Las redes sociales son un termómetro de las emociones y de la manera íntima en que las afrontamos. Leía en Facebook que Navidad y Reyes eran mejor antes, cuando en la infancia nos rodeaban abuelos y familiares. Un buen número de personas aplaudían la idea; era la Navidad más feliz. Sin restarles razón, yo me resisto. La Navidad es espiritualidad, ilusión, familia… y es ahí donde prende la desazón de los que dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Al caminar por la vida, las sillas vacías van doliendo y sin embargo no son más dolorosas que aquellas sillas vacías que amorriñaban a nuestros mayores mientras que nosotros –ingenuos niños de fiestas felices– enredábamos entre sus piernas. La Navidad de entonces era tan triste como la de ahora, sólo han cambiado sus protagonistas; antes ellos y ahora nosotros. Los que hoy nos faltan y echamos de menos se esforzaron en regalarnos la fiesta de ilusión que recordamos con nostalgia. La añoranza está en el calendario. La mejor Navidad es la última; un regalo para compartir porque los recuerdos se alimentan del hoy y ahora.
Hace tiempo me prometí que el legado de la Navidad que me regalaron mis mayores debía entregarlo con la misma intensidad que lo recibí a mis hijas, a mis sobrinas… para que llegado el momento en que ellas sufran las sillas vacías, puedan decir que la mejor Navidad fue la de la infancia. En ello he estado estos días. Feliz 2021.
