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Emilio Montero Herrero – El chalecito de las afueras

por Redacción
15 de noviembre de 2018
EMILIO-MONTERO
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Es humano querer vivir cada vez mejor. La clave está en hacerlo sin pisar a nadie, sin robar ni engañar, sin utilizar a los demás como peldaño para encaramarse a la cima, y si eres un servidor público sin utilizar la demagogia.

Todo esto viene a cuento por la algarabía que se produjo, no hace mucho tiempo, con motivo de la compra de una residencia, a la que si llamamos palacio exageramos y que si la llamamos chabola nos quedamos cortos, por parte de un político populista español que era aclamado por sus seguidores cuando les decía que iba a asaltar el cielo para dárselo a ellos. Si puede pagarlo con dinero adquirido honradamente, lo cual hay que dar por supuesto ¿dónde está el daño? Tal vez, en haber frustrado la esperanza de aquellos que habían creído en sus principios.

Gestos como éste suelen ser habituales en ciertos procesos electorales, en los que se aprecia también a determinados políticos con exceso de peso y reloj de oro en la muñeca pregonar que defienden a los pobres, lo cual nunca oí decir, por cierto, a Bill Gates. Él se conforma con donar todos los años millones de dólares para vacunar a los niños africanos y conseguir que lleguen a mayores. En lugar de enseñar a cantar a los pobres, los da de comer.

Y es que no son mejores los pobres que los ricos. La naturaleza humana no es un reflejo de la cuenta corriente. Hay ricos perversos y otros clementes y compasivos. Y hay pobres avarientos y pobres sensibles y generosos. Por eso, la ideología según la cual todos los ricos son malos y todos los pobres son buenos, es absolutamente falsa. Y lo curioso de tal cantinela es que los que la corean suelen ser fervientes adoradores del becerro de oro, y si no son ricos, luchan denodadamente por serlo.

El Siglo XX presenció la apoteosis del marxismo (la URSS y la Europa del Este, Cuba, Corea del Norte, Vietnam) y nunca hubo en el mundo tantos millones de miserables, sin contar los muertos. Como consecuencia, el marxismo perdió todas las batallas. Todas, menos una. Perdió la batalla social, la económica, la industrial, la política, la militar…, pero ganó la batalla de la agitación y la propaganda, señalando a la opinión pública cual es la adecuada norma de conducta. Para ello, utilizan la enseñanza en los colegios de las asignaturas adecuadas a sus intereses, y procuran mantener a las masas en una placentera ignorancia con el conveniente uso de los medios de comunicación.

De esta forma, se presentan como los adalides de los pobres, y ellos les votan porque confían en que les sacarán de la miseria, pero en el fondo no les interesa que disminuya el número de menesterosos, pues, al fin y al cabo, son su gran caladero de votos.

Ahí tienen ustedes lo que sucede en España, donde un tercio de sus pobres viven en Andalucía y Extremadura, regiones gobernadas por estas ideologías desde hace casi treinta años. En ambas comunidades se supera con creces la tasa media de hogares y personas en pobreza, y ambas encabezan los primeros puestos del ranking de indicadores conjuntos de la peor pobreza nacional. Con el agravante de que Andalucía, por recursos, tendría posibilidades de ser la más rica de España.

Y, yo me pregunto ¿si el capitalismo imperante es malo y el socialismo del siglo XXI es tan bueno, por qué la caravana de centroamericanos se dirige a los Estados Unidos en vez de ir a Nicaragua, Cuba o Venezuela?

Por otra parte, resulta alucinante observar a esos políticos que hablan sobre el problema de la pobreza, los modos de erradicarla y las vías para su justa redistribución, mientras ellos viven, visten y calzan como auténticos capitalistas. Aparentan velar por el bien del pueblo, pero disfrutan de excelentes viviendas, comen en los mejores restaurantes y disfrutan de lujosos vehículos. Son anticapitalistas de boquilla. Constituyen una lamentable contradicción entre lo que predican y lo que hacen. Son unos nuevos ricos que nadan en la abundancia del capitalismo mientras lo atacan y lo manipulan con hábiles artimañas basadas en la demagogia.

No quiero decir con esto, que la práctica política basada en la defensa de un trabajo digno, estable, seguro, el derecho a la vivienda, el derecho a una alimentación adecuada, el acceso a la educación, a la sanidad, a políticas sociales, garantizar el derecho al agua, a la luz, es la política de la demagogia, de los demagogos, ni que quien quiere la justicia social y universal es un demagogo.

Me refiero a esos embaucadores que han existido siempre, cuyas víctimas son personas de buena voluntad, que en su ignorancia creen que a cambio de un voto les van a dar la felicidad que desean, a veces con cosas tan simples como un puesto de trabajo y una modesta vivienda.

Habría que preguntar al feliz propietario populista de las afueras, si cuándo está en el jacuzzi se acuerda de los desheredados que le dieron su voto.

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