Hace poco más de un año me invitaban a una jornada sobre Resiliencia organizada por un foro femenino internacional, procedente del sector financiero. Mediaba el mes de febrero y en esos días publicaba también mi columna sobre la fiesta de las Águedas en este rotativo segoviano. Teníamos planes para los Gabarreros en El Espinar la primera y segunda semanas de marzo. Aún no sospechábamos lo que se nos venía encima pocos días después.
Un nuevo vocablo se incorporaba a nuestra rutina laboral y personal sin apenas conocer todavía el alcance del término. Unas semanas más tarde pasamos de la teoría a la práctica.
Cumpliendo casi un aniversario del que parece ser el primer acto, repasando escenas congeladas en la retina, y normalizando comportamientos extremos, nunca antes la palabra cribado tuvo el significado actual. La criba, o el cribado han adoptado en el enriquecido castellano otra connotación distinta a la que hasta ahora aplicaba más bien a la selección de personal para un puesto de trabajo. Hoy, dejamos subrayadas en el diccionario algunas palabras que nunca antes nos habían resultado tan familiares, y sufren también un desplazamiento semántico acaparando otra realidad que se esfuerza en separar los sanos de los infectados.
Del mismo modo que restricción y racionamiento, se quedaron ancladas en tiempo de postguerra, resiliencia y cribado pasaron al subconsciente como la forma de vida de esta pandemia moderna que nos ha impuesto el peor reto de todos: convertirnos en resilientes de larga duración.
