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Amando Carabias María – Gordezuelo diablillo sonriente

por Redacción
26 de diciembre de 2018
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Hace dos meses pensé abrir una página de protesta en alguna plataforma ‘on line’ y recoger firmas de gorditos, gordos u obesos del mundo. Me ofende que el Ayuntamiento ubique en la calle San Juan una escultura en bronce de un gordezuelo diablillo representando al diablo de la leyenda del Acueducto, el que fue derrotado al no acabar su obra antes del alba. ¿Cómo es posible que el médico, gran escultor, enorme escritor y muchísimo mejor persona, José Antonio Abella, desprecie así a los gordos? ¿Cómo toleraremos los rollizos que se nos ofenda hasta identificarnos con el mal, convirtiendo nuestros michelines en encarnación luciferina? ¿No será, acaso, que el Consistorio está en tratos con el poderoso ‘lobby’ de gimnasios, alta costura, sectores integristas del veganismo, fabricantes de bicicletas y toda clase de ropa deportiva? ¿Es culpable la ciudadanía de carnes extendidas a lo ancho en vez de a lo alto de desbordar los cánones impuestos por la moda, el deporte y la tele? Más aún, me dije, añadiré alguna cláusula que exija a diseñadores de prendas, sillas, camas, etcétera, tenernos en cuenta. Señores, se nos va un dineral en arreglo de prendas. Para que el pantalón abroche la cintura, es menester menguar su pata varios centímetros, a veces muchos. Por no hablar de americanas, abrigos o jerseys, cuyas mangas tienden a tornarse guantes sobre las manos, salvo paso por modista. ¿Qué decir de la solidez en las sillas, o de las apreturas en asientos de transporte público?

Lo pensé mejor y releí más despacio: un diablo, además de gordezuelo, sonriente y de aspecto bonachón. Bueno, me dije, en realidad no va a parecer un diablo; más bien diablejo próximo a otras representaciones iconográficas emparentadas con tradiciones populares, no tanto con asuntos teológicos o religiosos…

Ahora más en serio, aunque evitando el tono de melodrama impuesto desde el inicio de la polémica.

No pensaba intervenir en el debate, más bien algarabía, que algunos han montado a costa de tan poco. Me echaba para atrás mi pública condición de amigo del escultor, lo que acaso restará credibilidad a mis palabras. Pero en este caso, dando la vuelta a la máxima del filósofo, la verdad, tal y como la veo, a pesar de la amistad, me empuja.

Admiro tanto a José Antonio Abella, que me duele ver cómo se utiliza de modo espurio su obra, cómo se va mucho más allá de su verdadera y única pretensión que, creo, está bien definida, en el artículo de Manuel Fernández Fernández titulado un “Un diablo de mentirijillas” publicado en El Adelantado el pasado 29 de octubre.

De hecho, como le pasó a Jesús Fuentetaja según cuenta en su artículo “Qué demonios pasa con el diablo” de 1 de noviembre, pensé antes que nada en el Diablo Cojuelo de la novela de Luis Pérez de Guevara.

Padecemos tiempos en que el sentido del humor, hasta la ironía, han desaparecido, mejor dicho, se persiguen. Escasea cuanto dulcifica con risas o sonrisas la áspera dureza de esta época. Aparecen por doquier personas que pretenden erigirse, no en voceros de sus ideas, lo cual es lícito, respetable y sano, sino en mesías que desean imponer, de modo desabrido casi siempre, una pureza supuestamente atacada, vilipendiada, insultada. La tropa de ofendidos crece con tal desmesura que debería ser esto el verdadero objeto de nuestra preocupación, mucho más que las banderas que enarbolan. La sociedad cuando es incapaz de reírse o sonreírse de sí misma empieza a enfermar y a ser pasto de intolerancia e inquina, odio y enfrentamiento.

Dice una amiga mía que ando fuera de este mundo. Quizá por eso uno pensaba que ciertas actitudes integristas correspondían al pasado superado, o a regímenes deplorables que amenazan a la humanidad. Pero no, se ve que la profesión de moda es buscar tres pies al gato, matar moscas a cañonazos, encontrar insultos o vejaciones, desprecios o conspiraciones. Intuyo que el ofendido no ataca cuanto denuncia, retrata la intolerancia que en su corazón anida.

En este par de meses de polémica, he leído cosas que ya no se dicen, al menos en los documentos oficiales. Se llegó a hablar de evitar que Segovia fuera centro de culto satánico. Se recordó que el Acueducto no lo hizo el demonio (según la versión más extendida de la leyenda, fue todo un ejército de diablillos el que fracasó), sino los romanos (información que los segovianos agradecemos). Algún aspirante a representante político ha calumniando al afirmar que la pretensión del escultor era enriquecerse, cuando es sabido que ha donado al Ayuntamiento gratuitamente la obra y sus posibles derechos.

