Hace aproximadamente un siglo confluyeron en Rusia una serie de factores que desencadenaron una revolución que incendió la imaginación de millones de ciudadanos del mundo entero, unos poseídos de la esperanza, otros del temor. Todos pronto coincidieron en que aquello era la gran revolución del siglo XX, algo que constituiría una divisoria histórica y que alumbraría un mundo nuevo. En parte llevaban razón, pero sólo en parte: en la naturaleza del fenómeno estaban profundamente equivocados, como veremos.
El primer factor fue la Guerra Mundial (1914-18), que enfrentó a las potencias centrales (Alemania e Imperio Austríaco) contra una alianza cuyos principales socios eran Inglaterra, Francia y Rusia. Este país, gigantesco y atrasado, tenía un grave problema social: gobernado por una autocracia, había ya tenido conatos revolucionarios y presentaba síntomas de gran inestabilidad. Los monarcas, el zar Nicolás II y la zarina Alix, eran odiados e impopulares por su incompetencia y crueldad. Además la Zarina estaba fascinada por un santón atrabiliario y disoluto (Rasputin), que escandalizaba a la Corte, a la élite gobernante y al pueblo. Entre los partidos en Rusia destacaba el Socialdemócrata, cuya ala izquierda, liderada por Vladimir Lenin, devotamente marxista, se convirtió en una secta de revolucionarios muy inteligentes y arrojados. Los seguidores de Lenin pronto fueron conocidos como “bolcheviques”, es decir, mayoritarios, aunque nunca lo fueron dentro del partido…
