Si algo hemos aprendido en tiempos de pandemia – centrándonos en materia deportiva – es que los aficionados son los que hacen que el espectáculo merezca la pena. Y esto, que parece una obviedad, no suelen tenerlo en cuenta los que rigen los destinos de las entidades y competiciones, que solo parecen pensar en el dinero.
La ausencia de espectadores está directamente relacionada con la merma en los ingresos, que es terrible, pero también con la emotividad y sensación de pertenencia a un colectivo. En Primera División de fútbol, ¿Cuántos puntos más podría haber sumado -por ejemplo- la SD Eibar en su estadio con el aliento de su gente? ¿Y el Bilbao Basket en ACB? Son dos entidades a las que sus seguidores les aportan tanto o más con sus abonos que con su apoyo en cada partido.
Desde que hay gente animando en el recinto, la racha es lo suficientemente buena como para salir del descenso
No nos vayamos tan lejos, que tenemos el caso de Nava de la Asunción. Sin público en las gradas el equipo ha penado por la Sacyr Asobal sufriendo severas derrotas en el Guerrer@s Naver@s, impensables en una cancha en la que cuesta sudor y sangre arrebatar puntos a los locales. Desde que hay gente animando en el recinto, la racha es lo suficientemente buena como para salir del descenso. Hay más factores que explican la mejora del rendimiento del equipo navero, pero la afluencia de sus paisanos al pabellón está entre las más significativas.
Cuanto todo esto pase, algunos habrán aprendido la lección y tendrán más en cuenta a sus socios y/o abonados, pero los habrá que seguirán castigando con sus decisiones a los verdaderos garantes del futuro de cualquier espectáculo, que son los que pagan por verlo.
