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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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miércoles, 30 de agosto de 2017

    Hace cien años, saber sobre algo equivalía a conocer la historia de ese algo. Ahora, sin embargo, la importancia atribuida a la historia para la explicación de las cosas ha perdido, con razón o sin ella, aquel estatus. Los análisis de por qué el reino Unido ha decidido cortar con el proyecto europeo suelen ser buenos ejemplos de esa manera de ver lo que viene sucediendo. El brexit se explica, así, por los intereses actuales de los ingleses, puestos sobre la mesa por sus sucesivos gobiernos y concretados en exigencias como la de mantener la libra, la de disminuir los derechos sociales de los trabajadores inmigrados o la de no participar en los rescates de países miembros de la eurozona.

     Pero ¿es posible entender ni siquiera esas cláusulas de exención (opt-out, en expresión técnica inglesa) sin saber de dónde viene este gran país que ahora quiere dejarnos? Y, sobre todo, el rechazo inglés de la cesión de su soberanía en beneficio de un proyecto federal ¿no requiere remontarse a lo que Gran Bretaña ha sido y representado en los últimos trescientos años? Porque se trata de un rechazo potente y persistente. No es ni el capricho de una minoría ni se puede asimilar a una moda pasajera. Por el contrario, es el sólido depósito de su historia, de un pasado secular que no permite que los ingleses –en el sentido de británicos- puedan ver el fenómeno de la unificación europea con la misma perspectiva que las demás naciones. Aunque forman parte del mismo mundo cultural, político y económico que nosotros, ellos siempre han mantenido una acertada marginalidad que les ha evitado ser arrollados por otros, a la vez que permitido corregir desde fuera los desastres del Continente. Inglaterra no ha desatado las grandes guerras ni las ha sufrido tan intensamente como Francia o Alemania, por lo que no ha percibido de manera tan perentoria la necesidad de encontrar el camino para evitarlas. Incluso tiende a desconfiar de los movimientos políticos de los países continentales por su tendencia al desequilibrio. Además, ha dominado y gestionado hasta hace cuatro días el último de los grandes imperios mundiales y el progreso técnico, científico y político que nos ha permitido distanciarnos a todos de las limitaciones del pasado tiene mucho que ver con lo que sus ciudadanos han aportado, con su empuje como locomotora de la modernidad.  Y eso lo han hecho por sí solos, sin necesidad de recurrir a la fusión con otras naciones. Inglaterra, en realidad, ha visto el proceso europeo de unificación como una pata más de su propio proyecto de liderar una comunidad de beneficios a nivel intercontinental. Su obra colonizadora y los intereses a ella asociados han puesto las bases de la actual estructura económica mundial, regida además por la preponderancia comercial de su lengua. No se sumó, pues, el Reino Unido al proyecto europeo ni por las mismas razones ni con la misma urgencia que otros estados, sino por otras más livianas y prescindibles.

    Al parecer, los jóvenes ingleses son partidarios de mantenerse en la Unión, mientras que los mayores se inclinan por el brexit. Quizá porque esa historia de la que hablo pese más en la mente de sus mayores que en la suya. Pero ¿y si, por esta vez, fuera más acertada la visión de los viejos que la de los jóvenes, la de los que palpan aún las costuras de las cicatrices del pasado que la de los que solo han vivido el esplendor de los tiempos presentes? Porque, aunque yo sea partidario de los procesos de unificación, me doy cuenta también de sus límites. Me gusta la UE y admiro el proceso que iniciaran Schuman y Adenauer, que ha acabado siendo un remedio eficaz contra la exacerbación de los enfrentamientos que anteriormente habían conducido a la guerra. Pero no veo necesario que tal proyecto tenga que incluir a Inglaterra. Incluso pudiera ser que su marginalidad siguiera funcionando como un estímulo o como un corrector. Una Europa absolutamente integrada carecería de un contraste próximo, de un espacio político cercano en el que se articularan alternativas sociales o económicas distintas a las suyas. Tener un vecino que lo hace mejor o peor que nosotros es siempre provechoso para rectificar o para mantenerse en lo propio. Imaginen, además, que la Unión Europea retrocediese hacia soluciones autoritarias. Hasta ahora los populismos se han inclinado del lado de los nacionalismos particulares, pero pudiera ocurrir que brotara una nueva generación de partidos totalitarios que pugnasen por el control de las instituciones comunitarias. Sería bueno, entonces, que no todos nos hubiéramos embarcado en el mismo navío.

