Señor director:
Entre tanto anuncio de cosas para regalar, luces de colores, vestidos de lujo y brillantes por doquier, dulces y turrones navideños y la cesta de la compra que ya está a precios desorbitados porque nos hacen creer que tenemos que consumir determinados productos en estas fechas; corremos el riesgo de vivir por encima de nuestras posibilidades creyendo que eso nos dará la felicidad y que sólo así celebramos de forma auténtica la Navidad. Nada más lejos de la realidad.
La Navidad es un periodo alegre, estamos contentos. Navidad para el cristiano es un periodo entrañable, siempre alegre, es una fiesta que está muy por encima de los avatares cotidianos. Aunque nos acosen recuerdos dolorosos, nada puede robarnos la profunda alegría de recibir al Señor, con todo lo que ello supone.
La alegría de la Navidad anida en lo más profundo del corazón y no hay suficientes luces de colores en el mundo, ni obsequios, ni regalos tremendamente caros, que puedan competir con este maravilloso acontecimiento. Se trata de un hecho incomparable en la historia de la humanidad, un hecho que aconteció hace más de 2000 años, en que un Dios bueno y misericordioso, se hizo uno de los nuestros, se hizo hombre de carne y hueso y trajo la salvación del mundo entero. El misterio que contemplamos en la Navidad es el de un Dios hecho niño, que nace en la humildad y sencillez de un pesebre porque no hay nadie que lo acoja. 2021 años después de aquel acontecimiento seguimos con la necesidad de que ese dulce Niño de Belén siga naciendo y anidando en nuestro corazón porque sólo así alcanzaremos la plenitud, la auténtica felicidad y la respuesta a las preguntas existenciales que todos alguna vez nos hacemos.
Dejemos hueco en “la pobre cueva” de nuestro corazón para que el mismo Dios hecho niño venga a “habitar nuestra casa”. Nuestro Señor Jesús quiere entrar en nuestro corazón, pero nunca nos sentiremos forzados a “abrir la puerta”; ahora si queremos abrirla, nos colmará la medida del hueco que le hayamos dejado. Ocupará poquito, si tan sólo le hemos dejado un taponcito chico, o lo ocupará todo si le dejamos un hueco tamaño de un pilón grande, para entendernos.
Abrámosle las puertas de par en par y llenémonos de gozo. Celebremos así unas Navidades plenas. Que la llegada del Señor a nuestra vida llene nuestra alma de profunda alegría para que, así como María estalla de júbilo y expresa en el Magníficat su inmensa dicha por todo lo que Dios ha hecho en ella, también nosotros expresemos con nuestra vida nuestro mejor canto, bello y sencillo, pero rebosante de sentido y que brota del encuentro con Jesús.
Por tanto, nada de gastos desorbitados, nada de lujos que no podamos costearnos, nada de asombrarnos por tanto derroche y luces de colores. Sólo es necesario aceptar esta locura de amor de Dios y que a su vez sepamos darnos a los demás sin medida, sin tasas, sin regateos ni tacañerías. Sólo así experimentaremos además que Navidad no es para una noche o un día. Navidad es mucho más. Navidad es todos los días de nuestra vida.
Raquel Lázaro Cantalejo, Catequista de Navas de Oro