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50 años después del rodaje, en Hoyuelos, de ‘El espíritu de la colmena’

por Sergio Casado
30 de octubre de 2022
en Sin categoría
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Si la realidad, de algún modo, nos dificulta o nos impide leer o escribir -como es mi caso-, usaremos este Túnel, y mediante él contaremos lo que queremos contar. “La escritura es magia”, dice Huracán Carter.

Pues a ello. La usamos. Nos reunimos con Luis Buñuel, que nos da el trampolín: “El misterio, elemento esencial de toda obra de arte, falta en general en las películas. Autores, realizadores y productores tienen mucho cuidado de no perturbar nuestra tranquilidad, cerrando la maravillosa ventana de la pantalla sobre el mundo liberador de la poesía. Prefieren proponer argumentos que podrían ser una continuación de nuestra vida cotidiana, repetir mil veces el mismo drama, hacernos olvidar las penosas horas del diario trabajo. Todo esto, naturalmente, sancionado por la moral habitual, por la censura gubernamental e internacional, la religión, dominado por el buen gusto y repleto de humor blanco y otros prosaicos imperativos de la realidad”.

Nosotros intentaremos aquí abrir esa ventana de la que habla Buñuel, la ventana de la pantalla sobre el mundo liberador de poesía.

Los cineastas se citan, se llaman entre sí. Víctor Erice, que hoy aquí nos ocupa, escribió sobre la relación entre cine y poesía: “Quizá por ello sea más oportuno hablar antes de experiencia poética que de poesía, es decir, de ese trance en el cual, tanto el lector de un poema como el espectador de una película, se sienten conmovidos por un sentimiento difícil de definir, pero que identifican como algo común. En ese trance, y por lo que al cine -cierta clase de cine- se refiere, la poesía surge en la pantalla de una forma no buscada de antemano, imprevista, suspendiendo la representación o progresión de la historia, para dar lugar a uno de esos momentos donde el lenguaje es, simultáneamente, flecha y herida. Flecha capaz de romper el velo -la ilusión- de la realidad; herida que nos toca el corazón porque acierta a mostrar lo que no se percibe a primera vista, pero que alguna vez, como en un sueño perdido -el de nuestra vida anterior-, hemos vislumbrado”.

Esa flecha vuela infinitamente en el cine. Nos sitúa en otro tiempo, en la sala de cine, que permanece en la historia del cine desde sus orígenes. Y así es en un viaje en el tiempo, hace cincuenta años, en el rodaje de “El espíritu de la colmena” en Segovia, en Hoyuelos. Allí se nos aparece un cine de pueblo. O se nos aparece en ese imaginario cine Arcadia que habita “El sur”.

“Cerrar los ojos” es el título actual de la nueva película de Víctor Erice, que se rueda en estos días. Lo primero que pensé al leer este título fue pensar en lo que cerrar los ojos supone, parpadear, imaginar o soñar, dormir, desaparecer.

Vino a mi mente una película, “Eyes wide shut” (Ojos bien cerrados), de Stanley Kubrick, un viaje que transita entre la realidad y el sueño, un tema recurrente en Erice. En la película de Kubrick, un perdido y desnortado Tom Cruise no sabe si está en la realidad o en un sueño. ¿O es todo un sueño? Su aventura es atrapante, inquietante, atractiva.

¿Habrá algo de esto en la nueva película de Erice? Difícil de decir. No sabemos nada. Aún no estamos dentro de esa película, de ese sueño.

Quedo quieto por un momento. Reviso los papeles de mi mesa, un caos sin orden alguno. Yo tengo que ordenarla, pero me cuesta mucho. De nuevo la realidad se apodera de mí y escapo escribiendo esto, o volviendo a ver “El sur”.

Yo también cierro los ojos. Imagino una escena que transcurre hace años. Me encuentro en casa de Mario Camus, en Ruiloba. Camus está en proceso de mudanza con su mujer, para ir a vivir en Santander.