     Con independencia de los previsibles inconvenientes económicos del brexit, puede pensarse que este apartarse de la unificación europea tenga su lado positivo. Quizá no venga mal que el país que ha abierto tantos senderos nuevos para el mundo  siga aún trazando su propio e independiente camino. Unirse es, desde luego, positivo, pero la historia del mundo, para progresar, ha necesitado también de espacios diferenciados de evolución y de desarrollo cultural.

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A.Marcos

martes, 25 de julio de 2017

     Ser mujer no es fácil. Ellas han sido menospreciadas y hasta maltratadas a lo largo de  la historia y aún sufren terribles condiciones en los países atrasados. Incluso en los más adelantados, a pesar de la mejoría, no han conseguido aún, en la vida ordinaria, el mismo aprecio que nosotros, ni se han librado por entero de la violencia ejercida por los varones para someterlas. Pero ¿qué ocurre en el otro lado de la polaridad sexual? ¿Es que somos los hombres, por nuestras ventajas sociales, rematadamente felices? Creo que no:  todo lo contrario, no somos felices, ni mucho menos. A nosotros  también nos pasa algo. Y algo grave, aunque tenga otro aspecto que lo de las mujeres. Algo que, por así decirlo, no nos deja vivir ni convivir. Seguramente, se trata de una dolencia que se ha mantenido siempre ahí, pero la diferencia está en que ahora tenemos datos que nos la muestran con claridad: es evidente que la condición masculina sufre su propio drama.

     Las cifras del suicidio en España son impresionantes desde cualquier punto de vista, pero lo son especialmente en lo que nos toca a nosotros. Tomen las publicadas por el INE el pasado febrero sobre muertes no naturales: en el año 2015, hubo 3602 suicidios, de los que se sabe también que ¡2680 correspondieron a hombres! ¿No son estos dos millares muy largos de muertos la punta del iceberg de la decepción y de la incapacidad de los varones para disfrutar de la vida? No soy partidario de psiquiatrizar la vida humana y prefiero ver, en principio, el suicido como el resultado de una tensión existencial que inhabilita para seguir en pie. Y los hombres, por valientes o por cobardes, no lo sé, rompemos esa tensión cargando contra nosotros mismos. Pero es que hay más y muy malo. En nuestro contexto cultural y según Eurostat, en 2014 los varones representaban el 95 % de la población carcelaria de la UE. En España, los hombres –permítanme usar la palabra en sentido amplio o sociológico: es evidente que en lo particular la inmensa mayoría de nosotros estamos exentos de culpa- asesinan a unas 60 mujeres cada año, sin ser capaces de encontrar medios apropiados para resolver sus dificultades como pareja. En esto, seguramente, habría que reconocer cierto valor a quienes deciden quitarse ellos mimos de en medio y no descargar su ira contra la mujer que les frustra o que, simplemente, les limita. Los muertos de tráfico son otra de las grandes dimensiones de los varones. Según la DGT, el 76 % de los fallecidos por este motivo en 2015 fueron hombres. Algunos especialistas ven, además, que el registro de accidentes oculta una parte de suicidios.

