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De profesión, herederos

por Julio Montero
1 de septiembre de 2021
JULIO MONTERO 1
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Los españoles que ahora tienen entre cincuenta y treinta años, muchos de ellos al menos, tienen cubierto en parte su futuro. Quizá por eso no reclaman ahora mejores pensiones para cuando hayan de retirarse de su profesión, por vejez o por haber cumplido los periodos mínimos de cotización. Su presente puede parecer oscuro, pero su futuro pinta bien, porque para entonces ya habrán heredado a sus padres. Esa inyección, que no tendrá que ser millonaria (no lo será casi ningún caso), sí supondrá un alivio para su probablemente larga recta final. Todo eso si las autoridades estatales, autonómicas o locales no deciden que su bocado en este festín se lleve casi todo.

Los currantes de los años sesenta en adelante no solo abandonaron sus pueblos para acudir a las nuevas zonas industriales y de servicios. No solo metieron horas y horas a sus profesiones y pluriempleos. No solo se compraron los primeros seiscientos, setecientos cincuenta o simcas mil. No solo “dieron” estudios a sus hijos. No solo se compraron esos enormes televisores de pantallas proporcionalmente pequeñas que metieron la silenciosa revolución del entretenimiento en nuestras casas. Además, en cuanto pudieron se compraron un piso en los nuevos barrios y una parcela para un chalet en las cercanías o un apartamento en la playa. Ser propietarios de sus casas fue su objetivo de vida.

Las dos generaciones de abuelos que conviven ahora (los de setenta y los de noventa años) consiguieron situarse en muchos casos y en esto hay niveles en cada una como era de esperar. Y eso, a pesar de las crisis que les tocó tragar: desde la del petróleo en los setenta a la que se dibuja en el horizonte post-COVID para dentro de nada y todas las intermedias. Sus nietos e hijos se quejan de que nunca alcanzarán el nivel de vida de sus progenitores de primer y segundo nivel. No se oyen sin embargo muchas reclamaciones para trabajar las doce horas diarias que se metieron en el cuerpo sus ancestros. Quizá sea porque los tiempos han cambiado. Y esa es la cuestión: efectivamente, los tiempos han cambiado.

Un piso y un apartamento y unos ahorros no gastados por una generación que ha asumido como verdad indiscutible lo del “quita y no pon, se acaba el montón” son un buen empujón para los hijos únicos, o casi únicos de ahora. En ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y demás pueden ser varios cientos de miles de euros. Un buen empujón para los que se han quedado o se quedarán sin empleo y anden por los cuarenta y cincuenta… o más.

No hay nada que objetar: es una descripción, no una crítica. Fuera de eso quedan los desgraciados que fuerzan a sus padres a marcharse vivir a apartamento de mala muerte en las afueras de las afueras, para alquilar el piso en el centro (ahora que estos se han ampliado tanto en todas las ciudades grandes) y ayudar así a sobrevivir a sus hijos: es eso, o quedarse sin hijos te dicen; porque ni los hablarían si se negaran.

Hubo una época en la que ser propietario era toda una profesión. Me llamó la atención un grabado de Pascual Madoz (un político liberal español del siglo XIX, ministro de hacienda, autor del diccionario geográfico y estadístico de España y sus posesiones de ultramar, frustrado promotor inmobiliario, etc.) en que bajo su nombre aparecía esta denominación frente a todas las otras que legítimamente podría haber puesto. Ser propietario era más que ser ministro, diputado, senador, editor o director de una empresa. En realidad esa condición de propietario era la puerta de entrada a cualquier otra cosa en aquella España. Una muestra patente de capacidad personal o de abolengo suficiente. Ya no es así.

Esa cualificación por la propiedad no es ahora necesaria, quizá porque son muchos quienes la tienen en mayor o menor medida. Ocurre que con frecuencia somos propietarios de cosas sin futuro: los coches son un ejemplo (en cuanto sacas uno nuevo del concesionario ya vale la mitad de lo que acabas de pagar), pero aún lo son más las diversas versiones de cada juego para la Play Station, del libro que has adquirido (no te lo admiten ni como donativo en una biblioteca) y no te digo de algunas titulaciones universitarias si haces caso a los expertos. Algo parecido a tener unos padres coleccionistas de algo y que te dejen esos afanes suyos, bien ordenaditos, al morir.

Los herederos inmediatos, los de ahora en adelante, se enfrentarán a un dilema y a una paradoja. La segunda es que heredarán a los más radicales desheredados. Sus padres apenas recibieron alguna joya y algunas ropas por este concepto y les dejarán sus esfuerzos y sus ahorros. El dilema es que habrán de administrar unos recursos recibidos hasta malmorir, o emplearlos para empezar a construir un nuevo ciclo de la historia.

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