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Rememorando unas Navidades de antaño en Riaza

por
13 de diciembre de 2020
en Provincia de Segovia
Nacimiento expuesto en la iglesia de Ntra. Sra. del Manto. Año 2012. LAURA HERRERO.
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En estas navidades tan atípicas que se nos presentan marcadas por la actual pandemia que nos asola, queremos traer a la memoria algunos retazos sobre cómo celebraban nuestros mayores estas fechas tan entrañables en Riaza y algún pueblo más de su entorno, en unos tiempos en los que la religiosidad popular cobraba mayor protagonismo en la sociedad y en los que la sencillez —y demasiadas veces carestía— eran la norma en contraposición al feroz consumismo de nuestros días.

Para situarnos mejor en aquellas décadas de la primera mitad del siglo XX, debemos trasladarnos a una sociedad muy distinta de la actual, esencialmente campesina y ganadera. Hace unos años tuve la suerte de entrevistar a un riazano nonagenario de mente lúcida y memoria prodigiosa llamado Francisco Vicente Toledo, el Tararí (Riaza, 1920-Segovia, 2015). Pues bien, a la pregunta sobre cómo vivía él y los de su generación estas fechas cuando eran niños, de inmediato nos recordó que ya a comienzos de diciembre se dedicaban a recoger cencerros de cabras y vacas de las cuadras que toda casa tradicional riazana tenía en su planta baja. Los cencerros pequeños y de sonido más agudo —llamados también esquilas, cañas, cencerrillos o changarrillos—, contrastaban con las cencerras o zumbas, de mayores dimensiones y sonoridad. Los chicos se los ataban al cinto como mejor podían y, haciéndolos sonar con el propio movimiento de sus cuerpos, pedían el aguinaldo por las calles, a menudo cubiertas de hielo y nieve. Por lo general, les solían dar frutillas, nueces, dulces o alguna que otra moneda, eso donde no salían con la escoba. En cada puerta donde llamaban repetían lo siguiente:

El aguinaldo rechinel,
una pera o una nuez.
Si no me la da usted,
me voy sin él.

Según corrobora el historiador y vecino de Riaza Juan Antonio Cerezo (Riaza, 1955): “además de los chiquillos, esta costumbre de pedir el aguinaldo la mantuvieron de igual forma los cabreros hasta mediados del siglo pasado, momento en que el éxodo rural hizo que desaparecieran los rebaños de cabras y los cabreros, quedándose solo los niños manteniendo la costumbre. Entre los cabreros, iban tanto mayores como pequeños que ya llevaran algún año como zagales o aprendices.” ¿Y por qué hacemos hincapié en estos pastores de cabras? Pues porque en Riaza, aunque siembre hubo grandes rebaños de ovejas trashumantes, por aquellos años el animal que más predominaba era la cabra, mucho más adaptable al terreno y clima riazano. La inmensa mayoría de los vecinos mantenían unas pocas cabras y un cerdo o dos para su autoconsumo.

Esta costumbre de pedir el aguinaldo estaba muy extendida por toda España y siempre se asociaba a ella cantos de índole popular como villancicos y romances. Uno de estos últimos era el de La Loba Parda, quizá uno de los más extendidos por nuestra provincia en sus diversas versiones. La tradición oral funcionaba y este romance junto a otros muchos pasaban a los oídos más jóvenes. Otro recordado por Francisco Vicente Toledo, el Tararí, era el que llevaba por título “San José sale una tarde”. En algunos pueblos segovianos eran los quintos los encargados de pedir el aguinaldo, en cambio en otros lo hacían los pastores. En nuestra comarca eran estos últimos los verdaderos protagonistas en las navidades de antaño, saliendo a cumplir con el rito en la mayoría de los pueblos.

Es el caso del vecino Riofrío de Riaza, donde según testimonio de Vicente Montero de las Heras: “corrían todas las calles del pueblo al anochecer; empezaban el día de la Purísima y terminaban el día 24, día de Nochebuena. En esta noche hacían un recorrido por el pueblo casa por casa y en varias les rogaban que cantaran La Loba Parda y después les obsequiaban con un trago de vino y 20 céntimos o un real”. Tras la cena, acudía todo el pueblo a la Misa del Gallo, y los pastores —ataviados con sus zamarras y cencerros—, se situaban en el coro junto al señor cura representando la adoración al Niño, finalizando la eucaristía con una retahíla de cánticos y coplillas populares.

