Podría estar disfrutando de una cómoda jubilación junto a su esposa e hijos, paseando a sus dos nietos por los parques de Fuentepelayo o degustando unas cervezas en los bares de la villa. Pero, sin renunciar a esta forma de vida, José Luis Migueláñez ha preferido seguir ejerciendo su verdadera pasión: ser injertador de pinos.
Saca a relucir sus conocimientos sobre la materia en las conversaciones distendidas que mantiene con quienes, cada día, se interesan por el mundo que a él le apasiona. Desde muy joven, comenzó su trayectoria laboral junto a herreros de prestigio. En esos talleres, acumuló la suficiente experiencia para montar su propia empresa familiar, para así poner en práctica sus amplios conocimientos. Siempre tuvo, y aún perdura en él, la capacidad de exhibir sus ideales.
Migueláñez compagina sus responsabilidades en la Fundación Caja Cega con la elaboración de utensilios para el mundo de los resineros, junto a la tarea innegociable de estar pendiente de sus fincas, en las que hace prácticas de injertos con el fin de mejorar la rentabilidad de las explotaciones.
Gracias a la práctica incesante de esta técnica de injerto, el segoviano tiene sus propias tesis al respecto, al dotarse de herramientas caseras y al utilizar una metodología de trabajo que está dando sus frutos y que le ha servido para ganarse un merecido prestigio entre los expertos en la materia.
Si los antiguos romances perduraron en el tiempo gracias a la trasmisión oral, la práctica del injerto se mantendrá en las generaciones venideras gracias a personas como José Luis, quien se ilusiona cada vez que tiene que explicárselo a los que le preguntan sobre los injertos.
Cada jornada, y antes de que aparezcan las primeras luces del día, José Luis se sube a los parajes de San Cebrián, Carramolino y El Soto para dar una vuelta a sus ovejas, regar sus tomates y ver la evolución de sus pinos injertados. Atenderá a esa oveja recién parida y a su cría, pondrá en práctica su modo para eliminar la plaga de la araña roja y mirará con detalle si el último injerto que realizó va por el camino adecuado. Después, se meterá en su taller para elaborar miles de grapas de hojalata para los resineros a golpe de martillo.
Migueláñez sueña con el momento de compartir con su esposa Maripe su tiempo de ocio. Sus nietos Iván y Adriana le esperarán para que, con el amor que siente por ellos, les explique los misterios de su afición por los injertos.
