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Goles burgaleses entre las alambradas de Mauthausen

por Redacción
16 de junio de 2013
Siegfried Meir

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El fútbol salvó la vida a mi padre adoptivo en Mauthausen. Era el Ronaldo de aquel horror nazi y las SS aplaudían sus jugadas». Quien, con lágrimas en los ojos, recuerda a la persona más importante de su vida es Siegfried Meir, hoy un anciano de 80 años que debe su vida a un burgalés de Hinojar del Rey, de nombre Saturnino Navazo, con quien quiso el destino que se encontrara en el infierno del campo de exterminio de Mauthausen. Ese ángel que utilizó el fútbol como última tabla de salvación en medio del horror, fue el tutor que respondió con una mirada limpia cuando el pequeño Meir, judío de origen rumano y alemán, esperaba un golpe; su salvador, cuando la lógica de la muerte le podría conducir a un horno crematorio, y su padre, cuando el huérfano abandonó las tinieblas que custodiaban las SS y quedó solo en el mundo. 68 años después, aquel niño rebelde lo recuerda con permanente llanto de emoción en Ibiza, la ciudad que tanto visitó en los 50 con su padre durante las vacaciones y que ha querido hacer su hogar. Las fotografías, las imágenes y un relato sobrecogedor de una vida en común que comenzó en el averno acompañan a este hombre, que recibe a un equipo de Ical en la playa ibicenca de Talamanca con tranquilidad, pero carente de alegría y con un semblante que denota un pasado convulso.

¿Quién son los protagonistas y cuál es esta historia de hierro? Las vidas del «bondadoso» Saturnino Navazo y del niño Siegfried Meir se cruzaron en un día de febrero del severo invierno de 1945, en lo que se llamaba la Siberia austriaca, Mauthausen, un campo de concentración levantado por los primeros prisioneros españoles capturados en Francia tras la incursión alemana en el país galo.

Saturnino Navazo era ya un hombre pasados los 30 años y, gracias al fútbol, toda una referencia entre prisioneros y guardianes de Mauthausen. Futbolista profesional, jugó en los años 30 en la Segunda División española como centrocampista del Deportivo Nacional, el tercer equipo de Madrid. Alistado en el Ejército Republicano, al finalizar la guerra se refugia en Francia, donde el horror de la guerra no tardaría en visitarle de nuevo hasta que cayó prisionero de los nazis que lo deportaron al campo de concentración. Allí perdió su identidad, que fue sustituida por un número, el 5656, pero no pudieron arrebatarle una vitalidad que, a la postre, le libró de la muerte.

El fútbol había dado a Navazo una posición de prestigio, con reputación, en el campo de concentración hasta el punto de ser designado jefe de barracón, con 200 compatriotas a su cargo. Los nazis, amantes y apasionados del deporte y conscientes de la calidad con el balón del burgalés, le encomendaron la organización de partidos entre prisioneros. En torneos que se celebraban los domingos por la tarde, consiguió reunir a españoles, húngaros, checoslovacos o yugoslavos: «Yo le ayudaba a preparar los partidos, las botas, la ropa y le masajeaba. Era su sombra», relata Meir. «Navazo, capitán del equipo español, era el mejor», reitera con lágrimas al nombrar a su padre adoptivo. Pero el burgalés era algo más. Contribuyó con su posición de privilegio a la creación de una red de solidaridad dentro del campo que, primero, benefició a los españoles y, después, al resto. Navazo utilizaba las mondas de las patatas y otros alimentos que hurtaba a escondidas de la cocina para alimentar a los españoles de la barraca. Esta diplomacia del fútbol y las patatas, terminó por convertirle en ‘kappo’, jefe del barracón, un tipo que normalmente se revelaba más cruel que los propios nazis, pues a esa inhumanidad debían la vida. En el caso de Navazo, el poder fue ejercido «con una bondad, que permitió salir de un infierno en el que se amontonaban las pirámides de cadáveres».

Cuando Meir llegó al campo, procedente del infierno de Auschwitz en un tren sin techo y en el que la nieve se colaba entre la ropa, el jugador burgalés ya se había ganado ese estatus que, además, le colocó en la cocina, donde el trabajo más duro era pelar patatas y dejar atrás la sombra de la muerte en la cercana cantera de Steinbruch-Wienergraben, donde perdió un dedo. La ignominia de los nazis obligaba a subir a los penados una escalera de 186 peldaños con 50 kilos de piedra a la espalda.

Con gesto adusto y las manos ligeramente temblorosas, Meir recuerda su primer día en Mauthausen: «A todos los desvestían y envolvían de desinfectante antes de ponerse el pijama a rayas». A la entrada, cerca de un montón de zapatos, cuyos dueños probablemente ya estaban en los crematorios, uno de los prisioneros se dispone a raparle el pelo. Rebelde, el niño organiza tal escandalera que llama la atención de todos. «Tú no me cortas el pelo», relata que chillaba en medio de un campo desolador hasta que los gritos alertaron a uno de los jefes de Seguridad del Campo, Georg Bachmayer, quien se acercó junto a sus dos perros atados a cada mano, «adiestrados para morder los huevos» a los deportados. «Yo, con mi alemán agresivo, le dije que a mí nadie me había cortado el pelo. Me preguntó la razón de estar en aquel campo, ya que era el único niño que allí había, y entonces escuchó mi historia, cómo había sido deportado a Auschwitz y cómo perdí a mis padres y mi hermanastro», recuerda entre lágrimas.

En ese momento, añade Meir con un castellano que no esconde su alemán maternal, sintió «emoción» en la cara de su guardián, la misma persona «cruel» que decidía sobre la vida -más bien sobre la muerte- de cientos de personas todos los días. Muchos le han preguntado por ese instante, en el que lo más probable es que recibiera un tiro o un golpe de culata. «Cuando lo cuento, la gente me dice que es imposible, pero yo digo la verdad», explica. A él decidieron respetarle su pelo rubio y perdonarle la vida. Es más, no lo sabían, pero se la salvaron para siempre. Saturnino Navazo recibió la orden de responsabilizarse de aquella ‘fiera judía’ que quedó incorporada a la barraca de los españoles. «Recuerdo toda mi vida esa primera mirada cuando le hicieron llamar», continúa el relato con voz trémula y entrecortada.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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