Este año, en medio de la pandemia, la Pastelería Yagüe cumple cien años. La cifra es emocionante y como a lo largo de cuatro generaciones en la familia siempre se ha sido un poco enreda, con alta imaginación, tendencia a inventar y a compartir, se está celebrando. Entre otras iniciativas, hace una semana se pidió que se compartieran por Facebook recuerdos del abuelo Valentín por su onomástica y muchas personas se animaron a escribir y revivir ciertas costumbres –casi rituales– que se daban entre ellas y Valentín o Esperanza. Las palabras fueron enternecedoras y la gran mayoría hacían referencia a los reinos mágicos de la infancia y la adolescencia.
Nunca se es consciente de la magia de esas primeras etapas hasta que se contemplan desde un peldaño más arriba de la vida. De nada sirve alargarlas artificialmente: la magia se pierde cuando se es consciente de ella porque no pensar en si se es feliz, en si se está viviendo es indicio de que se es feliz y de que se está viviendo. Además, el cerebro es extremadamente práctico y en sus limpiezas estacionales saca lustro a los buenos recuerdos, a veces tanto que no se corresponde del todo con lo que fue, pero eso no importa. Son nuestros y así explicamos nuestra vida.
Con todo, hay un tipo de recuerdo –el de la magdalena de Proust que tanto juego ha dado– que no se busca, sino que nos encuentra. Se desencadena de golpe, por algo con lo que tropezamos fortuitamente de manera sensorial: un sonido, una imagen, un sabor, unas palabras, una superficie, un olor, una situación determinada… ¡Zas! Volvemos a ese momento, a ese lugar con tanta intensidad que lo notamos en el cuerpo: vemos, oímos, olemos, sentimos o paladeamos. Todo esto también ocurre con los recuerdos compartidos, porque se desencadenan en cascada. Y al rescatar el tiempo vivido con los otros, el mapa del recuerdo se multiplica y nos une, permitiendo que nos encontremos, también, donde habita el recuerdo.
