Malalai Joya transmite una mezcla de fuerza y templanza a través de cada palabra, de cada gesto, y de su mirada. Unos ojos que estuvieron ocultos durante años tras un burka del que se despojó para presentarse como candidata al parlamento, donde se enfrentó a cara descubierta con los fundamentalistas religiosos, lo que la valió la expulsión del mismo, continuas amenazas y varios intentos de asesinato. Una experiencia que compartió ayer en el IV Encuentro con Mujeres que transforman el mundo.
Joya pasó su infancia en campamentos de refugiados en Irán y Pakistán, como consecuencia de la invasión rusa en 1978. Sin embargo regresó a su país con 16 años para fundar una escuela clandestina para niñas y quiso crear una clínica para mujeres pobres, justo en el momento en que los talibanes fueron reemplazados por los señores de la guerra, bajo la vigilancia de EEUU, la OTAN y las Naciones Unidas.
“Con la intervención internacional en 2001 la situación política no mejoró. Los talibán siguen ejerciendo su presión —denuncia— y violando los derechos humanos, en especial los de la mujer para quienes la situación es cada vez peor. Es un auténtico infierno”, confirma.
La activista explica que llegó un Parlamento “corrupto y poco democrático”. Según explica, está compuesto por un cerca del 25% de mujeres que “solo tienen una representación figurada”. No en vano, Afganistán está considerado como uno de los países más peligrosos para la mujer, con índices de maltrato, violaciones, raptos y asesinatos escandalosos y un nivel de analfabetismo que ronda el 87%.
Los datos resultan estremecedores al igual que la experiencia de Malalai Joya que, tras ser expulsada del Parlamento, no cesó en su lucha a pesar de que su vida corre peligro cada día. “Recibí apoyo internacional, personas que me dijeron que estaba en el camino correcto y por eso no tengo miedo”. De hecho su suspensión ha generado una protesta internacional para su reincorporación firmada por prestigiosos escritores e intelectuales y políticos de Canadá, Alemania, Reino Unido, Italia y España.
Joya ha sido comparada con el símbolo del movimiento de la democracia de Burma Aung San Suu Kyi. La juventud de la activista deja entrever una dolorosa experiencia política, plagada de incomprensión y violencia. “El principal enemigo —dice— es el silencio, soy fuerte porque confío en mi gente, podrán eliminarme pero no mi voz, ni mi mensaje”. Aún así, no puede dejar de preguntarse cuánta gente debe morir para “lograr un país libre y democrático”.
El presente año es el último con despliegue de la OTAN en Afganistán, de acuerdo con un calendario de retirada gradual que concluirá el próximo diciembre, cuando las fuerzas locales asumirán la seguridad en todo el territorio afgano. Sin embargo, Afganistán sigue siendo un país inestable políticamente, tanto que para Malalai, “es imprescindible la presencia y ayuda internacional porque después de 12 años de guerra, no existen derechos de ningún tipo”, lamenta.
Pese a todo, su valentía y entereza no la permiten mostrarse pesimista, “confío en que los afganos contrarios a los talibán se alzarán para conseguir un futuro”. Y es que ella lucha por asegurar ese futuro a las mujeres y a sí misma. Su voz se quiebra un poco cuando recuerda a su hijo de poco más de un año, “es muy difícil ser madre en Afganistán, pero mi familia, mi marido y todo lo que me rodea me da fuerza para seguir adelante”.
