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Segovia: Peste de 1599 versus Covid-19 de 2020

por Francisco Javier Mosácula María (*)
14 de marzo de 2021
en Segovia
La Colera de Dios. Pintura de Lope Tablada Martin scaled
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Lo primero que se debe de dejar claro—tanto desde el punto de vista de las mentalidades, como de la sociedad o de la economía—, es que no existe la posibilidad de establecer comparaciones entre la situación vivida en Segovia en el año 1599 y la que padecemos los segovianos actualmente, pues todos estos parámetros son radicalmente distintos, lo que los convierte en incomparables entre sí. Pero lo que sí podemos hacer es reflejar ciertos paralelismos entre algunos sucesos de los que ocurrieron entonces —relativos a los comportamientos y reacciones que provocaron entre los ciudadanos del pasado y los del presente— y de este modo poder observar ciertas similitudes y diferencias entre unos y otros.

Los conocimientos sanitarios del siglo XVI estaban en mantillas si los comparamos con los que poseemos actualmente. Aunque, todo hay que decirlo, si hace cuatrocientos años se desconocían las medidas sanitarias para enfrentarse a la peste, en el momento actual desconocemos casi todo a cerca del covid-19, no tenemos medicamentos específicos que garanticen su curación y la efectividad de las vacunas aún está por demostrar, pues todo parece indicar que las mutaciones del virus ponen en duda que nos puedan inmunizar contra las nuevas cepas.

Durante el siglo XVI se escribieron unos 50 textos divulgativos con el fin de dar a conocer las medidas preventivas y curativas de la peste. En ellos se trataba de alertar a la población del alcance y la gravedad de este mal, contra el que no había recursos de eficacia probada. En Segovia se siguieron los métodos de curación recomendados por el doctor Laguna en su Discurso breve sobre la cura y preservación de la pestilencia, y los que recomendaba el doctor Luis de Mercado, en su tratado titulado El Libro de la Peste.

Laguna, en su obra, se refiere a la guerra, al hambre y a la peste como a las tres infernales furias que solían asaltar al linaje humano. Decía Laguna «de la guerra podemos defendernos poniendo murallas a las ciudades; de la peste podemos huir cambiando de aires; pero contra el hambre, no hay muro tan fuerte que baste para fortificarnos. Ahora bien, de la guerra y el hambre podemos encontrar hospedaje amigable en otras partes, sin embargo, los que huyen de la peste son dados con la puerta en las narices». Añadía, nuestro admirado paisano, que a los enfermos y heridos de cualquier mal se les cuidaba con caridad cristiana, pero que de los infectados de la peste se huía de ellos como del alma que lleva el diablo.

Andrés Laguna recomendaba, como mejor medida preventiva contra la peste, la higiene y la buena alimentación —consejos en los que no estaba desacertado—, pues ésta atacaba a los más débiles. Pero el desconocimiento terapéutico efectivo contra esta enfermedad, provocaba que la primera recomendación fuera «estar en gracia con el Protomédico Celestial», es decir, que la curación se dejaba en manos de la Providencia.

En lo referente a los tratamientos administrados a los enfermos, hoy en día podemos afirmar que ninguno de los ungüentos y pócimas que se recomendaban, produjeran efectos beneficiosos sobre el paciente, sino más bien todo lo contrario, pues con sangrías y cauterizaciones lo que se conseguía era agravar aún más el estado de los enfermos, a no ser que alguno mejorase por casualidad o por su propia «fuerza medicatriz», esto es, por la resistencia del propio organismo a sobreponerse a la enfermedad.

Es posible que en Segovia se aplicasen los métodos del celebérrimo doctor, no sólo por paisanaje, si no por ser igual de recomendables (y de ineficaces) que los de los demás tratados existentes.

La otra obra de referencia es la del doctor don Luis de Mercado, médico de cámara de Felipe II, quien en el año 1598, después de llevar dos años haciendo estragos la peste en España, escribió un tratado titulado El Libro de la Peste, sobre la peste y los medios de combatirla, escrito en latín en 1598 y traducido al castellano en 1599. Obra que, por lo tardío de su publicación en lengua vulgar, es muy probable que no fuese de utilidad en nuestra ciudad. En ella se definía a esta enfermedad como de carácter de contagioso, por lo que para la mejor guarda de la república, Mercado defendía que la primera obligación de los gobernantes era la prevención. El aislamiento era la primera y mejor opción para evitar el contagio, pero —al igual que hoy en día—, siempre había quien se saltaba el cumplimiento de lo ordenado, por lo que recomendaba que se impusieran graves penas contra los contraventores.

