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801 sonrisas

por Redacción
5 de agosto de 2013
Ismael Alonso avanza hacia Mansilla de las Mulas (León) en su reto de alcanzar Santiago en 35 horas como homenaje a su amigo ‘Boti’

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«Recuerda que cada kilómetro que recorras harás sonreír a una persona enferma de cáncer». La frase me la dijo Silvia, una joven vallisoletana que venció una leucemia y que empujó como la que más para que la iniciativa ‘Pedaladas contra el cáncer’ saliera adelante. Su ejemplo, la entereza con la que se enfrentó a una enfermedad que la tuvo contra las cuerdas durante cuatro años, me acompañó durante las 33 horas y 15 minutos que duró nuestro viaje.

El camino del recuerdo y de la esperanza. El de la ilusión y la admiración. El de un pasado salpicado de dolor y el de un futuro optimista. 800 kilómetros por delante, 800 sonrisas que despertar. Ni una menos, ojalá muchas más.

Todo comenzó años antes. Sin saberlo. El destino quiso ponerme en camino en Santiago de Compostela. Fin de un trayecto, inicio de una promesa. Fue un 30 de julio de 2008. Después de cuatro duras jornadas en bicicleta de montaña llegamos a la capital jacobea con la satisfacción de haber vencido a algo más que la carretera. El cáncer. José Carlos Botellas ‘Boti’ acababa de superar uno de colon. Las venas volvían a esculpirse en sus piernas y la sonrisa en su corazón, porque de su cara nunca la apartó. Se sentía bien, fuerte, nuevo… «Esto lo hacemos del tirón».

Me negué a escucharle. «Te estoy hablando a ti, lo hacemos del tirón». Me obligó a mirarle. Volvía a ser él. Vital, sin sombras. Fuerza en su palabra y en el interior. No había duda, creo que hasta ese momento tampoco la hubo. O por lo menos de su boca nunca salió, a pesar de aquel diagnóstico feo que arrugó su gesto un año antes cuando descubrieron su patología después de una Vuelta a Valladolid.

Me rendí. No había vuelta atrás. «Si tú lo haces, yo te acompaño». «Lo harás, lo sé», zanjó. Poco después cogimos un tren que nos devolvió a Valladolid. No lo sabíamos, pero fue el último camino que hicimos juntos.

Poco después, en un control rutinario aparecieron varios nódulos cancerígenos en el pulmón, para extenderse, después de varias operaciones y sesiones de quimioterapia, a los huesos. Nunca miró hacia atrás. Siempre pensó que le vencería. Nosotros, sus amigos, aquellos que habíamos formado el equipo Botistrong en honor a su nombre, no dudábamos que si había alguien que podría con él, era ‘Boti’.

Podría contar el valor que tuvo, la fuerza con la que se agarró a la vida, el ejemplo que dio durante su larga enfermedad. El cáncer pudo con su vida, pero no con su entereza. Acabó con la persona, pero no con su ejemplo. Y ése fue el que me animó a impulsar esta iniciativa, a continuar su camino.

Y lo hice a su manera. O así lo pretendí desde que él nos dejó. Tenía razón. «Lo harás, lo sé». Cuatro palabras que volvieron a mi cabeza cuando se fue. «Lo sabías, lo haré». Me repetí.

El camino empezó antes del 16 de abril, día en que presenté el proyecto ‘Pedaladas contra el cáncer’. Ya lo había dejado caer un año antes, aunque ninguno me hizo caso. O quizá temieron hacerme caso. Sobre todo mi entorno más cercano, mis padres y hermanos. No querían creérselo, cambiaban de tema. Pero en el fondo sabían que lo iba a hacer, que lo tenía que hacer.

No era una obligación, era una promesa. Mueve el corazón, la ilusión, el sentimiento. Así era él y así quise que fuera este proyecto. Él me lo enseñó, pilotó todo antes de irse. Yo me limité a transmitirlo. Y todo el mundo, desde un principio, entendió perfectamente el mensaje.

Porque, por desgracia, se trata de una enfermedad tan doméstica, que da miedo su cercanía. Las dudas mudaron. Mensajes y gestos de apoyo. A una noticia buena le sucedía otra mejor. Entre todos lograsteis cerrar el camino sin haber dado una pedalada. Los más de 9.000 euros que la iniciativa recaudó eran un seguro de vida. Lo único importante de esta historia.

Porque los 800 kilómetros sin parar no fueron más que un pretexto, una excusa. Se trataba de luchar por ellos. Y la gente lo hizo, desde su bolsillo, desde sus palabras, desde el corazón. Y desde ahí, se consigue todo.

Con ello me arropé el pasado 23 de julio en una pequeña casa rural cerca de Roncesvalles. Después de cenar con mis padres, de intentar contestar todos los mensajes que me habían llegado a través de las redes sociales apagué la luz. Y, por primera vez en todo este tiempo, se encendieron las dudas. «¿Y si después de la que he liado no lo consigo?». «No, imposible». Me dormí.

Esa seguridad me acompañó a las puertas de Roncesvalles. En el mismo lugar donde cinco años antes había empezado el camino con ‘Boti’, arrancaba esta aventura, la suya. Eran las 5.17 horas y por delante me esperaban 800 sonrisas.

La madrugada me recibió bien, animó aún más mi golpe de pedal. Quizá demasiado. En cada repecho miraba las pulsaciones y éstas se disparaban por encima de lo permitido. Pero no las quería frenar. Iba a gusto. Con confianza. No volví a pensar en fallar. Sólo me ponía metas más cercanas.

Pamplona, las primeras 45 sonrisas estaban ganadas. Después de un pequeño despiste encaré el alto del Perdón. Era el segundo del día. El de Erro lo había dejado atrás en el arranque de esta nueva aventura. El coche en el que iban mis padres se acerca. «Come, lo dice tu hermano».

Era ajeno al revuelo que se había formado en las redes sociales. No imaginaba toda la gente que tenía detrás, pero sí sentía a quién tenía muy cerca. 95 sonrisas después llegué a Logroño. Sólo los semáforos detuvieron, en un par de ocasiones, el ritmo. La bici se seguía lanzando, hasta llegar a Navarrete.

Ahí empezó lo peor del camino. El aire de cara. Al principio era una brisa molesta, que amortiguaba el empuje, luego, con el paso de las sonrisas, empezó a torturar. Como la gota china, lentamente, sin descanso, pero con efecto.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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