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Cuando pongo en un plato de la balanza el esfuerzo que requiere cualquier objetivo y en el otro los resultados obtenidos rara vez obtengo el equilibrio como resultado. Y suele ser por dos razones: o he sobreestimado mis capacidades o he infravalorado el reto, pero también podría ser porque muchas veces la existencia de uno no tiene explicación.
Los que me siguen un poco en estas letras desde la distancia bien en papel o en el ciberespacio saben que me gusta coleccionar imágenes, ocupan poco y cuestan menos, capturo momentos en los que se detiene el tiempo y que me enseñan, inspiran, enternecen o simplemente me acompañan. No son en la mayoría de las ocasiones los momentos estelares del viaje pero me gustan porque dejan flecos en mi memoria de los que puedo tirar mucho tiempo después para revivir o reinventar (que todo pasa) días y hasta semanas enteras del tiempo que he pasado viajando.
Ahora estoy frente a una diminuta tienda que podríamos describir generosamente como ultramarinos, legumbres al peso, pastillas de jabón, refrescos y patatas fritas junto a papel higiénico o sacos de rafia para almacenar el grano de la cosecha. Una mortecina bombilla apenas ayuda a distinguir lo comestible de lo que no lo es, y un cartel manuscrito indica que lavan ropa por encargo a razón de 90 rupias el kilo.
Le entrego a la sonriente dependienta una bolsa con la ropa sucia de mi excursión al campo base del Annapurna, uno de los ocho picos de más de ocho mil metros que embellecen los horizontes de Nepal.
A ella, una joven madre de grandes ojos y dientes blancos con la marca roja en la frente propia de las mujeres casadas, ni le interesa ni le impresiona mis logros en la montaña, no dejan de ser capricho de extranjero comparado con su supervivencia diaria.
Sonríe de nuevo y coloca la ropa en un lado de la balanza, una de esas balanzas que apenas se encuentran ya en España, las de pesar el bacalao en salazón, como la que tenía Candamo en la calle San Francisco. Acompaña un juego de pesas incompleto y ennegrecido por el uso y la humedad del cercano Lago Pewa. Coloca la pesa de un kilo y la bolsa con mis sudores montañeros ni se inmuta, así que la chica coge de un estante cercano una bolsa de harina de maíz y lo pone junto a la pesa, nada. Me mira riéndose de mi sorpresa mientras coloca ahora un paquete de jabón en polvo, en esta ocasión la ropa se eleva de golpe, demasiado. Retira el jabón en polvo y coloca un bote de pasta de dientes, entre mis risas y las suyas la retira y pone una pastilla de jabón de manos. La bolsa sube y baja en la balanza con las sucesivas tentativas de medición ¿exacta?
No sé si le hace gracia que yo me ría, si esta haciendo el payaso para mi, si es el procedimiento habitual o si es una mezcla de razones cuyo resultado sencillamente es que nos lo estamos pasando bien los dos, el caso es que sigue el juego. Pone una pesa de un kilo y la ropa que estaba abajo vuelve a subir de golpe. Más risas. Ella se para de golpe pero sin brusquedad y suelta en un rudimentario ingles: “tres kilos y medio, ¿si?”. Yo le digo: “¿serán dos y medio, no?”, “OK” responde ella moviendo graciosamente la cabeza en ese gesto tan tierno e indefinido que comparten indios y nepalíes al tiempo que devuelve todos los productos a los estantes.
Me alejo entre charcos de barro pensando aliviado que mi esfuerzo por subir a la montaña no es otra cosa que una pesa roñosa de un kilogramo, más un paquete de harina de maíz, multiplicado por una fórmula aleatoria de pastilla de jabón, más menos un bote de pasta de dientes, todo ello dividido por el coeficiente de una risa nepalí. En el otro plato de la balanza el macizo del Annapurna… imposible el equilibrio.
En un par de días Calcuta de nuevo, ya les contare, sean felices.
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