Todavía recuerdo cómo eran los veranos en mi pueblo cuando yo era niño. Había muchos chavales. A los del pueblo se sumaban los que venían de fuera. Puedo recordar las voces de mis amigos corriendo en la oscuridad de las noches cálidas de verano para no ser eliminados en el juego del rescate. Quién no recuerda los veranos en el pueblo, sus juegos, la libertad de horarios, de espacio y movimiento, los nuevos amigos. Estos días, cientos de municipios de todo el Estado doblan su población. Son esas personas a quienes la palabra vacaciones significa pueblo. Aunque hoy haya que lamentar que miles de pueblos repartidos por todo el país sufren desde hace décadas la caída de su población en detrimento de las grandes ciudades.
Los jóvenes y sus juegos llenaban de vida las calles de los pueblos: la comba, el pillapilla, el escondite, el pañuelo, las canicas, el bote, la rayuela, las chapas… Seguro que más de una tarde de verano la has pasado al aire libre y disfrutando con alguno de los juegos que hemos nombrado. Y es que cuando se es pequeño, las vacaciones estivales significan eso: descanso colegial y diversión.
-Pon panate
puta pi,
tape, tape, nuse,
pon panate,
puta, pi,
tape, tape, ti.
(Retahíla para echar a suertes)
Dado el carácter estacional de los juegos, que aparecen espontáneamente unos y desaparecen otros, el clima determina el desarrollo de muchos de ellos, no sólo es la estación del buen tiempo, vacacional y festiva, es una impetuosa invitación a mirar atrás y dejarse alcanzar por el propio pasado. Es la recreación de aquel tiempo de hace décadas donde en junio llegaba la jornada intensiva (no había clase por la tarde) y a mediados nos abrían la puerta del colegio y la cerraban a nuestra espalda hasta bien entrado septiembre. Unos tres meses de vacaciones de verano que nunca jamás vas a tener la suerte de disfrutar.
Los juegos eran el elemento conductor de este tiempo de libertad al cabo del cual tú ya, nunca serías el mismo. Te hacía madurar a pasos agigantados. Cualquier sitio era bueno para jugar, ya sean plazas, atrios y soportales, las eras, ríos. Recordarlo me hace viajar a unos años inolvidables de mi infancia y adolescencia. Cuando los veraneantes regresaban a sus ciudades habían perdido su palidez, y volvían más morenos, más altos y sabiendo cosas que no venían en sus libros de texto. Pero para el niño autóctono, educado con obligaciones, disciplina, siempre compaginaba sus días de vacaciones con actividades propias de la época y escapadas a los sitios de reunión donde llenar sus días con juegos que fueron tradición estacional en su pueblo.
Un gato se tiró a un pozo
las tripas le hicieron gua,
arre, moto, tipi, topo,
arre, moto, tipi, ta.
(Retahíla para echar a suertes)
La puesta en escena y la ejecución de los juegos tradicionales van prefijando un marcado y estructurado ciclo de la vida junto con la simbiosis con el medio natural. El paulatino cambio de la condición de niño a la de adulto se reflejaba en esos juegos que se desarrollaban en función de las edades, es decir, los exclusivos de niños y, por otra parte, los de los mayores: carreras pedestres, corridas de pollos, pelota a mano, tiro de soga, lanzamiento de barra, cucañas, piñatas, o carreras de sacos. Estos juegos eran muy propicios para las celebraciones cuando finalizaban las arduas tareas de la siega y la recolección, momento en que tenían lugar las fiestas patronales. También existe un estadio intermedio, entre una y otra edad, en el que se produce una especie de rito de paso.
El medio natural era la materia prima de los juguetes de antaño, que al mismo tiempo formaban al niño en el aprendizaje de diversos aspectos que tendría que ir asumiendo para poder desarrollar sin problemas, cuando alcanzara la edad adulta. Hasta que llegue ese momento, el niño seguirá con las actividades propias de sus años, con unos juguetes que, por lo general, fabricaba en casa ayudado por sus padres o él mismo, con los materiales y elementos que se encontraba en su entorno: fósiles, aros de toneles viejos, maderas, piedras, cáscaras de frutos secos, huesos de frutas, cuerdas… Para crearlos era necesario poseer un utensilio casi indispensable, ya de por sí otro juguete y ansiado por todo pequeño: la navaja. Me refiero a juegos como el aro, el tirachinas, peones, silbatos, tejas, cajillas, pistolas, combas, tangos, o una cajita de zapatos tirada por una cuerda.
