La Francesita. Así la llamaban sus vecinas de Fuencarral. Tenían razón: no solo había nacido en Francia, era francesa por los cuatro costados. Y claro, el paisanaje que la rodeaba percibía que entre ella y las demás había una diferencia proporcionada a la que existía entre Brigitte Bardot y Conchita Bautista. Ni mejor ni peor: sencillamente otra cosa, pero que muy distinta.
No le faltaba decisión a Anne Marie. Estudiante de filología española, en la Sorbona de 1960, nada menos, se metió en un tren para llegar varios días después a otro mundo: a una familia de militares en Cádiz. Varios miles de kilómetros de los de entonces. Su misión: enseñar francés a los vástagos a cambio de alojamiento y manutención… y mejorar su español, el “au pair” de entonces. No lo sabía, pero aquel viaje cambió su vida, o la construyó.
Por aquel entonces los españoles básicamente emigraban. Era gente decidida y no conformista precisamente Unos escapaban del hambre; otros, buscaban un horizonte de vida. Muchos tiraron para el extranjero (Alemania, Suiza, Bélgica, o saltaron a América como se llamaba entonces, sencillamente, a lo que luego fue Latinoamérica, Hispanoamérica o Iberoamérica); muchos más hacia las capitales españolas que crecían. Madrid entre ellas. Entre los extremeños que andaban por la capital de aquel reino que no tenía rey estaba Miguel. Y aquel Madrid poco acogedor por lo pobre, por lo caluroso y por lo frío, empujaba a buscar los platos y el acento amigo. Y se dejaba caer por la casa de Extremadura cuando los estudios de perito (antes de que fueran Ingenieros Técnicos) y el trabajo le dejaban.
El viaje Cádiz-Madrid en los “rápidos” de entonces te podía llevar un día (de los de 24 horas) a poco que te descuidaras (tú, la RENFE o el sistema ferroviario en general). Si eres francesa y no tienes donde ir en uno de esos intermedios y recuerdas a un amigo español y resulta que es extremeño, no es extraño que acabes en la casa de Extremadura; aunque hay que reconocer que tales circunstancias, tan lógicas cuando se producen, estén en general en el mismo lote de probabilidades de que te toque el “Gordo de Navidad”.
El amigo de la francesita resultó serlo también de Miguel. Y flechazo. Flechazo y milagro: Miguel sabía el francés del colegio, el del método Perriere: “Nous somme trois enfants, trois petits parisiennes amis inseparables…” y del cantar “Au claire de la lune mon ami Pierrot; pretez-moi ta plume…” y se acabó: de ahí no se pasaba. Ayudaba el español de Anne Marie en aquel noviazgo por correspondencia continua que se intensificó tras la expedición audaz del enamorado a Paris el verano siguiente: en autoestop, con las setecientas pesetas –los ahorros del año en el bolsillo-, varias latas de sardinas y un par de bocatas de calamares para arrancar. Tras éxito primero, repitió todos los veranos. Y se casaron en Paris en 1964.
El trabajo estaba en Madrid. Miguel empezó en telefónica, la empresa punta de lanza de la tecnología española de entonces y continuó con sus estudios hasta hacerse ingeniero informático. Anne Marie se colocó también en la Embajada Francesa. Fue secretaria del agregado cultural. No puso terminar sus estudios de filología española, aunque probablemente fuera la que mejor conocía España, lo español y a los españoles de su promoción. Luego fue maestra en el Liceo Francés de Madrid.
El trabajo en la embajada tenía sus exigencias de elegancia y distinción, como se decía entonces. La prestancia debía transmitirla también su vestimenta en determinadas ocasiones. Un modo de dejar clara su posición social. Y Miguel anduvo casi hasta empeñado en satisfacer uno de las “necesidades” de su mujer que marcara de manera patente y clara esa diferencia: nada más y nada menos que un abrigo de visón. Por entonces ya vivían en una buena casa de la Ciudad Lineal. Al margen de todo esto, Anne Marie pensaba en las mujeres de la familia que vinieran detrás: aquello siempre sería un regalo, un recuerdo de la abuela (no tuvo hijas) que haría felices a sus nietas.
Y llegó el momento. Anne Marie ya había muerto. Miguel decidió irse a una residencia confortable y alquilar el piso para financiar aquello. Hubo que vaciar armarios. Y apareció el visón y el recuerdo del deseo de la abuela, su herencia. Pero las nietas quedaron horrorizadas ante tal eventualidad: ¡cómo iban a hacerse cómplices de tan tamaño ataque a la naturaleza! ¡Cómo se le podía ocurrir a su padre ofrecerles tal posibilidad! ¡No querían nada de aquel abrigo contaminado por la sangre de la caza (o modesta crianza en granja) de aquellos inocentes animales!
Ya se ve que hay herencias incómodas, aunque sean muy valiosas y no haya transcurrido demasiado tiempo ¿Las nuevas generaciones deben sentirse culpables de la cruel explotación de los visones? ¿Qué hacer con lo que tiene valor, aunque se derive de una mala práctica social en tiempos pasados que no compartimos? ¿Se puede escoger solo lo que nos interesa de las herencias? ¿Qué libertad tienen los herederos para destruir la parte de la herencia que no se desea asumir? Y menos mal que solo pensaron en el abrigo de visón.
