Durante la presente temporada de balonmano en la División de Honor Plata, el Balonmano Nava ha disputado partidos mejores y peores, con más o menos acierto, ganando siempre apurado, o perdiendo con claridad… pero mostrando unas señas de identidad, sobre todo en casa, que le hacían un conjunto siempre complicado de superar en el frontón de Nava de la Asunción. El apodo de ‘Guerreros Naveros’ con el que se bautizó a la plantilla hace ya algunos años, no venía regalado, sino que ponía el acento en el ADN de un equipo que se había ganado a pulso su fama.
Ayer, el Viveros Herol Nava traicionó a su ADN, algo que (salvo el último partido ante el Covadonga) ya venía haciendo de manera sistemática fuera de casa, pero en esta ocasión cometió un pecado importante, porque lo hizo delante de su gente, de los que han pagado su buen dinero para ver al equipo de su pueblo codearse y tutear a sus rivales en la antesala de la máxima categoría del balonmano nacional, ganando o perdiendo, pero nunca dejándose llevar como si todo estuviera decidido de antemano.
La derrota, clara y diáfana frente al BMC, no fue sino el reflejo de todo lo que fue el partido, que mostró a un equipo sin alma (¡sin alma el Balonmano Nava!) frente a un oponente que le puso al choque todo lo que había que ponerle si de verdad se quiere salvar la categoría, es decir, intensidad para defender la portería propia y atacar la ajena, y concentración máxima en todas las acciones. El resto puede salir mejor o peor, el portero puede tener un buen día, o uno malo, pero hay actitudes con las que no se puede regatear.
El conjunto madrileño cuenta con un plantel de buenos jugadores, pero con dos que sobresalen del resto. El primero es su guardameta Lucas Rico, hijo del mítico portero internacional Lorenzo Rico, que fue un muro ante el que se estrellaron todos los hombres de ataque del Nava, con la excepción de un Tello al que solo acompañó a ratos Darío Ajo. El segundo de ellos es el central Juan Muñoz de la Peña, que hizo con el partido lo que le dio la real gana, pausando los larguísimos ataques madrileños hasta que encontraba el espacio para sus compañeros, o bien decidiendo por sí mismo, con lanzamientos que llegaron a ser de doce metros, casi siempre con éxito.
Ante un rival con estas características, el Nava opuso… nada. La defensa 6:0 fue un coladero por el centro, la portería no pudo echar una mano porque ni Samu ni Cabada consiguieron leer los lanzamientos de los rivales, y en ataque Carlos Villagrán jugó uno de los peores partidos que se le recuerdan. Si a ello se le une que Llopis lleva desaparecido en combate prácticamente desde que terminó la primera vuelta, el equipo segoviano se quedó sin argumentos para responder de manera correcta al examen al que le sometía su oponente de manera continua.
El 2-2 en el minuto cinco de partido fue el comienzo del fin, porque a partir de ese momento el cuadro local se fue para abajo, y el visitante se mantuvo como había empezado, alcanzando una ventaja de cuatro goles, que dependiendo de algunos aislados ramalazos de genio naveros se convertían en dos, para volver a duplicarse en un corto intervalo de tiempo. Juan Muñoz reinaba en la pista, bien secundado tanto por Carlos Barroso como por Álvaro Arenas, que lanzaban con tanta comodidad como acierto.
De la esperanza, a la nada El mal menor al descanso fue que el Viveros Herol se marchó a los vestuarios solo con tres goles de desventaja después de que Tello sacara el brazo a pasear, así que se esperaba que los de casa elevaran el nivel lo suficiente como para poder competir por la victoria. Y el inicio del segundo tiempo pareció esperanzador, con Cabada logrando rechazar algunos lanzamientos. Pero Lucas Rico hizo lo propio en la portería contraria, dando tranquilidad a sus compañeros, que no solo aguantaron el empujón local, sino que antes de llegar al ecuador del segundo tiempo la distancia ya era de seis goles.
Y… se acabó el partido. Perales cambió la defensa a 5:1 con una mixta sobre Juan Muñoz, pero ya era demasiado tarde, y la defensa abierta del Nava fue un coladero por el que entraron como Pedro por su casa todos los jugadores del Carabanchel que lo intentaron, hasta que en el tramo final del encuentro un sonrojante 19-27 campeaba en el electrónico.
Uno de los escasos arranques de orgullo del Viveros Herol Nava llegó en ese tramo final, en el que el equipo sumó casi ocho minutos sin permitir que el Carabanchel elevara más su cuenta goleadora. Pero ese arranque solo sirvió para maquillar el marcador hasta el 22-27 que no hizo sino poner en evidencia qué equipo quiso ganar el partido, y puso todos los medios para conseguirlo. El otro conjunto, el de casa, el que más lo necesitaba, mostró su tristemente ya ‘famosa’ cara B. Otra oportunidad perdida, otra vez con la imagen dañada. Y cada vez queda menos…