Los juegos entonces tenían un marcado carácter sexista. Por tanto, aparecen juegos de niños y de niñas. Aparecen en este grupo un buen número de juegos, que suelen presentar como rasgo común la habilidad y la coordinación con objetos y realización de corros u otro tipo de formaciones. En ellos, a la vez que se van dando vueltas, se cantan o recitan formulillas muy diversas: El patio de mi casa, El corro de la patata, Estaba el señor Don Gato, El cochecito leré, ¿Dónde están las llaves?, Soy capitán o, entre muchos otros, En la calle veinticuatro.
Yo tengo unas tijeritas
que se abren y se cierran,
yo toco Cielo, yo toco Tierra yo me arrodillo
Y me salgo fuera.
Al pelotón que, entre el uno,
al pelotón que, entre el dos, …
y así hasta que había saltado todas.
Pan, vino y tocino ino, ino, ino…
y se daba muy rápido hasta que aguantase
Al jardín de la alegría quiere mi madre que vaya,
a ver si me sale un novio, el más bonito de España.
Vamos los dos, los dos, los dos, vamos los dos en compañía,
vamos los dos, los dos, los dos, al jardín de la alegría
Balón contra la pared, lanzándola contra el muro a la vez que lo ibas recogiendo o pasando la pelota por debajo de la pierna botando la pelota en el suelo
A mí una, mi aceituna
A mi dos, mi reloj
A mi tres, mi café
……….
Las tabas, un juego, principalmente femenino, que se remonta a la Antigua Grecia. Las tabas son los huesos que se encuentran en los corderos, con cuatro caras diferentes que se usaban al modo de dados. Se lanzaban al aire y dependiendo de la cara en la que caía ganabas o perdías. Las tabas incluso se pintaban.
Pítoles: Las niñas, sentadas en corro lanzaban cinco piedrecitas al aire, a veces llamadas Cantillos, cogiéndolas, y a medida que caían, incorporando la siguiente.
A mis unas, las columnas, columnares,
Vegetales.
A mis dos, El Señor.
A mis tres, San Andrés.
A mis palos, Santiago.
A mis plantas, Virgen Santa.
…………………………………….
Jugar a las muñecas en la calle con todos los trastos, a las mariquitas esas muñecas de papel que había que recortarlas y hacer sus trajes.
Volviendo a los juegos de participación indiscriminada hay que referirse al escondite, juego clásico que, junto con el Rescate, Marro, Tres navíos en el mar, Policías y ladrones, contaban con el beneplácito de todos preferiblemente en las noches veraniegas.
Ronda, ronda
quien no se haya escondido
que se esconda
que el tiempo ha tenido
de haberse escondido
– Tres navíos en el mar…
– Y otros tres en busca van…
En el juego de Bile o Balón Prisionero, Campo quemado, Balontiro, Vivos y muertos, que todos esos nombres tenían, los jugadores trazaban en el suelo, con piedras o tiza blanca, dos rectángulos grandes, y se dividía el área por la mitad. Cada equipo se colocaba en su campo. Había que eliminar a los contrarios lanzándoles un balón para darles sin que lo cogieran, sin pisar las líneas.
Otro clásico, Cuatro esquinas, donde cada una estaba ocupada por un niño que se intercambiaban sus posiciones mientras otro jugador debía conseguir un sitio en un descuido, el niño sin esquina va preguntando:
– Amo, ¿hay candela?
– A la otra puerta
– Amo, ¿hay candela?
– Por allí humea
El escondite inglés. Uno de los jugadores se colocaba de cara a la pared y repetía «1, 2,3, escondite inglés» a veces se añadía… “sin mover manos ni los pies”. El resto de compañeros avanzaba, y al terminar la frase se giraba y los demás tenían que permanecer totalmente quietos, congelados. Si pillaba a alguien moviéndose, éste se la quedaba.
Jugábamos a “los países”, tirando el balón al aire y el que tenía el nombre del país debía cogerlo rápido antes de que cayera al suelo… una vez cogido podía dar tres pasos y golpear a otro.
