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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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domingo, 17 de julio de 2016
El sorpasso fallido

   Más que las posteriores elaboraciones de los órganos directivos de Podemos, tocadas ya de las convenciones del mundo de la política, me interesa, ahora que se van viendo las cosas con algo de distancia, el primer análisis con el que Pablo Iglesias intentó explicar el retroceso electoral de la coalición política a la que representaba. Se trataba, dijo, de que, a pesar de que ellos despertaban simpatías, no obstante, a la hora de la verdad, no suscitaban la suficiente confianza como para que la gente les votase masivamente. Era una propuesta clara y de una sinceridad poco común en los discursos de nuestros políticos. Confieso que, aunque ideológicamente me encuentre lejos de Iglesias, sus reflexiones, especialmente cuando incluyen ingredientes psicológicos, suelen resultarme interesantes. Hace un par de meses me llamó la atención su sugerencia de que la relación que mantenían con él los periodistas era de amor-odio, remitiéndose al psicoanálisis para contextualizar su apreciación. Creo que, también en este caso, acertaba al describir y analizar la situación -lo que no quita para que encuentre impertinente su manera de proceder en la conferencia universitaria en la que desarrolló la idea. Es más, yo aventuro que esa ambivalencia emocional ha sido propia no sólo de los periodistas, sino de la mayoría de los españoles. Seguramente, la compleja dinámica de los afectos que han movilizado tanto él como sus seguidores puede explicar mejor que otros factores el inesperado descenso de los votantes que decidieron finalmente apoyarles. 

   Freud llamó actos fallidos a aquellos que se apartan un tanto de lo que inicialmente la persona pretende ejecutar y suponía que esas distorsiones se debían a interferencias brotadas del inconsciente. Tal vez algo así, si se me permite trasladarlo a lo colectivo, pudo suceder el 26-J. Fíjense que en el hablar cotidiano atribuíamos a la propia coalición Unidos Podemos la potencia para llevar a cabo el sorpasso. Sin embargo, esa capacidad no radicaba, en último término, en ella, sino en los electores. O, lo que es lo mismo, era la sociedad española la que tenía que ponerla por delante del Partido Socialista y a escasa distancia del Popular. Y las encuestas indicaban que la voluntad social existía porque se mostraba con resolución en la conciencia de los encuestados. Pero, como nos fue revelando la noche postelectoral -para sorpresa general-, no tuvo el dominio suficiente en la ejecución final del acto de votar. Parcialmente bloqueado, el deseo de dar el voto a los de Iglesias se distorsionó, corrió por nuevos cauces y acabó permitiendo que fuera otra la papeleta elegida. Se había producido, así, un acto social que no coincidía con el designio inicial y que había hecho fallar todas las previsiones. El sorpasso era ya un sorpasso fallido.

   Pero en este esquema explicativo me falta aún abordar la cuestión crucial: ¿qué fue lo que se interpuso entre esa simpatía de la que hablaba Iglesias y la realización de un acto en consonancia con ella? Aunque me haya servido del psicoanálisis para encuadrar mi argumento, prefiero para responder a esta pregunta dejarme llevar por la moderna psicología social. Creo que, en general, no se vota conociendo el programa de los partidos ni por ningún otro tipo de conocimiento adecuado para el caso, sino por las atribuciones de identidad que se manejan en el escenario político. Por eso, me atrae la idea de que fueron las fluctuaciones de la identidad colectiva las que desviaron la trayectoria de la flecha electoral. Podemos ha jugado bien las cartas que tenía en la mano, pero, como es obvio, no poseía toda la baraja. Se presentó como el representante de los más humillados por la crisis y como el adalid de los que estaban dispuestos a acabar con la corrupción de los poderosos, insinuando, al menos, su intención de alterar el orden político vigente desde el 78. En un primer momento, el descontento social exacerbado por lo peor de la crisis permitió que la identificación con el Podemos de los desahuciados, que describía un país de explotación y de miseria tercermundista, fuese en rápido aumento. Pero, después, cuando la  crisis se fue haciendo menos corrosiva, la retórica y los gestos públicos de sus dirigentes perdieron atractivo. Seguían impactando, pero ahora iban configurando una identidad fundamentalmente excéntrica. A la mayoría de los españoles no les atraía ya verse incluidos en el saco de los más pobres, ni se sentían tan jóvenes ni tan contestatarios como para coincidir con el estilo o los comportamientos poco convencionales de los de Podemos. En este país prácticamente todos nos identificamos con las clases medias, nadie quiere verse ni como pobre ni como rico, y esa medianía se extiende a los ademanes, a los gestos y hasta al aspecto. Las encuestas, por eso, muestran reiteradamente el predominio del centrismo en política y, para tal sociedad, Pablo Iglesias se estaba convirtiendo a paso rápido en alguien literalmente ex-céntrico. Había sabido aprovechar sus bazas, pero el juego de las ambivalencias y de las identidades acabó por impedirle ganar definitivamente la partida.

    Probablemente la alianza con Izquierda Unida contribuyó a debilitar la tendencia a identificarse con el experimento Podemos. Los rancios comunistas -como Cayo Lara, que, en plena campaña, defendió en la radio las virtudes del partido único de los Castro- le restaban glamour juvenil y agrandaban las sombras de añoranzas siniestras. Sin embargo, me inclino a creer que, en lo fundamental, la suerte le estaba abandonando desde antes y por motivos consustanciales. La misma identidad excéntrica que les había aupado, se había convertido en una camisa de fuerza para las principales figuras de Podemos

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A. Marcos

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