Ya han salido”, me dice mi quinto José Vicente Torres, en la frutería de abajo, y me da pistas de dónde encontrarlos, pero con la jubilación me he echado más cargas encima, que no me dejan hueco ni para subir al monte a por níscalos. Santi “el frutero” me enseña los que me ha guardado y me los pone a buen precio. Subo a casa en tres zancadas, cierro el ordenador y me dispongo a guisarlos con patatas y unas costillas adobadas de Pepín, sobre un sofrito de ajo, cebolla, pimientos verde y rojo, tomate, pimentón, agua del grifo, dos cayenas y mucho amor. Plato único.
El olor que suelta la olla me trasporta a mi niñez, cuando era feliz sin saberlo, en la casa de la calle del Horno, donde mi madre y mi tía Piedad hacían magia en la cocina cada vez que Juanito, Juanjo y yo llegábamos con estos frutos del monte. Una vez lavados, los rehogaban con ajo y jamón; echaban otros sobre la plancha de la cocina de leña, con una pizca de sal, y la comida era una fiesta. Antes y ahora, mi mayor manjar es un par de huevos fritos con níscalos. Ni sushi, ni caviar, ni pollas en vinagre.
No tardará Fernando Palomero en llegar a casa con una cesta repleta, adornada con bolitas y hojas de acebo, y unos versos; a cambio, le espera un ejemplar dedicado de mi último libro, que aún está sin bautizar. Amor con amor se paga.