En Duratón y Cerezo de Abajo los pastores también salían dando cencerradas desde el día 8 hasta la Nochebuena y, al igual que en Riofrío, esa misma noche pedían el aguinaldo. Benilde de la Cita Manzanares es vecina de Cerezo de Arriba desde hace más de seis décadas, pero sus orígenes hay que situarlos en Duratón, donde nació hace ahora 88 años. En este pueblo, incorporado desde 1970 al Ayuntamiento de Sepúlveda, la inmensa mayoría de sus vecinos se dedicaba al cuidado de ovejas, de modo que no faltarían pastores para llevar a cabo esta inmemorial costumbre. Benilde nos recuerda: “llevaban cencerros atados a la cintura y competían entre ellos a ver quién los llevaba más grandes, el que no tenía pedía que se los dejaran. El día de Nochebuena iban pidiendo y cantando por todas las puertas y a lo mejor les daban cuatro castañas, unos higos, unas naranjas…y la que no tuviera nada, igual les daba una propineja y con eso ellos hacían después una cena”. En Cerezo de Abajo tenemos constancia de que los pastores bailaban “el caracol” en la calle durante la Nochebuena, danza esta —junto a la de “la culebra”— de posible origen celta y gran arraigo en la cultura pastoril.

En Riaza en cambio esta antigua danza de “la culebra” —llamada así por sus movimientos serpenteantes—, la ejecutaban un grupo de pastores en el interior de la iglesia al inicio y finalización de la Misa del Gallo, frente a la talla del Niño Jesús que previamente había sido expuesta en las escalinatas del altar mayor para adoración de los fieles. Luis Sanz Sanz (Riaza, 1935), llegó a conocer la danza de los pastores cuando él era muy niño. No recuerda que hubiera ningún mayoral ni nadie que los dirigiera, lo que sí describió es cómo iban vestidos —con las tradicionales abarcas, zahones de cuero, chalecos, chaquetas de pana y buenas mantas de abrigo—, además de portar garrotes y en alguna ocasión corderos para hacer la ofrenda al Niño. Otra de las costumbres que tenían los pastores era cantar melodías desde el coro de la iglesia, con estrofas como estas que recogimos en su día a Francisco Vicente Toledo:

Dime sacerdote, quién es tu mujer;
La Hostia y el Cáliz, la Virgen también.
Dime Sacerdote, quién es tu querida;
La Hostia y el Cáliz, la Virgen María.

Ya antes de finalizar la década de los 40, los pastores dejaron de cantar y bailar en la Nochebuena de Riaza, nunca más volverían hacerlo. No obstante, la inmemorial Misa de los Pastores cobró un protagonismo inusitado en las navidades de aquel tiempo, pues en 1947 llegó a Riaza un nuevo sacerdote —el recordado D. Juan José Calle González—, y en poco tiempo organizó un estupendo coro compuesto por un selecto grupo de voces femeninas con el acompañamiento de algunos mozos que se esmeraron en tocar instrumentos tan tradicionales como la bandurria, el laúd, la guitarra, la pandereta o el cántaro. Para dar comienzo a aquellas ceremonias, se entonaba con gran solemnidad y en latín el Kyrie, seguidas de las demás partes de la misa, como el Gloria, el Credo o el Sanctus.

Posteriormente, y tal como nos recuerda Juan Antonio Cerezo, “en el momento de la comunión se cantaban villancicos.” De esta manera, con más o menos acompañamiento musical, llegaron hasta hace muy pocos años las ceremonias religiosas del día de Pascua, Año Nuevo y Reyes, a las que se acudía —como ahora— de forma masiva para adorar al Niño. Y es que en Riaza estas ceremonias conservaron su brillantez incluso en tiempos tan convulsos como los de la Segunda República (1931-1939). Para muestra, citamos a continuación la siguiente referencia, publicada en El Adelantado de Segovia el día 6 de enero de 1931 y firmada por el corresponsal: “Las fiestas religiosas han revestido igual solemnidad que en años anteriores, contribuyendo a ello un selecto coro de señoritas que cantaron admirablemente la misa mayor del día de Pascua y la de Reyes”.

