“Trabajar con toda la patología de los derechos fundamentales en un país, no es cualquier cosa”. De hecho, es todo un reto. Pero, el político, abogado y profesor universitario, Álvaro Gil-Robles, tuvo el valor de afrontarlo. Fue Defensor del Pueblo entre 1988 y 1993. Él (entre otros) trabajó en la elaboración del artículo 54 de la Constitución que, en 1982, introdujo en España la figura del Defensor del Pueblo. No solo hizo la ley, también la puso en marcha.
Aunque este trabajo no le resultó difícil sino, más bien, satisfactorio, reconoce que fue un tanto “agotador”. Su papel como Defensor del Pueblo requería su atención durante 12 horas al día. Ahora recuerda con humor (por aquel entonces quizá no se lo tomaba tan bien) que tenía un teléfono oficial en la cabecera de la cama.
Durante su etapa como Defensor del Pueblo, encontró soluciones “para miles de casos de personas que le escribían desde cualquier punto de España con una queja o una reclamación”. Incluso todavía guarda muchas de las cartas que le enviaban los españoles para agradecerle que pusiera fin a su problema. Quizá la tranquilidad del trabajo bien hecho, le hizo sobrellevar las críticas a las que, como todo cargo público, estaba sometido. “No siempre llueve a gusto de todos, en ocasiones había que abrir el paraguas y aguantar el chaparrón”, sostiene.
Licenciado en Derecho en 1966 por la Universidad Complutense, en el 73 obtuvo el doctorado. Cerca de 26 años después, en 1999 (y hasta 2006), se convirtió en el primer comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, elegido por el comité de ministros. Este fue el segundo gran reto de su vida: liderar una institución de tal relevancia.
Al frente de este cargo tuvo que afrontar cuestiones que “ya eran palabras mayores” como, por ejemplo, la segunda guerra chechena (1999-2009). Con este acontecimiento vivió una de esas cosas que marcan: estuvo en el campo de batalla. De nuevo, aparece la satisfacción, esta vez, cuando piensa en el tiempo que ha pasado y que ha consolidado la utilidad del comisario europeo.
A pesar de que asegura que “le pone en una dificultad” el tener que pensar cuál ha sido el mayor logro de su carrera, lo tiene claro. Para él, el desafió más complejo fue “intentar terminar o, al menos, mitigar la violencia en Chechenia y buscar un espacio de diálogo entre el Gobierno ruso y los rebeldes”. Y es que su seña de identidad siempre ha sido buscar la paz.
Para Gil-Robles, uno de los factores más importantes de una democracia es que está cimentada sobre unos valores que la representan: el respeto al Estado de Derecho, la libertad, la justicia y la igualdad. Cuando regresó de Estrasburgo, detectó que “empezaban a aparecer movimientos extremistas, que atacaban los cimientos de la democracia”.
Por ello, la necesidad de transmitir en las escuelas los valores democráticos, le sirvió como fuente de inspiración para crear la Fundación Valsaín (la cual dirige), que abre un espacio de debate y reflexión para recordar algo clave: la democracia hay que protegerla.
A pesar de los “nubarrones” que planean sobre el cielo de España, “porque es un país muy vivo”, afirma, la democracia “está absolutamente consolidada”. Aunque no siempre fue así. Hace tan solo 40 años que se vive en paz y libertad. Pero, ya está tan consolidada, que “hasta ha vencido al terrorismo”, defiende.