Les hago una visita y me fijo en un árbol frutal en su jardín. En un primer momento no lo reconozco. Mario me aclara que es un árbol membrillero, como el de la película “El sol del membrillo”.

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Víctor Erice.

-¡Hombre! Como la película de Víctor Erice.

Mario se queda mirándome. Se detiene y reflexiona. Es posible (él me lo dijo) que los cineastas son competitivos, pero dice algo al instante: “Víctor es quizá el mejor de todos nosotros”.
Siempre he buscado en el cine evasión (mi meta fundamental), pero siempre ha estado también ahí la ansiedad por aprender, por bucear en el misterio. He pedido a los cineastas algo más, algo más de su parte que me ayude a transitar por el misterio del que nos hablaba Buñuel.

“El sol del membrillo”, y más especialmente “El sur” y “El espíritu de la colmena” pueden ser las películas más accesibles para nosotros. Digamos las que se dejan ver, puesto que de vez en cuando podrán ser vistas en televisión. Muy de vez en cuando. También podrán encontrarse con mayor o menor facilidad en formatos físicos o filmotecas.

Pero es a raíz de su película “La promesa de Shanghai”, que él no pudo rodar, que quedó en un cajón, olvidada, cuando podemos ahondar en la búsqueda que propone Víctor Erice. Esa búsqueda está dispersa, en películas y cortometrajes vistos sólo en filmotecas, en lo que ha escrito, también disperso en numerosas publicaciones.

¿Cómo atrapar ese itinerario? Tenemos que empeñarnos en él, en una aventura que disfruta el cinéfilo, que intenta encontrar algo. No sabe lo que es, pero sabe que tiene que encontrar algo.

Nosotros nos fijamos ahora en ese Erice disperso, situado en los márgenes de la industria, quizá creando así una voz que puede servirnos de ejemplo. Puede gustarnos o no gustarnos esa voz, puede gustarnos o no su cine, pero lo cierto es que esa voz existe. Y yo quiero escucharla, saber de ella, conocer ese otro cine, esa otra manera de ver el cine.

A propósito de esa otra manera, el reflexionó a raíz de su cortometraje “Vidrios partidos”, filme, cómo no, marginado, escondido, olvidado, sólo visto en filmotecas.

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Fotograma de ‘El espíritu de la colmena’.

En aquel momento se refirió a su situación al margen, frente a “las producciones realizadas sólo para el consumo, como entretenimiento de masas, propiciadas por el “Régimen del Dinero”, donde el ser humano, literalmente es reducido por lo general a un objeto”.

Busquemos las películas de Víctor Erice. Busquemos sus escritos. Sepamos que no hay un cine del pensamiento único, que hay otras opciones. Múltiples, quizá infinitas opciones.

De repente, en nuestro Túnel, nos detenemos en una escena inesperada, mágica. A veces la realidad tiene un recoveco. Víctor Erice lo busca en “El sol del membrillo”: “Hay ciertas cosas que la realidad no te entrega si no sabes esperar… Es muy importante la noción de la espera”.

He ido a Madrid. Me alojo en casa de mi hermano. Estoy inquieto y por la noche no puedo dormir. Es una escena real. Me reúno por la mañana con Víctor Erice, inesperadamente, extrañamente. Es un encuentro que no debería haber sucedido, pero que ocurre. Erice me ha citado en el Café Comercial.

Llego con mucha anticipación. Me ha dado tiempo de acudir a una librería cercana y comprar un ejemplar de “La promesa de Shanghai”, que incluye el guion que no pudo filmar, el guion para una película que quedó reducida a ese libro (otra forma de magia, otra forma de sueño). En ese libro está esa película, está el sueño de esa película.