El contexto social y educativo de la enseñanza durante buena parte del siglo XX, hizo que muchos de los villancicos populares que se cantaron en Riaza durante décadas fueran transmitidos en la escuela. A este respecto, Dª Fidela Sanz Veros (Hontangas, 1889-Riaza, 1981), fue una maestra que dejó su impronta en la escuela de niñas de Riaza, enseñando a unas cuantas generaciones de alumnas un amplio repertorio de villancicos que luego serían cantados año tras año en las celebraciones navideñas hasta casi nuestros días. Es de reseñar que doña Fidela ejerció su magisterio desde 1920 hasta su jubilación en marzo de 1969, cuando contaba con casi medio siglo de docencia. Por todo ello, se la dedicó un emotivo homenaje en la localidad con motivo de su retirada y donde el alcalde de la villa, D. Mariano Antonio García-Rosuero González (Madrid, 1937), le impuso la Cruz de Alfonso X el Sabio.

“Pastores a Belén” era uno de los villancicos que no podía faltar en las navidades riazanas, formando parte del repertorio tradicional del antiguo coro. De gran belleza musical, nos lo cantó una vez más Carmen Moreno de Diego (Riaza, 1924-Riaza, 2020) cuando contaba 91 años. Esta estimada vecina, que en ese momento aún conservaba una memoria privilegiada, formó parte del coro parroquial casi toda su larga vida y siempre se mantuvo dispuesta a colaborar de forma activa en cuantas actividades de índole cultural se organizaran en la villa.

Pastores a Belén
Vamos con alegría
a ver a nuestro bien
al hijo de María.

Que allí, allí, allí nos espera Jesús
Que allí, allí, allí, convídanos su luz. (bis)

Llevemos pues turrones y miel
Para ofrecer al Niño Manuel (bis)
¡Ay Manuel!

Ofrezco a mi Señor
porque mucho le quiero
en prueba de mi amor
un corazón sincero

Que allí, allí, allí…

Que retumbe el tambor,
la música y la danza,
lleguemos al portal,
lleguemos sin tardanza.

Que allí, allí, allí…

Desde aproximadamente el último tercio del siglo XIX, jugaría un papel fundamental en la vida sociocultural de Riaza su desaparecido Casino, que se mantuvo en activo hasta los años 70 del pasado siglo. Como dato curioso, cabe reseñar cuando el gran folklorista y músico segoviano Agapito Marazuela Albornos (Valverde del Majano, 1891-Segovia, 1983) dio uno de sus primeros conciertos de guitarra en el Casino de Riaza cuando aún no tenía cumplidos los 19 años, allá por 1909. Según relata él mismo en el libro titulado “Agapito Marazuela o el despertar del alma castellana”, que le dedicó en 1985 su buen amigo Manuel González Herrero, nuestro artista actuó por medio del cura que había entonces en la villa, primo suyo. “Cayó una nevada y tuve que estar allí seis días sin poder salir”, rememoraba Marazuela. Por fin, un día de Nochebuena emprendieron el viaje en diligencia de vuelta a Segovia, tardando dieciséis horas y helados de frío.

Más allá de las actuaciones realizadas en la Plaza Mayor de la villa, el Casino continuaría siendo escenario de animados bailes durante todos los domingos y a lo largo del calendario festivo riazano —incluidas las fiestas navideñas—, con el protagonismo de los dulzaineros locales y la banda de música que se creara en 1929 por iniciativa del Ayuntamiento y con el concurso del célebre músico y director D. Cecilio de Benito Sánchez (Cuéllar, 1869-Cuéllar, 1940). Por los años 50 también solían actuar en este veterano local orquestas procedentes de Madrid y, ya más avanzado el tiempo, se impondría el socorrido tocadiscos. Según Juan Antonio Cerezo, “además del Casino, Riaza contaba a principios del siglo XX con otros dos salones de baile más, ubicados estos últimos en la plaza”.