Los animales eran involuntarios protagonistas y víctimas a la vez de los juegos. Si ya sabíamos que éramos cazadores o somos y estamos en letargo, a través de los juegos interpretábamos ese rol jugando. Cuántas horas estaban escondidos detrás de una esquina esperando que picara un pájaro en el cepo o pajarera…. O cogiendo nidos, lo que costaba algún disgusto en forma de caída. El tirachinas, para cazar igualmente los pájaros y también nos fabricábamos unas pistolas con una tabla pequeña, una pinza de la ropa y gomillas y nos dedicábamos a buscar salamanquesas y lagartijas, y pues nada, nos las cargábamos, o amputábamos la cola. Claro que luego también nos reñían porque decían que tenemos muchos mosquitos al no dejar viva ni una para que se los comiera. Detectábamos también las casas de los grillos y los sacábamos con agua.
El repertorio de actividades contra la integridad de los animales era extenso. Por suerte existe actualmente conciencia de respeto hacia los animales en los juegos.
Llenándose de contento
al escuchar atento
al prisionero grillo muy ufano
que cante en su primera y tierna mano
Las Chapas eran simbólicamente los corredores ciclistas de la época. Ver un grupo de niños sentados y arrodillados era sinónimo del juego de las chapas, haciendo la carretera en el suelo de tierra con sus muertes, curvas y puertos de montaña, Disputando la carrera lanzando su chapa decorada con las fotos de sus ídolos ciclistas y su cristal encima de la foto lo que daba peso y fiabilidad en el lanzamiento. Había auténticos profesionales de los efectos para salvar esos obstáculos.
Las tres en Raya: Igualmente, en el suelo de tierra los niños dibujan un cuadro en la tierra, dividido por la mitad y trazadas sus diagonales, dos jugadores con tres piedrecillas cada uno las mueven por turno hasta conseguir sus piedras en línea.
A canicas: Se hacía un hoyo en la tierra, en algunos sitios llamado ‘guá’, y se tiraba con una de las canicas para meterla en el agujero.
Las bicicletas también fueron protagonistas y asumieron el rol de la edad de su conductor. A veces nuevas, otras, las más, destartaladas y viejas, eran amigas inseparables, simplemente correteando de una punta a otra del pueblo. Cuando ibas cumpliendo años los juegos se transformaban, se moldeaban. Las bicicletas dejaban la plaza y empezaban a usarse para ir de un pueblo a otro, para hacer excursiones a conquistar nuevos espacios, a bañarnos en los ríos, a coger moras, a robar algunas manzanas o sandia en un melonar alejado. La bicicleta en definitiva era dominada en formas diferentes, haciendo equilibrios sobre ella, llevando a un compañero, subiendo la rueda delantera, frenando con el pie…
Los ríos y arroyos daban mucho de sí en materia de juegos. Los jóvenes de esos años sesenta pocos sabían nadar, así que el baño era un chapuzón y mantenerse fresco en los remansos de agua jugando quizá a lo mismo que en el arroyo de su pueblo a coger renacuajos o hacer presas. O quizá con esas piedras de río planitas y redondeadas jugando a cortar el agua en la superficie con diferentes saltos de la piedra antes de caer. Hacer navegar ese barquito elemental construido de una corteza de pino…
“Los juegos de los muchachos no son tales juegos; antes bien, deben considerarse como sus acciones más serias.”
La era fue el espacio principal del verano, trillar jugar a subirse y bajarse de los trillos en marcha era divertido pero el riesgo de caer hacía que no te lo permitieran los mayores. Pero un juego que se practicaba después de la trilla se jugaba con las ruedas de las máquinas de limpiar, que quedaban libres al fijar las máquinas al suelo. Las ruedas con sus ejes eran ideales para hacer carreras. Agachados con las manos en el eje corríamos empujándolos para llegar los primeros. Se me olvidaba dejar constancia de los ratos pasados en los pajares pisando paja, saltando y brincando para hacer más espacio compactando la paja con nuestro peso.
Sí, lo sé. No ha aparecido aquí ese juego que te acompañó en tu infancia, ese que te hacía los veranos desconectar del mundo, emocionarte y reír, soñar y fantasear sin sentir. Dichoso tú que disfrutaste de ese placer del hecho de jugar.
Los juguetes y los juegos de niños han variado mucho y los escasos espacios abiertos en las ciudades, junto a la publicidad y tecnología han marcado tendencia y nuevos intereses, que hacen que muchos juegos tradicionales, que han perdurado siglos, en tan solo unos años estén considerados desfasados, llegado a formar parte del patrimonio cultural de otros tiempos. Hemos despreciado aquellas vacaciones rurales y familiares negando así parte de nuestra naturaleza. Quizá hayamos traicionado a nuestra memoria lúdica traicionando también a los pueblos.