     Para entender lo que nos ocurre, ya he dicho que prefiero aquí recurrir al análisis de las tensiones que nos incapacitan.  Y, desde mi punto de vista, son las creencias y actitudes machistas las que están en la base de la exacerbación de nuestros problemas. El machismo, en su reverso, se articula como una impotencia. Si en el anverso, el varón es el ser que todo lo puede, el dueño absoluto de su casa y de los seres que en ella habitan, los datos revelan lo que se esconde en el otro lado. El hombre actual, desprovisto de la protección legal que en otras épocas se dio a su sentimiento de omnipotencia, es incapaz de vivir por sí solo. En lo más elemental, le cuesta cocinar, fregar y lavar o mantener la limpieza del hogar. Sus relaciones personales adolecen de profundidad. Su mujer es un instrumento para evitar su desorden y la estulticia de muchos de sus vínculos y aficiones. La paternidad, si se desvincula de la fuerza atractiva de la madre, se hace nada. Los hombres no somos acogedores sino prepotentes y, con facilidad, agresivos. Nuestras amistades se constituyen sobre prácticas vociferantes y ostentosas. Las mujeres hablan más entre ellas, son más sociables, visitan exposiciones, estudian más, acuden a conferencias o se interesan por la cultura y el arte. Lo nuestro es, más bien, el estadio deportivo y el grito de guerra. En fin, ellas tienen más apañada la vida que nosotros y, de ser necesario, dejan la pareja sin sufrir una desestructuración de su intimidad tan acusada como la nuestra.

   El hombre, al menos en las circunstancias presentes, carece del poder y de la capacidad de los que le gusta presumir. No logra orientarse –o no logramos orientarnos- en una sociedad en la que la técnica, los valores igualitarios y la emancipación de la mujer le van descabalgando de tantos privilegios heredados y probablemente asociados a la rudeza del trabajo en el pasado y a la importancia que tuvo la función militar. Si la mujer mantiene una larga pugna con el machismo, nosotros debiéramos sumarnos a esa empresa. Que nos deshagamos de esta antigua manera de ser varones no sólo les beneficia a ellas –que no es poco- sino que para nosotros constituye un requisito imprescindible para mantenernos en pie y en el aprecio de la vida.

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A. Marcos

domingo, 4 de junio de 2017

   El triunfo de Emmanuel Macron en Francia nos ha devuelto la esperanza a los que creemos que construir una Europa unida responde a un ideal estimulante y es un buen objetivo. El nuevo presidente francés nos sorprendió inmediatamente con la constitución de un gobierno en el que, bajo la dirección de Édouard Philippe, han cabido desde  conservadores a socialistas  y verdes: por ejemplo, el ministro de economía, Bruno Lemaire, es diputado de los republicanos, pero Gérard Collomb, ministro del interior, es senador socialista o Nicolás Hulot, ministro para la transición ecológica y solidaria, procede de los verdes. Además, mujeres y hombres coinciden en número de representantes, once y once, y hay mezcla de políticos viejos y con experiencia y de otros más jóvenes y con menor bagaje. Es verdad que en Alemania han sido relativamente frecuentes los gobiernos de coalición, pero, desde mi punto de vista, éste que ahora se estrena en Francia reviste una particular importancia para su propio país y para toda la Unión. El proceder de Macron ha llenado, dentro de la moderación, el hueco dejado por los partidos tradicionales en decadencia y ha articulado una respuesta europeísta sin complejos cuando el Frente Nacional se crecía en su repudio de Europa.

   Dicen que sus planteamientos son  transpartidarios y postideológicos, cosa que agrada a unos y enoja a otros. También se dice que no responde al verdadero ideario y sentir de Macron, sino a una mera táctica para ampliar  el abanico de posibles votantes de cara a las inminentes legislativas. No creo que sea así, pues ya en febrero declaró su intención de unir la derecha moderada, el gaullismo social, la socialdemocracia y el ecologismo. Sea como fuere, a mí me gusta creer que sí es un gobierno que de verdad expresa una firme voluntad de relanzar Europa y de hacerlo desde una renovada pulsión integradora. Porque ¿qué es Europa, sino esto? La Europa que estamos construyendo ahora responde, en efecto, a un magno proyecto de reacondicionamiento que pretende  ofrecer a cada una de las fuerzas que la han ido forjando la posibilidad de participar en la determinación de su destino. Y, a diferencia de otras épocas coercitivamente unificadoras, lideradas por iluminados terribles, nuestro camino común se va trazando de manera pacífica y pactada. Aquí, en esta Europa nuestra, debe caber la tradición clásica y cristiana, sobre la que se forjó nuestra manera de ser, pero también deben tener su sitio todos aquellos que desde hace doscientos años han desarrollado la forma de ver el mundo desde la perspectiva de la ciencia y de la emancipación individual y social de todos los seres humanos. Unos y otros han -o hemos- cometido errores y hasta hemos caído temporalmente en abismos oscuros, pero se han hecho también cosas hermosas. El progreso mundial en el reconocimiento de los derechos humanos y en la mejora material de los pueblos ha dependido mucho de la dinámica espiritual y social generada en nuestro continente. Y es este desarrollo integrador de la nueva Europa el que se ve amenazado por esos líderes que, reavivando los viejos demonios, contribuyen -no sólo aquí, sino también en América- a escindir la sociedad occidental en dos bloques antagónicos, en dos mitades incapaces de reconocer en el otro lado algunos o muchos de los valores positivos que ven en el suyo.

