La tercera oleada que siguió a las Navidades ha sido terrible, contagiando a familias enteras y llevándose por delante la vida de personas queridas. Su mortalidad hubiera sido aún mayor de no haberle pillado con más medios y en estado de alerta a la Sanidad Pública. Gracias de nuevo.
Nuestra sensibilidad como humanos es selectiva, solo nos duele una herida cuando es en carne propia o la sentimos muy cerca, como ha ocurrido a lo largo de estas semanas. Aunque el número de contagios dicen que ya remite, la batalla no ha terminado. El virus sigue presente: contagia, deja secuelas, mata y tiene capacidad para rebrotar fuerte de nuevo, pero nuestra memoria también es olvidadiza con el peligro y, en cuanto se levanta la veda, saltamos como corzos y “otra vez la burra al trigo”. Por favor, vamos a poner todos los medios, cada uno en su entorno, para que no haya una cuarta oleada.
¡Qué pesado soy! Pero no me queda otra que apelar a la prudencia y a la responsabilidad. No debemos vivir esta pandemia con pánico, pero tampoco sin precaución. Que nadie se relaje, porque es muy importante lo que nos estamos jugando: la vida de muchas personas, que no deben enfermar ni morir, y luego la supervivencia económica. Siempre por ese orden.
