en el tiempo: la luminaria de Nochebuena, ahora ampliada también a Nochevieja y Reyes.
Agradecimiento y felicitaciones a aquellos que con su esfuerzo e ilusión tratan en nuestros pueblos castellanos de mantener las tradiciones que tanto nos unieron y diferenciaron de otros lugares.
¡¡ Feliz Navidad!!
