“Bandido” es el nombre de un pequeño juego de mesa cooperativo, por lo que o ganan todos o pierden todos los jugadores. Está conformado por una baraja de cartas y se juega mostrando las cartas a los demás para decidir entre todos cómo ir actuando en cada uno de los turnos, de manera que, usando cierta estrategia, se cierre el paso a un bandido que intenta escapar de su prisión a través de túneles excavados. El objetivo del juego es evitar que el malhechor escape cerrando todas las vías, lo que se consigue con cartas donde al final del túnel hay una linterna indicando que se ha descubierto al preso y se ha frustrado su huida. Sin embargo, las cartas que cierran el paso no siempre están disponibles cuando se necesitan y, a veces, no queda más remedio que colocar una carta que aumenta el número de túneles y, con ello, aumentar las posibilidades de escapatoria para el bandido y las posibilidades de perder para los jugadores.
Nuestro “bandido” es el Covid-19 y la suerte, además de nuestras actitudes personales –entre la prudencia y el riesgo que decidimos asumir–, son las cartas de las que disponemos en esta terrible partida. Pero el mecanismo de la pandemia y del juego es exactamente el mismo: hay que utilizar lo que tenemos y colaborar para cerrar los caminos –ya se sabe, los contactos–, porque en cada recorrido que hace, el virus puede dejar como consecuencia desde una PCR sin síntomas al hueco de un ser querido. Debemos reducir los contactos físicos, porque cada contacto es un paseo viral que aumenta la probabilidad de consecuencias descontroladas, indeseadas y dolorosas.
Estos días, en toda la provincia, muchas familias confinadas están jugando al “bandido”, pero no al de cartón, sino al otro, al feo, al malo, al que les obliga a llevar mascarilla incluso dentro de casa para no contagiar a quienes más se quiere. Es una partida dura, pero, al menos, los que están encerrados en casa saben que, tras llegar hasta allí, el virus ya no seguirá avanzando.