De nuevo la infancia como territorio, el cine en sus orígenes. Erice, que ya filmó “El espíritu de la colmena” y “El sur”, gira la cámara y se fija en sí mismo. Me viene a la mente el camino de La frontera, aquel espacio junto a la Gaviota, la casa de la niña Estrella. Viene otra frontera. Aquí, en “Umbral del sueño”, es uno de los dos chavales de doce años. Ambos se cuelan en un cine situado dentro de un viejo parque de atracciones. Dan un rodeo por el “Río Misterioso”, una de las atracciones, y encuentran una ventana del destartalado cine. La película arranca y una actriz les hipnotiza. Saldrán del cine, escribe Erice en un maravilloso texto (quizá entre sus mejores escritos) distintos de como entraron. A la luz mustia de una farola, escribe, confirman en un cartel el nombre de su estrella: “Nunca lo olvidarán ni tampoco el de la ciudad remota que lo acompaña. Hacia ambos dirigirán una y otra vez los pasos sigilosos de su imaginación, en el interior de sus casas, rodeados de unos familiares que jamás sabrán de su aventura, esa noche y todas las noches, dimitiendo de la realidad antes de cruzar el umbral del sueño”.
Yo también he dimitido de la realidad. Y lo pago caro, porque entonces la realidad me acosa con fuerza, cotidianamente.

Pero no en el Túnel de Víctor Marinero. Aquí estoy, de nuevo, en la fachada del Cine Comercial. Llueve ligeramente y mientras sigo esperando, tras leer el breve “Umbral del sueño”, hojeo el guion de la película. Me gustaría leerlo ya, saber de esa película.

Entonces aparece Víctor Erice. Lleva un aspecto un tanto desaliñado. En cierto modo me recuerda a un vagabundo. Lleva en la mano un libro sobre el cine de Jean Pierre Melville. Llueve ligeramente y me presento a él. Como no me conoce, la situación es un poco extraña. Él ha accedido a reunirse conmigo con motivo del libro en el que trabajo, sobre un viejo amigo suyo al que quería mucho.

Como la realidad es tenaz y mi memoria cada vez más frágil, el recuerdo es intenso, pero no recuerdo la conversación. Supongo que durante la mayor parte del tiempo es sobre su viejo amigo, al que podemos llamar cineasta a pesar de haber filmado muy poco. Erice está dedicándome el libro de “La promesa de Shanghai” y yo le entrego un ejemplar de mi libro anterior. Entonces, Erice me dice: “Todos somos cineastas”.

WEB CINE
Ana Torrent.

He pensado mucho en ello. ¿Qué quería decir Víctor? No he sabido darme a mí mismo una respuesta exacta. Supongo que se refiere a que ha dirigido películas, sí, pero lo ha hecho realmente sobre un pequeño lapso de tiempo. Realmente, ha sido siempre un espectador, desde que se coló por esa ventana de un cine de feria, siempre curioso, lector de escritos de cine, escritor de estos. Miguel Marías, dice: “Está actuando como cineasta, aunque no ruede”. Víctor Erice lo confirma: “Creo que para mí, más que un hecho profesional, el cine ha sido una experiencia existencial, y lo sigue siendo. Uno sigue siendo cineasta aunque no ruede películas”.

¿Todos somos cineastas? Seguramente, en mayor o menor medida. Hoy en día, Erice habla más de consumidores que de espectadores. Sí, de nuevo el Régimen del Dinero.

Este breve encuentro con Erice en el “Umbral del sueño” termina. Es fugaz. El tiempo es como ese péndulo de la niña protagonista de “El Sur”. Pero yo en estas líneas lo he alargado, lo fosilizo. De ese péndulo, han dicho Jordi Balló y Alain Bergala: “El compás del péndulo, a modo de reloj, envuelve a los personajes en la peripecia onírica”.

Del cineasta y mago Antonio Drove: “(…) Esta intensidad esencial que tienen los momentos del cine de Víctor hace que nuestra emoción sea tan profunda que nos parece que han durado mucho más tiempo que el que corresponde al instante fugaz como un relámpago, al número objetivo de fotogramas, a los centímetros de película que han pasado por el proyector”.

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