He aquí los primeros paralelismos: desconocimiento de la enfermedad, tratamientos ineficaces, y aislamiento como medida preventiva. Obsta decir que, el no cumplimiento del confinamiento por parte de algunos, pero sobre todo por los infectados, es la causa de la extremada situación de gravedad en la que nos encontramos.

Una de las primeras medidas de defensa contra la peste fue aislar la ciudad impidiendo la entrada de forasteros. Con este fin se construyeron tapias que rodearon los arrabales en un perímetro aproximado a los 7.000 metros lineales. En las pocas puertas de entrada se instalaron cuerpos de guardia y se organizaron patrullas de vigilantes a caballo que estuviesen patrullando constantemente alrededor del perímetro tapiado.

Para tratar de aislar a la enfermedad se situaron los hospitales fuera del recinto amurallado. Si se detectaban contagiados antes de entrar en la ciudad, se los ponía en cuarentena en la ermita de Nuestra Señora de Robledo. En el caso de encontrarse el enfermo ya en Segovia, se les ingresaba en el hospital de San Lázaro (San Marcos) o en la ermita de Santa Catalina (San Lorenzo), y, a todos los convivientes y miembros de la familia, se les confinaba en sus casas.

MAPA
La línea interior, el recinto amurallado de la ciudad. La línea exterior corresponde al tapiado que aislaba la ciudad y sus arrabales de los forasteros. Plano sacado del Archivo Municipal de Segovia. Editado por A. Martín.

Otra recomendación precautoria era la de apartarse del comercio popular, salir poco de casa o, en su caso, ir dónde no hubiera mucha gente, y guardar medidas extraordinarias de higiene personal. También se recomendaba no mantener relaciones sexuales, incluso entre los convivientes, y mantener en el domicilio la ventilación y limpieza del mismo, a la vez que el lavado de las ropas. ¿Les suenan algo estas recomendaciones?

El origen de la enfermedad unos lo atribuían a los astros, otros al envenenamiento del aire y, los menos, lo relacionaban con los tejidos traídos de fuera, aunque sin conocer la verdadera causa: la pulga de la rata. Pero todos estaban de acuerdo en que se trataba de un castigo divino por los pecados cometidos, asociando la figura del pecado a la mujer como inductora de todos los males por su conducta negligente e irresponsable. Al igual que la bíblica Eva o la mítica Pandora, siempre en cada pueblo era una mujer la culpable del contagio. En 1599 se produjo la conjunción astral de Júpiter y Saturno en el firmamento, lo mismo que en el año 2020; del mismo modo que en ambas fechas se observaron la presencia de meteoritos que surcaron los cielos: ¿Casualidad? Sobre la acusación de ser la mujer la transmisora del mal, hay que decir que era producto de la mentalidad de la época, por lo que creemos que no requiere más comentarios.

Veamos ahora los paralelismos sociales y económicos

Una pandemia altera profundamente la conducta y el comportamiento de los distintos grupos sociales, que reaccionan con una quiebra de los principios éticos sobre los que se sustenta su vivir cotidiano. En estos casos de sumo peligro y necesidad, salen a relucir lo mejor y lo peor del ser humano, dándose casos de heroicidad ejemplarizante y, al mismo tiempo, acciones de la mayor bajeza en las que afloran todas las miserias humanas. Sirvan de ejemplo el valeroso comportamiento de los sanitarios y el rechazo sufrido por algunos de ellos en sus comunidades de vecinos.

En 1599 las autoridades locales trataron de retrasar las medidas de aislamiento por suponer éstas un quebranto económico para el municipio y por el temor a la falta de suministros para la población. El vecindario, por supuesto, coincidía en la misma opinión. Pero eso sí, entonces como ahora, el que tenía una casa en el entorno rural, se retiraba a ella con la intención de poner tierra de por medio entre la ciudad infectada y su lugar de residencia.

Con el fin de coordinar las acciones contra la enfermedad, se creó una «Junta de la Peste» formada por cierto número de regidores del Ayuntamiento, representantes del Obispado y con el asesoramiento de los médicos y boticarios de la ciudad. Se procedió a poner en cuarentena a los familiares de los infectados, se habilitaron edificios como hospitales, se tomaron medidas para garantizar la higiene—tanto pública como privada—, se paralizó toda actividad comercial—excepto la que afectaba al abastecimiento de productos básicos, que quedó en manos del Ayuntamiento— y se compraron camas y mantas para dotar a los improvisados hospitales. Se decretó que en las casas en donde hubiera muerto algún enfermo, se vaciasen de todos sus enseres y se quemasen, procediendo a continuación a desinfectarlas con cal. Al mismo tiempo se organizaron cuadrillas de “picaros” que se encargasen de quemar las ropas y enseres, y de transportar a los enfermos a los hospitales.

