Al político democristiano italiano Giulio Andreotti se le atribuye una frase (“Hay amigos íntimos, amigos, conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales y… compañeros de partido”) que viene pintiparada a la situación que atraviesa el PSOE de Castilla y León desde el pasado 30 de mayo, cuando más de la mitad de la Comisión Ejecutiva Autonómica presentó su dimisión, obligando a disolver dicho órgano, lo que destapó la caja de los truenos. Ese día, el secretario general, Julio Villarrubia, arremetió con dureza contra los dimisionarios, a los que acusó, entre lágrimas, de “deslealtad”. Pero la cosa no quedó ahí. Desde entonces, no ha habido día en el que esa lucha cainita no haya registrado un nuevo episodio.
Si el lunes fue el exsecretario general del PSOE de Ávila, Tomás Blanco, quien acusó al portavoz en las Cortes Regionales, Óscar López, de llevar tiempo organizando un complot para derribar a Villarrubia, ayer se reveló que los tres representantes de Segovia en la Ejecutiva disuelta (el portavoz socialista en la Diputación, José Luis Aceves; el alcalde del Real Sitio de San Ildefonso, José Luis Vázquez; y la exconcejala en el Ayuntamiento de Segovia Ana Sanjosé) han remitido una carta a los militantes de la provincia para explicarles su decisión. La misiva no hace sino echar más leña al fuego, atribuyendo a Villarrubia toda la responsabilidad de lo acontecido.
La carta comienza señalando, eso sí, que los tres socialistas segovianos “apoyamos la candidatura” de Villarrubia, otorgándole “toda nuestra confianza”. Sin embargo, de la lectura del texto se desvela que esa confianza pronto quedó quebrada. “En ningún momento se ha contado con nosotros, al igual que con la inmensa mayoría de los 48 integrantes de la Ejecutiva”.
En el siguiente párrafo de la carta, los tres dimisionarios recurren a la artillería pesada: “La falta de proyecto político, la pérdida de credibilidad, el estilo autoritario primario, la discriminación del discrepante cuando no el desprecio, la marginación de alguna provincia como la nuestra, o la negativa a votar en todo momento, unido a las palabras huecas en muchos casos, han configurado las señas por desgracia de nuestro partido en la región”.
En vista de la situación, y dado que “era evidente que no trabajábamos a gusto”, los dimisionarios creyeron que “era el momento” de abordar el problema, “aprovechando el momento de renovación que se ha abierto en la cúpula de nuestro partido”. Aceves, Vázquez y Sanjosé consideraban conveniente la celebración de un Congreso Extraordinario para que “todos los militantes” de Castilla y León se pronunciasen sobre el futuro del partido, y por ello se sumaron a quienes presentaron su dimisión, obligando así a convocar el cónclave.
Los tres socialistas dicen lamentar las “descalificaciones” recibidas por su decisión, añadiendo que “nos duele profundamente la situación que atraviesa nuestro partido en Castilla y León”, pero advirtiendo que “no es fruto de la casualidad”. “Es consecuencia —prosiguen— de una dirección errónea y centralista, con escasa o nula participación de las agrupaciones provinciales y de la propia Ejecutiva”.
Ya lo dijo Winston Churchill cuando un inexperto diputado de su partido le advirtió de la presencia de sus “enemigos”, los laboristas. “No se confunda, joven —espetó el veterano el político británico—; los que tiene usted enfrente son los laboristas, que son sus adversarios. Los enemigos los tiene usted aquí detrás, en su propio partido”. Pues por ahí anda ahora el PSOE de Castilla y León, en guerras fratricidas.