Este artículo es la continuación del publicado el 13 de septiembre de 2020, donde se ilustra la temprana presencia de guardas segovianos al otro lado de la sierra de Guadarrama. La creciente depredación señorial que sufrió la tierra de Segovia a lo largo del siglo XV obligó a la ciudad a reforzar la vigilancia de sus campos y montes de Can Mayor, al sur del sexmo de Casarrubios del Monte. Las «provanças» de los larguísimos pleitos contra los señores de esta población, antigua cabeza del sexmo eximida en 1331, permiten reconstruir una relación cronológica de los guardas que recorrieron los términos. A través de la documentación procesal podemos conocer aspectos interesantes sobre el paisaje agrario de la época. No menos sugestivo es conocer la identidad de las personas, sus competencias jurisdiccionales, sus rondas, costumbres e, incluso, algunas anécdotas.
En el artículo anterior comenzamos a hablar de dos guardas. El primero es Florestán de Segovia quien, en 1431, ya actuaba en nombre de los regidores de la ciudad en el arrendamiento de la dehesa de San Andrés; hoy, en el pueblo toledano de Camarena. El segundo es Alvar Ximénez, guarda mayor de los términos de Segovia «a esta parte» durante el principado de Enrique IV. Hay que recordar que el príncipe fue señor de Segovia entre 1440 y 1454, por merced de su padre, Juan II. En 1442, varias misivas al concejo de la ciudad ya ilustran el celo por conservar su integridad territorial. Era palpable que los sexmos segovianos venían sufriendo «fuerças, prendas, preçuras, tomamiento de bienes e de términos, usurpaciones de jurediçion, o otra sin rason o agravios» (Villar García 2017).
Por entonces, la mayoría de señoríos laicos colindantes con los flancos meridionales del sexmo de Casarrubios se hallaban en fase de formación. Por el suroeste estaba San Martín de Valdeiglesias (Madrid), cuyos titulares eran los duques del Infantado. Parte de este señorío acabaría por incluir el alfoz del castillo de Alhamín (hoy, en el pueblo toledano de Santa Cruz del Retamar), Villa del Prado (Madrid) y Méntrida (Toledo); y llegaría a traspasar los límites jurisdiccionales segovianos. Por el sudeste se encontraba Batres (Madrid), población en otro tiempo segoviana que, desde 1384, era de Fernán Pérez de Guzmán, bisabuelo de Garcilaso de la Vega. Entre ambos estados se hallaban Chozas-Arroyomolinos (Madrid) y Casarrubios del Monte (Toledo); dos enclaves rodeados de tierra segoviana que, desde 1431 hasta -posiblemente- 1456, estuvieron tutelados por Fadrique Enríquez, almirante de Castilla. Según las crónicas, el almirante era hombre belicoso y anduvo envuelto en las intrigas políticas del reino (Rojo 1999). No es descabellado pensar que sus ambiciones le tentasen a ampliar el ámbito jurisdiccional de estas villas, apenas ceñido a sus «goteras», es decir, a sus cascos urbanos.
La depredación del alfoz segoviano se volvió tan crítica que obligó al príncipe a intervenir en mayo de 1442, para que los «quiñoneros» -caballeros de Segovia a quienes se les habían repartido tierras a comienzos del siglo XIV- le traspasasen todos los quiñones, con sus derechos, acciones y tributos. Estas propiedades serían después transferidas o vendidas a vecinos de los lugares de la tierra, próximos a las mismas. Es lo que María Asenjo (1986) considera una reestructuración del terrazgo. Con ello se pretendía impedir la apropiación por parte de forasteros y grandes terratenientes seglares o eclesiásticos.
Ante semejante panorama, no es de extrañar un refuerzo de la vigilancia de los términos, especialmente en los sexmos de la Transierra, donde estaban las zonas de invernada de los ganados. En ese contexto aparece Alvar Ximénez, de quien nos han llegado, por ahora, quince valiosos testimonios de las citadas probanzas, entre 1502 y 1509. Sabemos que el guarda era vecino de Moraleja la Mayor (despoblado en Moraleja de Enmedio, Madrid), pero moraba en las Esperiles o Asperillas, donde estaba una antigua alberguería segoviana y pabellón de caza de Enrique IV; hoy, en término de Galapagar (Madrid). Allí, en la Casa Palata, vivían también el hijo de Ximénez, Pedro de Alvar Ximénez (o Pedro Álvaro Ximénez), un criado, Hernando Luengo, y el hijo de éste, Hernando Tinojo. Los testigos señalan que el vigilante tenía también un sobrino, con el que anduvo por los términos durante «más de seis años», así como un hermano homónimo, a quien distinguían por el apodo de «el tuerto».