El contraste con los pueblos más pequeños era evidente, pues se tenían que conformar por lo general con un salón habilitado en el mismo edificio del ayuntamiento o las escuelas y con una música mucho más modesta. Por poner un ejemplo, citemos el caso de Duratón, donde la planta baja del ayuntamiento era a su vez escuela y salón de baile. “Allí tocaba el tío Juaninas cuando yo era niña”, nos refirió Benilde de la Cita. Lo sorprendente es que Juaninas —labrador y vecino del pueblo ya entrado en años—, tocaba con una vieja dulzaina diatónica —sin llaves— y sin compañero al tambor, y de esta guisa amenizaba en Duratón las veladas navideñas, los domingos y demás fiestas.

El pasado 20 de noviembre tuvimos ocasión de charlar con una memoria viva de Madriguera: José Cerezo Sanz, más conocido por Pepe el Corrusco. En este pueblo rojo de la Sierra de Ayllón, nació en 1934 y permaneció hasta 1968, cuando decidió emigrar a Madrid como tantos otros. Su padre —llamado igual que él—, regentaba por los años 30 una de las tiendas de ultramarinos que había en el pueblo y, a la vez, acudía con su mulo a vender el género a otros pueblos del entorno, tanto segovianos como de las provincias limítrofes de Soria y Guadalajara. El hijo heredó el oficio desde niño y quién mejor que él para adentrarnos un poco en la gastronomía local en aquellas navidades de posguerra: “En Nochebuena, los más pobres hacían un esfuerzo y sacaban una tajadilla del cochino recién matado después del primer plato, que serían judías o patatas con bacalao.

La matanza ya no se volvía a tocar hasta el verano, para la siega y la trilla. Y los más ricos que decíamos —que solían ser los tratantes—, a lo mejor en vez de matanza, que también comían, podían cenar esa noche pescado: congrio o besugo. Luego ya para la Pascua, al día siguiente, solían comer cordero”. También cuenta Corrusco que para la Navidad, los que vivían en el pueblo tenían por costumbre enviar un pollo y algo de matanza al pariente que tuvieran en Madrid —ya fuera hermano, tío o primo—, “y luego esos familiares mandaban una cesta con un poco de turrón, unos higos o unas pasas al pueblo.” Ya más adelante, a partir de los años 50, acudía a la tienda de los Corruscos un comercial del Almacén de Coloniales Pascual Hermanos —de Aranda de Duero— y les abastecía de turrón, higos o mazapán para después venderlo ellos en el pueblo.

En Riaza tenían su protagonismo en las mesas de aquellas fechas navideñas las aves y los productos de la matanza. Según Luis Sanz, en Nochebuena se recurría muy a menudo al capón o al pavo, preparados de distintas maneras según la maña individual. El conejo, antaño muy abundante en el término riazano, también se solía guisar con frecuencia. Para los días de diario, uno de los platos estrella de aquellos años era el tradicional cocido, al que se añadía su buen trozo de tocino y demás aderezos de la matanza. En los postres no podían faltar unas castañas asadas, pasas e higos cocidos, además de mazapanes, compota de manzana y otros dulces propios de estas fechas.

Mientras en Riaza nos consta que ya se organizaban estupendas Cabalgatas de Reyes a mediados del siglo XX, en Madriguera en cambio, el mismo día de Reyes -6 de enero-, venía marcado por el comienzo de las cencerradas de Antón, que se alargarían hasta el 17 de enero, festividad de este santo protector de los animales. Los chiquillos del pueblo recorrían todas las tardes las casas de las autoridades pidiendo la “limosna para San Antón” menos la víspera de ese día, que lo hacían extensible a todas las casas del pueblo. Previamente habían formado una fila en la que simulaban los cargos del Ayuntamiento. Los mayores iban al frente; primero “el alcalde”, a continuación “los concejales”, detrás “el alguacil” y, por último, los más pequeños. Una costumbre ancestral que nos detalló Corrusco y que sucumbió definitivamente en 1968, cuando la mayoría de los vecinos ya habían echado el cierre. Madriguera, como tantos otros lugares, sustituiría el sonido de los cencerros por el silencio.

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