Hay personas que se acercan a una película, un libro o una obra de teatro con el objetivo de aprender, otras que buscan además ensanchar el alma y otras que, sencillamente, quieren entretener un rato de ocio sin más pretensiones que pasarlo bien y alejarse de los quebraderos de cabeza que nos da la realidad todos los días, más si cabe en estos tiempos turbios que vivimos.
Sin ánimo de juzgar las motivaciones personales de cada uno, la obra que programó el Teatro Juan Bravo el pasado sábado entra en el tercer bloque. Eduardo Galán se ha especializado en comedias amables sobre temas contemporáneos, además de realizar algunas versiones de comedias clásicas, en las que las relaciones entre hombres y mujeres y las crisis existenciales son tónica habitual, siempre abordadas desde el humor.
En esa línea, “Hombres de 40” nos presenta a Carlos, un arquitecto cuarentón, en paro y con una mujer comandante de aerolínea a la que nunca ve, que retoma el contacto con Eva, hija del mejor amigo de su padre, cuando los progenitores fallecen y les dejan el gimnasio cuya propiedad compartían. El hermano de Carlos, Santi, marista con tantos problemas de fe como afición a las mujeres, tercer heredero del gimnasio, y el marido de Eva, que necesita que ella venda para poder producir su nueva obra, completan el reparto.
Las relaciones entre los cuatro personajes, cambiantes a lo largo de los meses en los que se centra la obra, de las que no desvelaré muchos detalles para no estropearle el final a nadie, por muy previsible que este resulte, son el meollo de la pieza. Todos viven a su manera su personal crisis de los 40, de la que terminan por salir como buenamente pueden.
Los actores son solventes, los éxitos televisivos en los que han aparecido algunos de ellos ayudan a animar al público, la puesta en escena es digna y se puede decir que la hora y media medida que dura la obra transcurre sin sobresaltos, con la sonrisa puesta y alguna carcajada, no muchas, por parte del respetable. Y poco más. En resumen, el sábado fue otro de esos días en que una echa de menos las palomitas que sí te dejan comer en el cine.