Durante los meses de julio y agosto —los de más incidencia de la enfermedad—, los moribundos pululaban por la calles en estado de demencia, cayendo inánimes por las esquinas, infectando de cadáveres las calles públicas; motivo por el cual se organizó la recogida de los cuerpos de los fallecidos, para trasladarlos en un carro de especiales características, llamado “El Chiscón”, a los cementerios de las diferentes parroquias de la ciudad.

CUADRO
El Chiscón recogiendo cadáveres. Pintura de Lope Tablada Martín.

A finales del siglo XVI la principal actividad laboral de los segovianos era la del obraje de los paños y la más importante actividad comercial era la exportación de lana a los países europeos. Desde el punto de vista demográfico, Segovia no había dejado de crecer a lo largo del siglo XVI. De aproximadamente 2.000 vecinos (8.000 habitantes) en 1530 se había pasado a algo más de 5.000 vecinos (20.000 habitantes) en 1586. Este crecimiento se había alimentado de la inmigración que provocaba la demanda de mano de obra empleada en la manufactura textil. Pero todo parece indicar que la población de la capital había llegado al límite. La producción del campo circundante era insuficiente para alimentar a la población urbana. Se entró en una crisis de producción agraria con fatales consecuencias para la ciudad. La caída de las rentas de los terratenientes urbanos supuso una caída de la demanda de los productos industriales que, a su vez, provocó un aumento del número de parados entre los artesanos. La pobreza y el hambre fueron preparando el terreno para hacer más efectivos los efectos de la peste.

El Ayuntamiento, en un intento de controlar la situación, decidió entregar 50.000 ducados (18.750.000 maravedís) a los fabricantes de paños, ante la grave situación que padecían al tener detenida toda su producción por la paralización del comercio. Sin poder dar salida a sus productos, habían cerrado los talleres y dejado en paro a todos los artesanos. Gracias a esta ayuda, reanudaron su producción y tuvieron a los artesanos ocupados, evitando de este modo que se incrementase el número de pobres y por consiguiente el aumento de víctimas de la peste. Para valorar en su justa medida esta ayuda, baste decir que el salario de un trabajador era de 540 reales al año (5.940 maravedís).

A principios del siglo XXI Segovia vive del comercio interior y del turismo. La caída de estas actividades, con el cierre de las tiendas y de la hostelería, vaticinan una ruina económica comparable a la de hace cuatro siglos. En este caso se ha optado por ayudar a los trabajadores asalariados, abandonando a su suerte a los trabajadores autónomos, los que se verán abocados a la ruina y al cierre de sus pequeñas empresas.

Cinco años después de la crisis finisecular del XVI, en 1605, Segovia había superado su situación económica y recuperado el nivel de actividad previo al año de la peste, gracias a que los talleres de paños habían permanecido activos. Tras sucesivas crisis posteriores que no pudo superar, hacía 1633, Segovia quedó sumida en la más absoluta miseria.

Según los vaticinios de expertos epidemiólogos actuales, todo parece indicar que ésta no será la única pandemia que tendremos que superar y que es muy posible que en los próximos años se produzcan otras del mismo cariz. Con el tejido económico de la hostelería y el comercio local hundidos —actividades mayoritarias y principales fuentes de empleo—, nos podemos preguntar: ¿Qué futuro nos espera en nuestra ciudad?

¿No es el momento de buscar otras alternativas? Segovia no reúne condiciones para ser una ciudad industrial como consecuencia de la insuficiente capacidad de abastecimiento de agua, pero… ¿No se podrían explorar otros caminos en los que el consumo energético y de agua fuera de menor calibre? ¿No es, quizá, el momento adecuado para facilitar el asentamiento de empresas informáticas y de nuevas tecnologías, y de este modo evitar el tener que depender de una única actividad como es el turismo? Hacer más amplia la diversidad industrial, nos reforzaría a la hora de soportar las más que probables futuras pandemias. La pelota está en el tejado, pero corresponde a las instituciones locales tomar las decisiones que hagan posible establecer un escudo que nos defienda de las futuras crisis demográficas, económicas y sociales.

El Tiempo será testigo y la Historia dictará su veredicto.
—
(*) Doctor en Historia. Autor del ensayo “La peste de 1599 en Segovia” y de la novela “Pestilencia, la cólera de Dios”.

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