La Segoviana, un equipo que solo ha estado por detrás en el marcador 26 minutos en más de 800 disputados esta temporada, intenta digerir un gol del Girona, todo un candidato a ascender a Primera División. Dani Arribas se frustra cuando Ibrahima le arrebata el balón en un lance limpio y decide tomarse la justicia por su mano. Falta por detrás y tarjeta roja difícilmente rebatible. Al equipo azulgrana y su inmaculado comienzo en Tercera, con nueve victorias en nueve partidos, le faltó madurez para opositar a la hazaña en Copa del Rey. Una gesta exige, cuanto menos, no dispararse en el pie.
La pandemia generó una atmósfera copera descafeinada. Nada que ver con los millares de espectadores ante Athletic o Sevilla, con todos los huecos ocupados y decenas de espectadores apoyados en el muro de las pistas de tenis. Son otros tiempos y el protocolo exige montar banquillos con asientos personalizados y que nadie pie el césped sin una PCR negativa. La Copa de los estadios modestos abarrotados deja espacio a la Copa con distancia de seguridad. Menos de 1.00 espectadores, privilegiados para un partido sin cámaras de televisión en directo. Sin imágenes para Girona.
La declaración de intenciones del encuentro la firmó Diego del Castillo, que presionó con su inquebrantable fe lo que debía ser un despeje plácido del portero. Le subieron las pulsaciones a Muric, que se salvó sin consecuencias pero entendió que la presión iba enserio. La puesta en escena animó a los locales, que disfrutaron del primer córner a los cinco minutos. También de un par de faltas en la corona del área. La segunda la ejecutó Dani Arribas con su tiro fuerte y raso de toda la vida. Cualquier portero del grupo VIII recomendaría al meta prepararse para ese escenario y lanzarse abajo y a su palo. Lo hizo algo tarde, pero el tiro se marchó lamiendo el poste.
Se convenció la Segoviana de sus posibilidades y no tardó en afilar sus dientes. La primera ocasión la gestó por la banda izquierda Borrego, que asistió tras un gran control al desmarque de Rubén. La acción desembocó en Conde, que dejó el balón muerto en el corazón del área esperando sin éxito que llegase un compañero al primer palo. No hubo suerte. Poco después, el propio Borrego se marchó de un par de rivales, puso el cuerpo para cortar el pelotazo con el que quería apagar el incendio la defensa y se vio controlando el balón en el los primeros metros del área. No le cayó a la pierna buena y su tiro, cruzado, no cogió portería.
La Segoviana había borrado la diferencia entre categorías; el duelo estaba igualado. El Girona partía sin sus dos grandes referentes ofensivos –Stuani y Samu- tras jugar el lunes ante el Rayo. Su defensa, con un tipo polivalente como Ramalho y otro como Santi Bueno en busca de oportunidades, no jugaba de memoria. Con Cristóforo en el banquillo, el eje en el medio era para el portentoso Ibrahima. Y el peligro estaba en la zona ofensiva: Aday, un extremo zurdo cerrado a banda cambiada, y Pablo Moreno, el talentoso proyecto del Manchester City, el socio capitalista.
Pese a dormitar durante media hora, el cuadro gerundense tuvo la más clara del partido en un malentendido de Christian, que dejó la pelota en los pies de Aday y vio, instantes después, como Calavera estrellaba la pelota en un defensa con la meta desguarnecida. Recordó al fallo de David García que decantaría la eliminatoria ante el Elche 365 días atrás. Dudó la Segoviana, que veía a Pablo Moreno pulular por el campo. De su banda izquierda llegó el centro letal que embolsó Bustos solo en el punto de penalti antes de superar con un sombrero a Christian y abrir el marcador. Lo celebró con un grito copero: el Girona también quería ganar el partido.
La Segoviana se descolocó ante la sensación de que el gol había llegado en fuera de juego. Sin televisión, no hay forma de ahuyentar la presunta injusticia. Perdió la disciplina el cuadro azulgrana, que se lanzó raudo a puerta contraria en una cabalgada de Adeva. No hubo medicina rápida y el cuadro local se autodestruyó: amarilla a Del Castillo y roja a Arribas, que se marchó aplaudido por la tribuna.
El descanso llegó como una condena aplazada en el patíbulo. Manu se marchó rápido a vestuarios; nadie sabía mejor el plan que iba a ser necesario armar en vestuarios para voltear el resultado. Conde se marchaba con una evidente cojera y con una cara que ilustraba su dolor físico y espiritual. Y los árbitros, acostumbrados a estadios vacíos, se llevaron una reprimenda consideraba. Era el descanso, pero la atmósfera era de fin de partido.
González recompuso el dibujo con una línea de cuatro detrás de Adeva, obligado al papel de rey Midas: convertir cualquier minucia en oro. Y eso hizo con un intento de chilena en un bosque de defensas. El balón no cogió portería y el delantero dejó el campo acto seguido junto a Borrego y Conde. Los nuevos incorporados –Borao, Calleja y Gómez- no eran mancos, pero el cambio tenía ecos de prudencia de cara al duelo del domingo ante el Colegios Diocesanos, la realidad de la Segoviana, al menos por unos meses más.
El Girona aseguró el centro del campo con Crisóforo y dejó solo a Bustos en la delantera. La Segoviana tenía las cartas en su contra, pero con el marcador en un solo gol, cualquier desenlace era posible. La física dictaba que sería el Girona quien cerrara el partido; cuestión de tiempo. La tuvo Bustos, con la pelota cosida a los pies en área chica, pero Christian le aguantó estoico y paró el balón con la cara.
La última bala de González fue retirar a Adrián y meter a Ivi. No hubo tiempo para que la apuesta tomara cuerpo: apenas tardó un minuto Bustos en cerrar la contienda al embocar un rechace de Christian tras una jugada bien tejida por las camisetas amarillas en la banda izquierda. Y Pablo Moreno, el jugador diferencial, se marchó con la faena resuelta. La noche entre los grandes terminó con la primera derrota azulgrana desde el 25 de julio.
