El reputado político abulense (La Carrera, 1936) era jefe de la Seguridad del Estado cuando el 23 de febrero de 1981 se produjo la intentona golpista. Mañana martes recibirá en Ávila, de la mano de UGT, el Premio Pablo Iglesias 2011 en la categoría individual provincial en reconocimiento a la histórica labor desempeñada al frente de la Comisión de Secretarios y Subsecretarios de Estado durante aquellas decisivas horas para salvaguardar la democracia.
Laína confiesa que su agradecimiento a la Unión General de Trabajadores va mucho más allá de la distinción que el sindicato le entregará mañana en Ávila. Como explicará cuando recoja el galardón, en la larga noche del 23-F, entre las muchas conversaciones que mantuvo como responsable gubernamental, también lo hizo con los dirigentes nacionales del sindicato.
Piensa aún en aquel día…
Le he dado muchas vueltas y la verdad es que sí, lo recuerdo con frecuencia.
¿Le gusta seguir lo que los medios de comunicación publican cada 23-F?
Sí, lo que pasa es que uno se lleva sorpresas porque hay mucha tergiversación y desconocimiento de lo que en realidad ocurrió durante aquellas horas. Quizá también porque a los que lo vivimos en primera persona nos ha costado mucho explicar nuestra experiencia. Tengo prácticamente terminado un libro sobre el 23-F, pero necesitaría dedicar toda una vida a aclarar y rectificar las muchas barbaridades que se han dicho.
¿Sobre qué persisten ideas equivocadas?
Una de ellas es la absurda implicación del Rey en los hechos. Para mí está meridianamente claro que desde el primer momento Su Majestad trató de establecer la situación de normalidad constitucional y de enfrentarse abiertamente al intento de golpe de Estado. Si no hubiera sido por su decidida actuación, los golpistas hubieran triunfado.
Guardó muchos años silencio sobre lo ocurrido. ¿Por qué?
Porque después de aquellos sucesos creía que la sociedad española lo que necesitaba era continuar en una línea de consenso y de entendimiento y para ello era preciso dejar reposar aquellos elementos que pudieran enfrentarnos. Había que tener la serenidad suficiente para que la vida política española se fuera desarrollando como afortunadamente ha sido: a través de una senda de consolidación de la democracia. Pasados 30 años, ya era tiempo suficiente como para poder hablar con serenidad de aquellos sucesos.
¿Se sabe toda la verdad?
Sí, en su inmensa mayoría se conoce lo que aconteció. Lo que quizá esté menos aclarado sea la posible implicación de los servicios del Centro Superior de Información de la Defensa. Siempre las intervenciones de los servicios secretos cuesta aclararlas, pero en su inmensa mayoría creo que está casi todo dicho.
¿Tiene ya fecha para la publicación de su libro sobre el 23-F?
No tengo ninguna prisa. Procuro pulirlo, precisar lo más posible e incluso aportar algún documento que creo importante.
¿Sintió miedo aquella noche?
Miedo, no. Lo que sí sentí fue una gran responsabilidad, abatimiento y pena porque los secuestrados eran personas a las que yo quería entrañablemente y sabía que sus vidas corrían un grave peligro.
¿Cuándo respiró tranquilo?
Quizá el momento en el que me sentí tremendamente liberado fue aquel cuando se pudo confirmar la salida de los diputados y pude informar a la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios de que, sin víctimas, había terminado el secuestro. En ese momento recuerdo el aplauso de mis compañeros y eché a llorar.
Ha dicho que vio llorar al Rey. ¿Qué imagen que se le ha quedado especialmente grabada de aquel episodio?
Son tantos recuerdos… Él se emocionó y se le escaparon unas lágrimas cuando escuchó la grabación de una conversación del teniente coronel Tejero con Juan García Carrés en la que se veía de una manera muy clara cuál era la implicación del general Armada en la maniobra golpista.
La traición…
(Asiente en silencio).
Después de esas horas tan intensas que vivió junto al Rey le será fácil imaginar que atraviesa ahora una dura situación.
Creo que tiene que estar pasando malos momentos. Las circunstancias son muy distintas, pero estoy seguro de que la prudencia, la sensatez y la gran experiencia del Rey le hará colocar las cosas en su sitio. Creo, además, que son unos hechos que a él directamente no le afectan. Afectan a su entorno, no a él ni a la institución monárquica.
En los últimos años se ha intensificado el cuestionamiento de la Monarquía. ¿Cree que acabará planteándose formalmente su continuidad?
Es un tema que está sobre la mesa desde hace mucho y será algo que tendrán que decidir las instituciones y quizá en algún momento el pueblo español. No es una cuestión que corra prisa.
Hay voces que afirman que los políticos de la Transición tenían una altura de la que carecen los representantes actuales. ¿Cree que se ha degradado la clase política?
En términos generales, sí. Antes había una mayor formación intelectual y profesional. La generación política tenía una mayor disposición a sacrificarse en todos los terrenos para trabajar a favor de un proyecto común. Después llegó una etapa en la que los enfrentamientos han obstaculizado la superación de las dificultades. Y llegamos a la situación actual en la que sería necesario recuperar aquel espíritu de consenso y de diálogo de la Transición para salir de la crisis económica. Yo he repetido muchas veces el verso de Antonio Machado: “Tu verdad, no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”.
