En la entrada de Cedaceros, por la que los periodistas acceden al Congreso de los Diputados, los micrófonos y las cámaras esperan la llegada de los ministros Luis de Guindos y Fátima Báñez para intentar recoger las manifestaciones previas a sus comparecencias en las comisiones de Economía y Trabajo respectivamente. Por los pasillos, los periodistas se mezclan con los políticos con total naturalidad, e incluso una cierta indiferencia, seguramente inducida por la costumbre de tratar con ellos todos los días.
Para el neófito poco acostumbrado a estos menesteres de la alta política, está el juego de reconocer a los diputados que ve día a día en televisión. Martínez Pujalte, Txiki Benegas, Josu Erkoreka, Rafael Hernando… todos ellos llegan o se marchan sin ser conscientes de suscitar murmullos a su paso, todos ellos comenzando por la frase “mira, ese es….”.
En esta intrincado microcosmos, los diputados segovianos se mueven ya como pez en el agua, y así lo prueba la amistosa charla de Escudero y Gómez de la Serna con el portavoz del PP en el Congreso, Alfonso Alonso, al que “retaron” a comparar las bajas temperaturas de Segovia con las de Vitoria, capital de la que fue alcalde.
En su despacho de la planta primera, Juan Luis Gordo está ya perfectamente aclimatado, gracias en parte a la labor de su asistente, que le ha hecho más fácil el aterrizaje en el Congreso de los Diputados, y a la que no duda incluso en pedir un pequeño detalle en forma de planta de interior con la que personalizar su lugar de trabajo.
La actividad política no para, pero tampoco se detiene la actividad cultural y social del Congreso, que los días en los que no hay pleno, recibe la visita de grupos escolares y asociaciones que visitan un hemiciclo que tiene connotaciones segovianas con la presencia del comunero Juan Bravo y los artilleros Daoiz y Velarde en las placas sobre el dintel de las puertas de acceso al salón de plenos.
La ilusión de todos los visitantes es la misma: sentarse en el escaño del presidente del Gobierno y buscar los orificios de las balas que dejaron los asaltantes del 23 de febrero de 1981. Así es la condición humana.
