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LA MIRADA
Unturbe en el Torreón de Lozoya
Rafael Ruiz Alonso - Segovia | 12/08/2017
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  Calle de Pedro Cota.

Hasta el próximo día 31 de agosto, el Torreón de Lozoya acoge en sus Salas del Palacio la exposición ‘La obra de Jesús Unturbe en los fondos de la Fundación Caja Segovia’. La programación de esta muestra en el presente año ha sido un objetivo muy madurado por la Fundación Caja Segovia, puesto que, de una forma deliberada, se ha pretendido reunir y contrastar, con unos pocos meses de diferencia, la obra de dos fotógrafos que trabajaron casi simultáneamente en Segovia, atraídos por temas similares, pero con propósitos y resultados divergentes.
Hasta el mes de marzo, pudimos disfrutar en esas mismas salas de la obra del fotógrafo alemán Otto Wunderlich (1887-1975) quien, de modo intermitente, recorrió Segovia y su provincia entre 1914 y los años cuarenta. Su obra se encuadra dentro de la denominada “fotografía documental”, que tuvo su mayor desarrollo en las décadas de 1920 y 1930. Esta corriente buscaba imágenes sencillas, funcionales, directas, espontáneas y objetivas, idóneas para revistas y periódicos, libros de arte y antropología, postales, etcétera. Las inquietudes intelectuales del Regeneracionismo, que alentaban a documentar y difundir el extraordinario patrimonio de nuestro país, sus paisajes y paisanajes, las costumbres populares y las más ancestrales tradiciones, animaban muchas de aquellas publicaciones.
Aunque trabajara sobre los mismos temas, y en nada ajeno al espíritu regeneracionista, la obra de Jesús Unturbe Tablada (1895-1983) se distancia estéticamente de la del fotógrafo alemán por su esmerada elaboración y por la persecución de unos fines que, a mi modo de ver, trascienden lo descriptivo para adentrarse en el subjetivo terreno del sentimiento. Para ello, el fotógrafo abrazó muchos recursos compositivos, lumínicos, atmosféricos e incluso temáticos con los que la pintura había ido enriqueciéndose desde hacía siglos, asumiendo el complicado ejercicio de aplicarlos a la realidad que él percibía a través de la cámara, con sus prestaciones y condicionantes. No en vano, nuestro protagonista pertenece a la segunda generación del movimiento “pictorialista”, corriente estética de la fotografía en la que Jesús Unturbe ocupa un lugar destacado; así lo puso de manifiesto la exposición ‘La fotografía pictorialista en España’, celebrada en Barcelona el año 1998, última ocasión en que pudieron contemplarse varias de las obras ahora expuestas. “El pictorialismo —en palabras de Cristina Zelich, su comisaria— nace como respuesta a una serie de reflexiones sobre el propio medio, sobre la legitimidad de la representación fotográfica y en defensa de un estatus artístico para la fotografía”. Sin embargo, nada más definitorio que las declaraciones de uno de sus representantes, Luis de Ocharan, en su artículo ‘La fotografía’ (1907): “Fotografía es arte, porque los procedimientos fotográficos sólo son medios para conseguir el fin primordial, que es el cuadro fotográfico, y son simples servidores del sentimiento estético que nos mueve y anima a concebir y crear el asunto. Es arte porque el fotógrafo artista retrata lo bello, lo tierno, lo grande, lo que atesora poesía, lo que compone en Naturaleza y acentuando las propias bellezas con lo que la naturaleza le brinda, las armoniza y modifica a placer y antojo en pro del fin artístico que persigue”. Era lógico que Jesús se sintiera realmente cómodo a la hora de trabajar en un medio cuyos secretos técnicos habría heredado de su padre y de su abuelo, ambos fotógrafos, pero que le permitiría al mismo tiempo converger con su otra vocación, la de pintor, para la que se había formado desde su niñez —como ha constatado Acu Estebaranz, sin duda el mayor conocedor de esta saga de fotógrafos— y a la que volvería definitivamente a finales de los años cuarenta, precisamente cuando Wunderlich deja de fotografiar Segovia.
Muchas de las fotografías expuestas ratifican esa simbiosis. Gusta Unturbe de ubicar los temas centrales de sus paisajes —una población, un río, una calle o un monumento— en un segundo plano e incluso en lejanía, fuertemente iluminados, contrastando con un primer término, a veces en sombra o en contraluz, donde ejercita su enorme capacidad para la escenografía. Es en este último espacio, colocados en un lateral, donde suelen aparecer árboles o sus potentes ramas, sombras proyectadas en diagonal, marcos arquitectónicos o personajes que nos buscan con la mirada, conduciendo al espectador, de un modo realmente sutil, hacia el protagonista real de la obra. No faltan tampoco en ese punto los personajes completamente de espaldas o los que se giran hacia el fondo, invitándonos a que descubramos en la profundidad del paisaje elementos que de este modo adquieren una gran significación. De no ser por este recurso, la potente presencia de un pastor con su rebaño determinaría que el evanescente perfil de nuestra ciudad a lo lejos, con la característica silueta del acueducto, pasara desapercibida para el espectador. Unturbe nos priva deliberadamente del rostro de este personaje para conducirnos hacia el horizonte segoviano, lo que mueve a preguntarse por el verdadero protagonista de la fotografía y los roles que en ella desempeñan paisaje y figura. Como esta, otras obras de Unturbe transmiten una emoción de lejanos resabios románticos ante lo sublime de la naturaleza —‘El Eresma’ es un buen ejemplo— o frente a la grandeza de un pasado trastocado en postración —sentimiento que inspira una panorámica de Segovia, oculta parcialmente por los árboles del Pinarillo—.

Esta noticia se puede leer al completo en la edición impresa de El Adelantado de Segovia y en Kiosko y Más.

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