   La Unión Europea no es la Europa de los mercaderes y, en todo caso, no debería serlo, si se entiende por tal la hegemonía irrestricta de lo económico. El dinero debe ponerse al  servicio  del programa  humanista y humanitario en el que reside la sustancia de lo europeo. Esa subordinación no es retraso para la vida económica, sino estímulo para su evolución. Reunir a los representantes sensatos de las fuerzas  vertebradoras de Europa es un gran acierto de Macron y la constatación de su capacidad para el liderazgo. El nuevo presidente francés no es un político vulgar. Comenzó estudiando filosofía, ha hecho una espectacular carrera en la administración y la política y aún mantiene el interés por la lectura y se adentra en autores como Ricoeur o Castoriadis. Europa está necesitada de líderes como él. Estamos demasiado en manos de expertos en derecho y finanzas y nos faltan hombres que sepan también de ideales y de humanismo. La preparación técnica de Macron parece no haberle impedido mantener esa elevada perspectiva. La alta política no es cosa de abogados ni de economistas, sino de filósofos en el sentido platónico, es decir, de aquellos que, por creer en el bien común, saben hacernos soñar con la posibilidad de vivir en un mundo más acogedor y estimulante. Y por esto y para esto existe Europa. 

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A. Marcos

domingo, 7 de mayo de 2017

   Se habla con frecuencia del culto al cuerpo en la sociedad actual y, sin duda, el cuerpo humano es el ídolo ante el que con más facilidad nos inclinamos todos o casi todos, a pesar de que las buenas maneras exijan que digamos que damos más importancia al interior de las personas (lo suelen decir con mucho desparpajo los participantes en esos programas de gran audiencia que sirven para encontrar pareja). Desde luego, es llamativa la proliferación de gimnasios y de locales dedicados a diversos cuidados del cuerpo, además del interés que despiertan los regímenes alimenticios adecuados para mantenerse en forma o el control informatizado de los pasos y otros de nuestros movimientos con objeto de hacer lo más conveniente para vigorizar nuestro organismo. Ser guapo, joven, musculoso y esbelto son bienes muy preciados. El rostro no queda aparte y se recurre a la cirugía o a las sustancias rejuvenecedoras con tal de no tener una nariz aguileña o unas arrugas encima de los labios. Y si uno se dejara llevar por la publicidad tendría que pensar que su vida carece de sentido porque sólo los anatomías maravillosas transitan por el universo de los objetos deseables.

   Son muchos los que creen que ese culto es un invento de  nuestra época. Nada más lejos de la realidad: repasen la historia de la escultura y seguramente coincidirán conmigo en que el asunto viene de lejos. Pero, sobre todo, les recomiendo que lean el capítulo inicial del libro primero de los Macabeos. Se trata de una narración histórica de lo sucedido en Israel cuando sus costumbres colisionaron con las del mundo helénico, entonces en expansión. Allí donde llegaba la moda griega aparecían de inmediato los gimnasios y la exhibición de los cuerpos desnudos. Incluso se nos ofrece el detalle de que los jóvenes judíos helenizantes se reconstruían los prepucios, en un sorprendente ejercicio (¿cómo lo harían?) de mejora de la imagen.Y, si nos entregamos a lo sugerido por el relato, deberemos concluir que la idolatría o adoración de falsos dioses va acompañada siempre de la idolatría del cuerpo. A los griegos les gustaba representar a sus dioses, afortunadamente para el arte, con anatomías perfectas y, si decayó el valor de aquellos dioses, no es de extrañar que se viniera abajo el prestigio de los cuerpos.

