Otoño en San Rafael. Pasear por el monte, cerrar los ojos, escuchar y mirar con el corazón, hace más persona a las personas. Y todo, unido a la palabra ¿Cómo describir las emociones sin palabras? Nos expresamos en una docena de formas no habladas pero la palabra, fértil y sutil, es un buen bisturí con el que diseccionar las emociones y los recuerdos. Con ellas encontramos -salvando el silencio reflexivo- la mejor forma de expresar sentimientos. La palabra es capaz de narrar, pellizcar, moldear y fundirse con el susurro del agua en un regato, con el áspero crujir de la pinocha en los pasos del camino, con el olor a tierra mojada o con el rumor de la arboleda, aunque, en no pocas ocasiones, es más descriptiva cuando no florece y se encarna en el silencio ¡Qué rara contradicción!
Alguna vez me he sorprendido sentado en el monte, con los ojos cerrados, a oscuras, intentando captar con el oído, también con el olfato y el tacto -hermanos menores de los sentidos- los matices de la vida. Reafirmo que lo sustancial está en esos pequeños detalles que pasan inadvertidos pero que ensanchan el espíritu y arraciman latidos alrededor de palabras y de silencio.
Volveré, cerraré los ojos y me dejaré llevar por el pulso de mi tierra alta segoviana para zambullirme en sus emociones. Y si no encuentro la forma de describirlo estaré de enhorabuena; seguramente por un instante la vida, con sus pequeñas grandezas, me habrá dejado de nuevo sin palabras.