Ahora se sostiene que la estatua “resulta contraria a los valores cristianos y al derecho de libertad religiosa, en cuanto que no respeta las creencias cristianas, e incluso impone como oficial, desde el Ayuntamiento, a un nuevo ‘dios de Segovia’ (Segodeus), en la medida en que el nombre otorgado a la estatua, en latín, tiene ese sentido sugerido o evocado” (sic).

¿Cómo? ¿Qué? ¿El diablo no aparece en la Biblia desde su inicio? ¿Su nombre supone la imposición de un nuevo dios por parte del Ayuntamiento? Acaso el nombre del diablejo pueda empujar a pensar en tal traducción, pero de ahí a que el Ayuntamiento imponga un nuevo ‘dios oficial’ resta un trecho de billones de años luz. Por el contrario, según lo veo yo, al darle nombre, el autor aleja del observador el fantasma de confundirlo con Lucifer, Satán, Satanás, Mefistófeles, Leviatán… qué sé yo.
La mayoría de segovianos somos católicos, no todos (lo que olvidan quienes interpretan los sentimientos de la ciudadanía con el aval de unas cinco mil firmas). Esta leyenda la aprendimos de nuestros padres y la hemos enseñado a nuestros hijos. Esta leyenda, coprotagonizada por el diablo, no se olvide, aparece en muchísimas publicaciones, y en cuanto un amigo o conocido foráneo se acerca por vez primera Segovia, la contamos, sin pensar en nuestra fe. Quiero decir que ningún católico, que yo sepa, ha sentido o siente que vaya en contra de los valores cristianos… Diría que hasta los magníficos guías de la ciudad, la cuentan a turistas y visitantes, no sé si antes o después de hablar de Hércules y, en todo caso, antes de explicar cómo los romanos lo edificaron en el siglo I. ¿Por qué no una iniciativa que proteste por la versión oficial de la historia que silencia sistemáticamente que fueron indígenas vacceos quienes erigieron piedra a piedra esta vía de agua, bajo la dirección del Imperio opresor? ¿Por qué nadie reivindica a Ramón Gómez de la Serna que sostuvo el origen egipcio del monumento en su tan poco leída novela “El secreto del Acueducto”?

También aducen quienes se oponen a la instalación de la escultura, que su obra contradice el patrimonio inmaterial de la ciudad, pues el diablo no aparece vencido, como dice la leyenda… Y uno empieza a sospechar que pretenden convertir en historia lo que es leyenda, cuento tradicional, denostando la inspiración artística. A mi entender, en el espíritu de nuestra leyenda su diablo nunca fue un pérfido y atractivo Mefistófeles como el que retrata Goethe, ni un Lucífer, ese ángel caído, uno de los arcángeles por Dios creado y que a él se enfrentó.

¿No aparece en el tercer capítulo del Génesis, el diablo en forma de serpiente derrotando al ser humano? ¿No está en esa página la profecía de que la serpiente será aplastada por el talón de la mujer? ¿No está, pues, nuestra tradición atravesada por su presencia? ¿No está representado en nuestros templos muchas más veces de las que pensamos?

Según siempre lo he imaginado, esta leyenda fundacional de Segovia —hay más, como sabe cualquier segoviano— retrata a un diablo capataz o director de obra. No me burlo del diablo, Dios me libre. Lo que vengo a decir es que, quizá —y tampoco pretendo asomarme a asuntos teológicos— el gran triunfo del diablo es haber conseguido convencer a nuestro mundo de que no existe. Estamos hartos de contemplar el mal y sus efectos, pero casi siempre lo explicamos como azar o infortunio, cuando muchas veces la mano del maligno no está lejos.

Desde donde irá la escultura, se contempla el Acueducto en una de sus vistas más hermosas —una de ellas—, una de los mejores para contar la leyenda. Desde ahí, además del monumento patrimonio de la humanidad, los días de sol se ve, como apoyada sobre su canal, la silueta de la Mujer Muerta, esa montaña que también tiene su leyenda, mejor dicho, sus leyendas. Leyendas que, a diferencia de la del Acueducto, hablan de dolor y muerte a causa de enfrentamiento entre hermanos o amantes. Leyendas que advierten de la peligrosidad de la ira cuando nubla la razón.

Quizá no sobre un gordezuelo diablillo sonriente, como venido desde la leyenda a estos tiempos, que nos recuerde, sin asustar, que el mal existe, y que las oraciones a la Virgen de una doncella arrepentida fueron capaces de derrotarlo sin violencia, adelantando un instante la hora del amanecer, justo antes de que colocase la última piedra del Acueducto.

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