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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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sábado, 25 de febrero de 2017
El hombre gastrocerebral (II)

     Pero hay un problema: el estómago, por mucho que haya subido de categoría, no puede evitar que le afecte la desvalorización de lo digestivo que arrastramos desde antaño, cuando lo inferior moralmente coincidía con lo que se hallaba del pecho para abajo. Por eso, ni siquiera ahora puede aspirar a constituirse en el receptor último de todas esas delicias que pasan a su través. Esa función ha de desempeñarla alguna otra entidad más encumbrada. Pero, cuidado, estamos en un mundo en el que, como gritaba el Segismundo rebelde de Calderón, sólo creemos en lo que se toca y ve. Y lo único que se toca y ve del hombre son sus órganos corporales. Ya no cuenta el alma, por supuesto, que nos llevaría a relatos mitológicos. Ni siquiera la mente, partícipe culpable de lo intangible. ¿Acaso podemos echar mano del yo, de ese yo que se arroga el protagonismo de nuestras frases? De ninguna manera, porque ¿dónde está el yo, con qué instrumento lo detecto, en qué fluidos corre, entre qué confines se alberga? No. Ni alma, ni mente, ni yo. Si somos cuerpo, sólo en el cuerpo ha de estar la solución. Y qué mejor que recurrir  a ese órgano que ya de por sí cuenta con la ventaja de hallarse en la parte más alta de lo que materialmente somos: el cerebro es la clave, es lo que somos, nuestra identidad, nuestro piloto, nuestro guía. Son sus lóbulos, sus circuitos, sus transmisores de señales, sus cargas y descargas, sus excitaciones e inhibiciones los que lo explican todo. Por supuesto, el cerebro no está tan presente en la vida cotidiana como el estómago y su tropa de derivados. En mi barrio, claro, no hay tiendas dedicadas al cerebro y, al fin y al cabo, no es fácil, ni siquiera molón, saber de qué va el hipotálamo o cómo actúa la serotonina y siempre puede meter uno la pata creyendo que la amígdala es la de la garganta de los niños. Pero eso no quita para que también haya una  cantidad notable de programas de televisión dedicados a fascinarnos con las cosas increíbles que hace el cerebro y los expertos y médicos no manejan ninguna otra referencia que no sea el cerebro. Los mismos psicólogos, cuya profesión parece incompatible con la negación de la especificidad de lo mental, tienen el cerebro siempre en la boca, valga la expresión. Y todos, seducidos por tanta eficacia explicativa, hemos renunciado a hablar de nosotros mismos, de lo que tú y yo queremos o pensamos, para dejar nuestros ajetreos en las manos determinantes del cerebro (y válgame el cielo para que me valga esta nueva expresión incoherente). El cerebro ya no es mi cerebro, porque, si no existo yo, no es posible que lo posea a él. Hablar en primera persona es una argucia de ese órgano encumbrado  que domina un cuerpo que se mueve de aquí para allá en el universo de los impulsos electroquímicos, el único real. Por supuesto, la gente no sabe ser coherente del todo y se deja llevar por expresiones como “el cerebro me dice”, cuando debiéramos darnos cuenta de que el cerebro no dice nada a nadie, ni es de nadie, pues habla, al parecer, para sí y no necesita de nosotros.

    Si me permiten una última pincelada, añadiré que, aunque parezca paradójico, el hombre gastrocerebral gusta de manejar – incluso de exhibir- una cierta filosofía o manera de entender la vida. Aunque bien es verdad que no exige grandes esfuerzos intelectuales para entenderla. Bastan dos palabras, placer y felicidad, para contener todo su pensamiento.  De manera coherente, la felicidad de nuestro hombre tiene  su base material en el estómago y se torna más sutil en el cerebro. Pero nunca se hace mucho más sutil: en el fondo, no hay otra felicidad que la directamente experimentada en el estómago o evidentemente emanada de él. Este lugar en el que vivimos ya no es aquel valle de lágrimas en el que estábamos convencidos de habitar los que ya peinamos muchas canas. Ahora, sobre el valle de marras brilla el sol de la felicidad, del que irradian los muchísimos placeres de la vida. Se vive para ser feliz, repetimos, o  yo sólo quiero que mis hijos sean felices o es un placer estar contigo … Los gastrocerebrales somos ingenuamente hedonistas, epicúreos sin profundidad, permanentemente planos. Pero, quién sabe, quizá tengamos razón y no existan ni la profundidad ni la altura. Por eso la felicidad, tal vez, pueda alcanzarse con solo dejarse llevar por la papilas, los jugos digestivos y el ir y venir de los neurotransmisores en sus sofisticados circuitos.

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