   Pero los ídolos sólo son falsos en cierto sentido. Desde luego, no pueden conceder de manera directa aquello que sus fieles les demandan. Sin embargo, revelan las verdaderas  pasiones de los hombres y les incitan a movilizarse para servirlas. Y la pasión de pasiones es el afán de dominar a los demás, de situarse sobre ellos, de manejarlos a nuestro antojo. Desde ese punto de vista, la veneración del cuerpo, antes y ahora, supone querer poseer simultáneamente la belleza y la fuerza y, con ellas en nuestro poder, imponer nuestra voluntad o nuestro capricho. Cuando admiramos un cuerpo, no veo yo que prime en nosotros la contemplación reposada de lo bello, sino, más bien, la admiración de su poder de seducción, de su capacidad para doblegar la resistencia ajena. En cuanto a la fuerza, suele evitarse considerar que el desarrollo muscular, tal y como se practica en la actualidad y se debió de hacer en el pasado, no sirve tanto a la función estética como a la bélica. Las armas artificiales fueron precedidas por las armas naturales y los brazos son las armas naturales por antonomasia. En las lenguas de nuestro entorno arma y brazo parecen querer decir lo mismo: arm es el brazo de los ingleses. Tener un brazo fuerte, que es lo que se logra en el gimnasio, es garantía de supervivencia. En la vida ordinaria, en el colegio, en la fábrica, en el bar o en la calle no hay nada más universalmente respetado que unos buenos bíceps.

   El culto al cuerpo es, pues, una constante cultural  que no debe verse como una inocua idolatría. Puede ofrecer desarrollos que eleven el espíritu, pero, por lo general, arrastra tras de sí una paralizante limitación de las posibilidades humanas, al mantenernos atados  a la necesidad de prevalencia social. Y esa atadura es la que, desde mi punto de vista, mueve actualmente a la mayoría de sus practicantes.

 

jueves, 30 de marzo de 2017

   Los independentistas catalanes sostienen que los pasos que van dando para crear un estado nuevo, que debería proceder de la separación de una parte del actual Estado español, son producto de un genuino proceso democrático. En el lado opuesto, el gobierno de España y todos los que le apoyamos en esto consideramos que es también la democracia la que sostiene nuestro empeño en evitar la secesión mediante el procedimiento que ellos han iniciado. Entonces, ¿quién tiene la razón?, ¿en qué orilla está la democracia si se tiene por tal el ejercicio del derecho al voto y ambas partes lo  entienden así? ¿Basta con poner las urnas en la calle, como se dice en el lado nacionalista, para considerar que se está actuando democráticamente? ¿O, como se repite desde Podemos, no está bien condenar a quienes se han limitado a sacar urnas? Si ustedes vienen leyendo lo que escribo, recordarán mi interés por el problema de los límites de la democracia. Más allá del uso mágico de la palabra, tan frecuente entre los que se identifican de manera fanática con ella –y contradictoria, pues ha sido pensada como antídoto del fanatismo-, la democracia no lo soluciona todo, sencillamente, porque no lo es todo. Sus propios procedimientos pueden llevar al poder a dirigentes incompetentes o de ideologías disolventes.  Tampoco ha estado ahí siempre, ni tiene garantizada su permanencia en el futuro, ni caracteriza a todos los gobiernos del planeta. Y, lo que aquí más nos interesa, no basta con creer que la democracia consiste en sacar las urnas a la calle: hay que determinar previamente quién debe ponerlas, por qué motivo, en qué momento, a quién se convoca y dentro de qué fronteras.

