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Con “A” de aprender | por Alberto Martín García
foto Con tanta vocación de profesor como de alumno de mis alumnos en la Universidad, comparto con los lectores de El Adelantado de Segovia este blog. Pretendo dar mi visión de diferentes aspectos relacionados con la educación y su situación actual. Soy buen amante del debate y la discusión y, si lo consideras oportuno, tu aportación como lector será bien recibida y hará de Con "A" de Aprender un espacio abierto con el que espero seguir aprendiendo.
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miércoles, 19 de octubre de 2016
Llévame hasta el mar

Empieza el otoño. Las playas de norte se quedan huérfanas. Dónde están aquellos que clamaban todo el año por unos días respirando el Cantábrico. Volvieron a sus ciudades, a poner de nuevo en marcha la cuenta atrás para el próximo año. Apenas hay unos cuantos paseantes, tres chicas corriendo y una vieja cometa que aún tiene miedo de volar en las manos de un adulto que disfruta intentando alzarla con la misma torpeza que con nueve años, cuando pensaba que con ella atravesaría las nubes.

También hay un puñado de veteranos bañistas que después del verano vuelven a disfrutar de su mar, el que durante un trimestre les ha sido vilmente arrebatado por los turistas. Y eso que no vivimos en el Mediterráneo, que allí no podríamos ni colocar las chanclas desde mayo a septiembre, le dice uno a otro cada vez que se aleja agosto, como si fuera la primera vez que se lo cuenta. Y el otro, también como si fuera la primera que lo escucha, asiente y se estremece pensando en esa posibilidad. Tienen sus protocolos establecidos. Cada uno sabe su papel.

A las doce en punto llega Marcelino.  Andrés empuja su silla de ruedas por el acceso para personas con movilidad reducida. Marcelino está contento. Arrastra la alegría desde dos días antes. Celebró su noventa y cuatro cumpleaños, y vinieron todos. No faltó ninguno de los suyos. Desde hace muchos años se empeña en pensar  que esa será la última celebración. Pero en el fondo no se lo cree. Me queda cuerda para rato, le dice a quien quiere escucharlo. Andrés es su asistente y se sabe sus chascarrillos de memoria, pero en cada nuevo recordatorio se hace el sorprendido.

Andrés, que no se enteren mis hijos. Hoy nos vamos a bañar. Quiero coger olas. Marcelino no lo pide. Lo ordena. No porque sea un hombre autoritario, pero sabe que si lo expone como una opción su asistente, en su infinita coherencia, le dirá que no, que con lo que le cuesta levantarse de la silla es un peligro bañarse. Pero Marcelino no le hace caso. Su único peligro es quedarse en casa haciendo lo que más le aconsejan: descansar. Para qué quiero yo descansar, piensa, si en nada estaré 'en el otro barrio' y no podré hacer lo que más me gusta, coger olas. Se ha puesto su bañador preferido, el rojo con una raya negra en los laterales. Llegan a la orilla. Los otros le saludan a lo lejos. Si tuviera ochenta años como esos viejos anda que iba a estar yo nadando a braza como un abuelo, estaría subido en las olas con mi tabla, refunfuña Marcelino. Y Andrés se ríe con las ocurrencias del ‘jefe’, como lo llama cariñosamente.

El asistente lo sujeta de los brazos en la orilla. La marea avanza. Se mojan los pies. Para Andrés está helada. Para Marcelino calentita. Qué placer ha sido el contacto con la arena después de mucho tiempo. Por qué no vengo más, se pregunta, como si tener noventa y cuatro años, dos infartos y una cadera desgastada no fueran suficientes motivos. Avanza a pasos cortos, mar adentro. Le tiemblan las piernas. Parece a punto de derrumbarse. Cada vez que levanta un pie del suelo es un reto. No sabe si podrá con el siguiente paso, pero no hay tiempo para pensar en un futuro tan lejano. Cuando el agua los envuelve hasta las rodillas, Marcelino empieza a reír. No puedo más, Andrés. Siéntame aquí. Y Andrés duda. Pero la mirada del ‘jefe’ no da lugar a otra opción. Si le ven sus hijos lo despiden, piensa el asistente.  Sin soltarle de las manos lo va inclinando poco a poco hasta que Marcelino queda sentado y el agua lo cubre hasta el pecho. Cierra los ojos. Sólo se escucha las olas a lo lejos chocar contra el acantilado. Siente el salitre en los hombros. Abre los ojos y se encuentra en su lugar preferido, pero setenta años atrás, cuando apenas eran cinco amigos en el pueblo los que se atrevían a meterse en el agua. Están todos: Javi, Marcos, Pepe y Laurita, la única chica de su grupo. Sujetándose unos a otros para aprender a nadar en la orilla, primero los pies y después los brazos. No necesitaban nada más que las ganas de bailar con las olas para mantenerse a flote. 

Marcelino abre los ojos. Y recuerda a sus amigos. Ninguno está ya. La vida se los llevó por delante. Por ellos también se baña, porque se enfadarían si no lo hiciera, él que aún puede, él que se niega a que la edad sea la excusa para dejar de disfrutar. Con ayuda de Andrés se tumba en el agua, estira los brazos y las piernas y se deja llevar. Mete la cabeza dentro y expulsa el aire por la nariz, creando un pequeño ejército de burbujas. Ojalá el mar fuera generoso y me llevara con él mar adentro, se susurra. Es un deseo que sabe que no se va a cumplir. Y no quiere que se cumpla. Porque noventa y cuatro años le siguen pareciendo una edad maravillosa para seguir haciendo grandes cosas, y mañana, si hace sol, volverá a bajar con Andrés a la playa. Sin que se entere nadie. No lo entenderían. Sólo unos pocos saben apreciar que no hay mejor día que el que se vive en presente continuo. Así durante noventa y cuatro cortos años.

Así es Marcelino… 

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