Amanece en Béjar y para culminar la última etapa del recorrido nos sumimos en la Sierra de Francia, tierra de buen vino y aguardiente, y fervientes defensores de centenarias tradiciones. El cansancio va haciendo mella y hoy se mezcla con cierta tristeza por saber que el viaje llega a su fin.
Surcando las Arribes, superamos la Playa del Rostro y pueblos como Sotoserrano y Madroñal. Al otro lado de la sierra están Las Hurdes, la tierra sin pan que dibujó Buñuel en los años previos de la guerra civil, y la primera parada del día nos aguarda en la frontera con Extremadura: Las Batuecas. En pleno valle, tras descender el alto de El Portillo, la riqueza de la flora y fauna del entorno, repleto de pozas en las que poder darse un chapuzón, es inmensa. El sotobosque, el brezo y los pinos presiden un enclave con microclima propio donde también proliferan madroños y alcornoques, y campan a sus anchas el águila real o el buitre negro. Al paso de los caminantes se inquietan numerosas lagartijas serranas y, cuando la ruta se empina, solitarios cipreses nos anuncian la cercanía de ermitas rupestres.
Integrado en la naturaleza, con el afán de pasar desapercibido en tan privilegiado enclave paisajístico, aparece el Santo Desierto de San José de las Batuecas. Levantado en el siglo XVI como un espacio de vida retirada y eremítica, los Carmelitas Descalzos lo ocupan desde los 50 y actualmente no es visitable. Un austero muro aísla el convento del exterior, y sendas citas de San Juan de la Cruz y Dostoyevski marcan el espíritu compartido por sus inquilinos: «Éste es un lugar de soledad y silencio», reza un emblema a la entrada.
Desde el interfono nos atiende Ognyan, un búlgaro de unos 30 años que asegura que allí ha encontrado «la comunión idónea entre el mundo y la paz interior». «La ciudad es algo artificial, pero a cada persona le interesa una cosa y hay que respetarlo porque no hay una flor perfecta, todas son perfectas», apunta.
«A veces los turistas se enfadan porque no pueden visitar el monasterio después de haber llegado hasta aquí, pero la arquitectura del edificio es muy sencilla. Además tenemos una hospedería pero no para hacer turismo, sino para vivir un periodo contemplativo en tranquilidad y armonía», reconoce.
En una pequeña laguna próxima al desvío hacia El Maíllo, una cigüeña negra se da un baño. El Parque Natural de Arribes del Duero es uno de los escasos enclaves peninsulares del gusto de este ave esquiva y huidiza, que al paso de un camión emprende el vuelo para alejarse del ruido.
La llegada a Morasverdes abre una inmensa llanura ante nosotros, que atravesamos hacia el extremo sur occidental de Castilla y León, la comarca de El Rebollar, al norte de la Sierra de Gata. Por una carretera rodeada de robledal accedemos a El Payo, antaño cuna de bailes folclóricos singulares como el ‘repicoteao’ y la ‘charra’. Preguntando por el pandero cuadrado, el instrumento musical tradicional de la zona, nos derivan hacia la vecina Peñaparda, donde asistimos a una demostración exclusiva a cargo de Isabel Ramos, la principal conservadora de la tradición, y de Lucía Ramos, que con apenas nueve años es ya su discípula más aventajada.
La peñapardina más ilustre es la tía Gora, que ya protagonizó una de las etapas de nuestro recorrido una década atrás, cuando contaba 98 años. Ajena al paso del tiempo, nos recibe de nuevo en la casa que ocupa desde la guerra civil: «¡Voy camino de los 108 años!», presume sentada al lado de su chimenea. «El pandero cuadrado y el trabajo en el campo es lo que teníamos que conocer», rememora antes de sentenciar que en la vida «nunca puede faltar un canto». Y si encontrarse con alguien de su edad es poco frecuente, unas casas más allá conocemos a Dionisia Morales, que a sus 106 años nos recibe ataviada con un collar típico de la zona y con una lucidez envidiable.
Peñaparda, como muchos municipios de la zona, es un pueblo de emigrantes. Mientras en el Payo sus vecinos marcharon al País Vasco a la búsqueda de fortuna, los peñapardinos buscaron la suerte en tierras francesas. Dos de ellos fueron Isabel Manso y José Martín, que tras 22 años viviendo en París regresaron a la localidad para poner en marcha el bar El Rincón. «Nos fuimos porque no teníamos nada ni sabíamos trabajar. Aquí nos dedicábamos al ganado y al campo, nada más», relata Isabel, que marchó con 17 años. «Si al principio de estar allí me proponen volver a Peñaparda hubiera venido corriendo, pero después no. En Francia tuvimos una buena vida y todo el trabajo que queríamos. En verano pasábamos aquí unos veranos de lujo; nuestros hijos pensaban que todo iba a ser como aquello e insistieron en que regresásemos. ¡Cuántas veces nos hemos arrepentido!», añade.