   Es verdad que, en cierto sentido, puede decirse que las urnas son siempre democráticas, pero, si se aplicara tal principio a rajatabla, cualquiera podría ponerlas en su barrio, restringiendo el electorado a su antojo para evitar la aplicación de leyes que perjudicaran sus negocios por muy deshonestos que fueran. Resulta claro, pues, que toda democracia requiere de un ámbito dentro del cual se ejerza el derecho al voto y que, en principio, sea inalterable. Pero la cuestión está en cómo se constituye ese ámbito. Desde luego, la democracia no nació con el comienzo de los tiempos y ni siquiera con el comienzo del tiempo históricamente documentado. Por lo tanto, a cualquier democracia le ha precedido un tiempo predemocrático de gran importancia porque en él se han gestado muchas de las condiciones en las que aquella tendrá que desarrollarse. Especialmente, en el periodo predemocrático se generan los que luego deberán ser sus límites geográficos y demográficos. Así, por ejemplo, la democracia americana se proclamó en los territorios de las trece colonias inglesas del nordeste del continente y Francia erigió la suya dentro de las fronteras heredadas de las posesiones de las dinastías reales que gobernaron el país. En España, han sido el territorio y los pueblos que habían pertenecido a los borbones los que han constituido el marco de las democracias que, con diverso grado de profundidad, se han establecido desde el siglo XIX.  Ninguna democracia, es patente, ha surgido de la nada histórica. Sin embargo, una vez constituidas, las democracias reclaman como suyo el ámbito en el que han nacido y no permiten su alteración sino desde los procedimientos generales que hayan sido aprobados por todos los que forman parte de él. Si un territorio con una determinada población y que es sólo una parte del conjunto quisiera trazar una nueva frontera sin recurrir al procedimiento democrático general, no estaría situándose en el limbo de la predemocracia, sino recurriendo a procedimientos antidemocráticos, en cuanto que opuestos al sistema democrático en el que se halla incluido.

   Desde mi punto de vista, este es el caso del secesionismo catalán: mediante un proceso sui generis se pretende instaurar una situación nueva, que, tal vez, pudiera dar origen a una nueva democracia, pero que, de ninguna manera, lo haría democráticamente. En realidad, el “proceso” es antidemocrático, en cuanto conculca el orden democrático en el que está incluida Cataluña. El sofisticado golpe de mano que se está llevando a cabo puede desembocar, en el mejor de los casos, en una situación predemocrática, aunque se trataría de una predemocracia bien distinta de aquellas que han constituido la salida histórica del absolutismo monárquico o de las dictaduras. No habría aquí aquella ingenuidad originaria, sino la perturbadora constatación de que quienes han propiciado la nueva situación han creído que se puede volar por encima y lejos de la democracia: cuando conviene, se considera secundario el procedimiento democrático con tal de servir a otros principios que se ven más encumbrados.

   La modificación de fronteras siempre es problemática y casi siempre peligrosa. Sólo hay que saber algo de historia para apreciar el valor de su estabilidad. Si se quiere alterarlas y, además, hacerlo sin rigor democrático o de manera contraria a la democracia, se ha que tener muy claro cuáles son los valores superiores que se invocan para hacerlo y qué proyección pueden tener en la práctica. Por mi parte, no veo ninguno suficientemente aceptable para nuestro caso, ni siquiera tratando de ponerme en la perspectiva que no es la mía. Si se sitúa por encima de todo la afirmación de la nación catalana, nada indica que en el seno del Estado español se esté produciendo un deterioro de su identidad. Quizá por eso, porque no hay deterioro nacional, se haya recurrido al expediente del maltrato económico: si verdaderamente Cataluña estuviese siendo expoliada, se tendría un argumento bastante convincente para romper con el orden democrático español. Pero ocurre que, si tal situación se correspondiese con la realidad, España, al tratar como una colonia a una de sus partes, no sería una democracia internacionalmente reconocida y homologada con las europeas. Y tampoco resulta creíble que una de las zonas más prósperas de España esté siendo ni siquiera perjudicada por su inserción en el actual Estado democrático.

facebook: Jesús A. Marcos

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