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La terapia del trilero

por Santiago Sanz Sanz
14 de mayo de 2021
SANTIAGO SANZ
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ACCIÓN-REACCIÓN

Eran las vacaciones de su primer año de academia y en la Estación de Atocha se percibía ciento ambientillo de víspera de fiestas. Habían llegado a Madrid en un cercanías procedente de Valdemoro y ya solo les faltaba subir a otro con dirección a Segovia. Los dos segovianos tenían un apetito canino, así que aprovechando su paso por Madrid y con la última de las pagas intacta en el bolsillo, decidieron darse un pequeño capricho. Me refiero al tiempo necesario para comer un buen bocadillo de calamares en alguno de aquellos bares cerca de la estación, que siempre estaban llenos de uniformados y de gente con maletas. Allí se dirigían con las suyas, cuando al pasar por debajo del scalextric, seguro que algunos de ustedes lo recuerdan, al abrigo de los puentes y entre querer, o no querer pasar desapercibidos, se había formado un grupito de gente alrededor de una caja de cartón que hacía las veces de mesa y sobre la que alguien movía los tres pequeños cubiletes con destreza.

Aunque, de vez en cuando, se veía a algún trilero por las ferias de Segovia, lo que llamó su atención en esa ocasión y marcaba la diferencia, era el hábil protagonista que dirigía la escena y que sin dejar de mover la bolita, animaba a los presentes para la apuesta. Cuando este levantó su cabeza y sus miradas se cruzaron, se le dibujó una sonrisa a la vez que exclamó ¡¡Agua, los picoletos!! Se quedó allí en medio, parado y sonriendo, al margen del revuelo generado a su alrededor mientras se disolvía el corrillo y con la mano, indicó una dirección por la que se fueron los tres caminando. Les guio hasta un mercadillo cercano donde servían los bocadillos de calamares más grandes que habían visto. Mirándose bien, tampoco habían cambiado tanto desde que los tres se sentaban en las últimas filas de las aulas de primaria del colegio San José Obrero y ese día, y en aquel mercado madrileño, estaban de nuevo sentados juntos, recordando con cariño a Don Paco, a Don Narciso, a Don Gonzalo, profesores de antaño, de traje impoluto, vocación inquebrantable, paciencia infinita y una gran precisión en el lanzamiento de tiza.

Hablaron un buen rato del Colegio y de algunas correrías extraescolares hasta que, con naturalidad y sin tener la necesidad ni la intención de justificar nada, empezaron a centrarse en sus respectivas vidas. Lo hicieron lejos de juicios morales y sin entrar en cuestiones ni valoraciones éticas más allá de que, entre bocado y bocado, se les escuchase alguna que otra frase del tipo “vocación y sentido del deber”, desde una pose profesional, que dada la situación sonaba forzadamente seria, o que tras algún sorbo de cerveza, tratasen de idealizar el panorama poco verosímil, de un mundo de personas exclusivamente honestas frente a la tesis del tercero, que repetía con insistencia que “en la vida, todo es un juego de engaños en el que tarde o temprano, pasiva o activamente, todos terminamos participando”. Claro que esto que les cuento sucedió en los tiempos del “no te fíes ni de tu padre” que servía para generar defensas.

¿Acaso no es un trile todo aquello que oculte la realidad, genere falsas expectativas o engañosamente las incremente?

Ahora, que estamos expuestos a ciertas propuestas que ansían sociedades infantilizadas y más crédulas, proliferan los escenarios perfectos para que tengan calado los mensajes falaces de demonización del contrario desde la simplificación más extrema y todo, para esconder “la bolita”, o sea, lo sustancial del juego, que se trata de una gestión fallida, de falta de ideas, de puertas giratorias, de subidas de impuestos y quién sabe qué sorpresas. Pero limitarlo a la política, de la que por cierto no hablo, también sería un engaño. Qué me dicen de “los personajes carismáticos” producto del márketing televisivo, o de los doctorados, los aderezos curriculares, incluso las mentiras piadosas susurradas al oído y no digamos las artimañas de seducción de los dioses del Olimpo ¿Acaso no es un trile todo aquello que oculte la realidad, genere falsas expectativas o engañosamente las incremente? Acciones de lo cotidiano que siguen afianzando la tesis más polémica en aquella reunión casual de amigos de la escuela, donde además, déjenme decirles que el tercero “en discordia” quiso concluir diciendo, que “tenía más miedo de la competencia que le hacía el propio sistema, que a las consecuencias de las dosis de picaresca terapéutica que, de vez en cuando, aplicaba como un revulsivo para casos de ingenuidad manifiesta”… eso sí, siempre con mano de seda.

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