Volvemos a tener programa de compostaje en el municipio de El Espinar, doméstico y comunitario para abarcar más y generar menos basura. Porque los desperdicios de la comida y los restos del jardín y huerto son preciada materia prima del compost –o humus cuando andamos por el monte– esa tierra que, si queremos tener buenas plantas, tenemos que comprar.
Participar en una formación sobre compostaje en un pueblo es un tanto irónico, a menos que sea para ampliar conocimientos o para conseguir un compostador, pues es un indicio más de cómo se rompió la relación con el territorio y la naturaleza. Nos enseñaron a consumir porque podíamos acceder a todo lo que quisiéramos sin esfuerzo, sin esperas, solo con dinero. Y ahora vamos viendo que no, que todo se produce con la misma materia prima, esa materia que debe ser tratada con el respeto y dándole el valor que tiene. Pero los beneficios del compostaje van más allá de lo material, de sus aspectos ecológico y económico palabras formadas con el griego “oikos” (“casa”), curioso, ¿verdad?), de hecho, sirve para entrenar virtudes como la atención, la dedicación y la bendita paciencia. Compostar te obliga a estar atento a lo que usamos y desperdiciamos y a su posible “utilidad”, además, te hace ser consciente de cómo esos bichillos que despreciamos por su aspecto o costumbres son necesarios para el equilibrio natural, para nuestro equilibro.
Un compostador, de cualquier tipo (artesanal o comprado, de lombrices, de método bokashi, etc.), tiene algo de objeto mágico, pues con lo que desechamos nos devuelve lo necesario para que la vida crezca con fuerza. Lástima que no existan compostadores emocionales, que transforme el dolor, la frustración, el odio, el miedo, la violencia, la ira o el rechazo en abono para el alma y para el bien común.
