Aún en un calendario a medio gas, lo que el virus no puede frenar es que el ciclo climático siga su curso. Un solsticio diferente, sin verbena de San Antonio en Las Navas, un San Juan con chaqueta y sin hoguera, condenados a un martirio como el de San Pedro y San Pablo. “A falta de pan buenas son tortas” se dice, y al menos la buena temperatura permite salir con empeños, aspirando a un final que parece interminable. Y aunque en el mal de muchos va la resignación de todos, una previsión vacilante nos rebota ecos pasados, atrapados en los árboles de un paisaje, el de La Estación de El Espinar, que cada final de junio abre sus brazos al estío donde una agitada muchedumbre celebra animadamente con su cigüeña aviadora la llegada del verano, compartiendo y disfrutando un FEMUKA que vuelve a posponer estoicamente su retorno otro año.
Un “chupinazo”, a ritmos de jazz y fanfarria, que inaugura el verano espinariego, en un cálido reencuentro de amigos, vecinos y forasteros. Un volver a vernos sin abrigo en un festival ecléptico donde la música callejera es la máxima protagonista, y donde el mercurio permite aligerar la indumentaria, rodeados de pinos segovianos y de aire serrano, arropados por el sonido del metal, festejando con colores y armonías que resonarán en nuestra cabeza durante los largos meses de invierno.
Ese ‘Crazy in Love’ entre saxos y trompetas o el tan pegadizo ‘Do Watcha Wanna’ al que nos tiene acostumbrados nuestro querido Puntillo Canalla Brass Band, y del que todos queremos contagiarnos.