La tenencia de criados y el hecho de haber sido visto en Griñón (Madrid) «con diez de a caballo», evidencian que Alvar Ximénez gozaba de una autoridad y un nivel socioeconómico considerables. Hacia 1443, Juan de Mingo Gil, mozo de doce años «que se fue de su padre», le acompañó a supervisar los límites de la ciudad durante cuatro o cinco meses. Aquel año, «debates y contiendas» entre los vecinos, Segovia y los concejos de Camarena y Peromoro, ambos de la iglesia de Toledo, habían obligado a realizar un apeo de términos entre ambas jurisdicciones. Los procuradores segovianos, conscientes de una intromisión en sus términos, levantaron acta de la mojonera del «privilegio de la Bolsilla» (1208) en Casarrubios del Monte.
Los deponentes de la época relatan algunos sucesos llamativos que acaecieron durante el oficio de Ximénez. Por ejemplo: un vecino de Serranillos del Valle (Madrid) relata que, hacia 1449, el guarda y su sobrino se llegaron a enfrentar con unos de Griñón (Madrid) porque les habían hecho una prenda cerca de Zarzuela (hoy, despoblado en Navalcarnero), al otro lado del río Guadarrama; y los de aquel pueblo «se la defendieron con gente armada». Al padre del testigo también le habían prendado un asno, porque traía leña de unas cárcavas donde después se poblaría El Álamo (Madrid).
Otra anécdota curiosa la cuenta Alonso Ventero, hijo del que fuera ventero de Sacedón (hoy, en término de Villaviciosa de Odón). En su declaración judicial de 1509, Alonso aún se acordaba de su niñez, hacia 1452, cuando lloraba y le decían: «Llorays agora, verná Alvar Ximenez» («lloráis ahora, vendrá Alvar Ximénez»). Es posible que los venteros recurriesen al temor que inspiraba el mencionado guarda mayor, para aplacar las llanteras de su hijo.
Y es que Ximénez fue visto vigilando y prendando por todo el sur del sexmo: en El Álamo, en Brunete, en Zarzuela (hoy, en Navalcarnero), en Sacedón, en Cabeza Retamosa (Las Ventas de Retamosa)o en Valmoratejo (hoy, en Casarrubios del Monte). El guarda prendaba a todo foráneo a la tierra que entrara a aprovecharse de ella (Camarena, Carranque, Cubas de la Sagra, Fuensalida, Griñón, Illescas, El Viso de San Juan); y a todo aquel vecino de Segovia que lo hiciese contraviniendo sus ordenanzas. Una de las normas era la prohibición de cortar leña verde, que, por cierto, también incumbía a los vecinos de Batres y Casarrubios del Monte. Estas dos villas, antaño aldeas segovianas, todavía conservaban la «vezindad» o comunidad de pastos y aprovechamientos con la ciudad.
En cuanto a las restricciones a los comarcanos, hemos podido comprobar que los guardas podían hacer algunas salvedades. En la época de Alvar Ximénez, gentes de Cubas (Madrid), Illescas (Toledo) y Carranque (Toledo), totalmente ajenas a Segovia, llegaban a concertarse o «avenirse» con los guardas para poder sacar jara, romero, tomillo, retama y leña seca de los baldíos de Segovia. Los forasteros acordaban con ellos el pago de ciertas cuantías de maravedís o «les servían con quesos, y vino, y cebada y otras cosas».
Vigilar los términos no era la única ocupación de nuestro guarda segoviano en el sexmo de Casarrubios. Ya dijimos que, en fecha indeterminada, fue encargado de llevar a Brunete una licencia de Segovia para que la población pudiese hacer una dehesa. También arrendó, en nombre de la ciudad, la recaudación de las «alcabalas de Canmayor» a varios vecinos de su pueblo y de Serranillos. Se trataba de un tributo real, equivalente al diez por ciento del valor de todas las compraventas y trueques que se hacían entre pastores y otras personas. Por entonces, estas alcabalas aún se cobraban «de pastor en pastor», de modo que la cobranza era más fácilmente asumible por quienes residían cerca de las zonas de invernada de los ganados segovianos.
Que Alvar estuviera, por una parte, sujeto a Moraleja y morase, por otra, en las Asperillas, nos lleva a concluir con dos hipótesis: 1) que, al vivir en un pabellón de caza, y conocida la afición cinegética de Enrique IV (Suárez 2001), el guarda pudo ejercer también como montero del príncipe; y 2) que Ximénez recorría con bastante asiduidad el llamado ‘Carril Toledano’, vía que alcanzaba el río Guadarrama y el sur del sexmo de Casarrubios (Rodríguez Morales & González Agudo 2019). De hecho, en torno a 1453-1454, al final de su actividad documentada, fue visto por Brunete llevando «ciertos rocines, y yeguas, y bestias asnales» prendadas a vecinos de Camarena y Fuensalida (Toledo), en Cabeza Retamosa y Valmoratejo. El testigo que le vio, «tres o cuatro veces», declara que «passava las dichas prendas por allí, a la dicha casa de las Esperiles».
Como veremos en próximas contribuciones, el ascenso al trono de Enrique IV (1554) y la llegada, a la villa de Casarrubios, del administrador de Juana Enríquez (1556), provocarán cambios que, por supuesto, afectarán al día a día de los guardas de Can Mayor.
