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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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viernes, 13 de enero de 2017

   Me ha costado digerir la idea de que Cuba exista disociada de Fidel Castro, el personaje del que oía hablar como en una narración mítica cuando yo aún no tenía ni diez años. Hasta protagonizaba chistes soeces -en los que Fidel era Fidelón- en aquella España de mi infancia y esa era, en el fondo, una manera de hacerle santo, pues no había santo respecto al cual no se cultivase la irreverencia. También viví ya, con cierta consciencia de lo trascendental de los sucesos, la crisis de los misiles de 1962: los mayores se acercaban a la radio cuando  los “partes” entraban en aquel asunto. Fidel se hallaba en la intersección de Rusia y de los Estados Unidos, ni más ni menos: era el rostro humano de la guerra fría, siempre tentada de subir de temperatura.

   Pues bien, esta impresionante figura acabó siendo un impresentable dictador, seguramente lastrado desde el principio por ese narcisismo irrestricto que le llevaba a prolongar sus discursos y sus boutades durante horas y horas. Y, sin embargo, los líderes de algunos de nuestros partidos con representación parlamentaria han elogiado su obra y honrado en la calle su memoria. Por suerte, han sido escasos los ciudadanos que les han acompañado, pero, al mismo tiempo, no han faltado tibiezas en las declaraciones de líderes de países democráticos a propósito del significado de la obra que deja Castro tras de sí. Manifestaciones de cordialidad y tibiezas que muestran, una vez más, el privilegiado trato del que se hacen acreedores aquellos que, aunque tiranos, dicen ser comunistas. Cuando me planteo cuál es el motivo de este privilegio, sólo soy capaz de encontrar alguna orientación recurriendo a la expresión usada por Buñuel para referirse a la burguesía, a la que atribuía, según el famoso título de su película, un discreto encanto.  Retomar la expresión de Buñuel –desconozco si él se sirvió de alguna otra fuente- no es muy original, pues se ha usado y se usa para dar título a muchas productos culturales. Pero, si no original, sí es, al menos, oportuno aplicarla para entender  ese atractivo que el comunismo tiene para amplios sectores de la sociedad occidental. Al menos, eso me parece a mí, que viví el mundo de la abducción comunista en mis años universitarios.

   En la Facultad de la Universidad Complutense en la que estudié, los comunistas poseían tal encanto que nos atrapaban sin remedio a casi todos los jóvenes que aterrizábamos, sorprendidos, en aquellos recintos, que, aunque  gobernados por los rectores franquistas, eran controlados en la vida del aula por diversas organizaciones leninistas. Sus líderes solían ser muy atractivos y glamurosos. Los primeros miembros de “Bandera Roja” que conocí fueron una pareja tan distinguida que, tanto él como ella, eran los más altos y guapos de la clase. Yo, extraído del mundo de los becarios, aprendí  pronto a decir cosas interesantes en clase y me sentí honradísimo cuando, cierto día, el esbelto chico de “Bandera Roja” se acercó a decirme que mantuviese el control del aula porque ellos tenían que ausentarse. Más adelante, supe que aquel estilizado líder era hijo de un médico bien situado y que algunos otros movilizadores de aquel mundo juvenil eran hijos de burgueses e incluso de autoridades militares del franquismo. Eran, pues, burgueses, cuyo encanto, proveniente del perfil que les otorgaba la clase de la que provenían, les convertía en líderes sociales. ¿No les pasará lo mismo a quienes se sienten incapaces de condenar dictaduras como la de los Castro, dinásticas incluso? Fidel, esbelto también él, burgués también él -y estupendamente educado en los jesuitas-, es la epifanía de ese poder de seducción. La burguesía, como cualquier otra clase social poderosa, alberga la contradicción en su seno y, a la vez que ha puesto la base de la democracia liberal, se ha sentido seducida por la tentación del seguimiento gregario de los líderes milenaristas, con tal de que aparecieran bellamente adornados por gestos enérgicos y por palabras que ofrecieran una versión nueva de la redención. Y los demás, los que salimos de abajo, nos hemos dejado y nos dejamos arrastrar por ese encanto que atribuimos a todo lo que proviene de quienes vemos situados por encima de nosotros. Como Buñuel, podríamos entrar en las ridículas entrañas de esos hombres y de esas organizaciones, en su impotencia y en su descaro para ocultarla. Pero preferimos soñar con esos mundos en los que lo justo se encarna en un mesías tornado comandante de estrellas rojas.

    Ni en Dios, ni en reyes, ni en tribunos… ya saben, lo canta la Internacional. Nada más lejos de ese lema que el culto a los tribunos, casi reyes,  de las dictaduras comunistas.

    ciudadsinmurallas@gmail.com

    En Facebook: Jesús A- Marcos

jueves, 1 de diciembre de 2016

   Sí, el título es un galimatías. Pero es que también es un lío esto que sucede en las llamadas sociedades avanzadas. Hay un contrasentido en que quienes viven en países desarrollados opten por alternativas políticas que permanecen ancladas en el pasado o que añoran soluciones tan simplistas como alejadas de la realidad -y, por lo tanto, ineficaces. Ahí tienen al señor Trump, presidente electo de la economía más dinámica y de la democracia más asentada del planeta, promoviendo la prolongación del Muro de Adriano para contener, esta vez, a los bárbaros del sur. O qué decir de la nutrida nómina y de la creciente pujanza de los partidos nacionalistas en países europeos tan prósperos como Francia, Austria, Dinamarca y Holanda. Y, sin ir tan lejos, aquí mismo, las regiones más avanzadas de nuestro país ofrecen una parte muy considerable de sus votos a las simplezas disgregadoras  de los nacionalistas tradicionales o a las utopías retardatarias de las organizaciones que, como Bildu, la CUP, Podemos o Izquierda Unida, añoran un orden en el que ellos monopolizarían las ideas y las instituciones. El mundo y el país en el que vivís, nos dicen, es terriblemente malo, pero aquí estamos nosotros, que, paradoja de las paradojas, a pesar de ese panorama, hemos salido extraordinariamente buenos: elegidnos para que, así, podamos conduciros a la felicidad.

   ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué tanta ingenuidad allí donde se ha sabido trabajar con eficacia para crear bienestar y prosperidad económica? ¿Por qué tal abandono de la realidad allí donde los hombres han logrado, por aceptarla, modificarla? ¿Por qué la exasperada reclamación de lo drástico en las sociedades que, si han avanzado, lo han hecho sobre la moderación? ¿Por qué, si viven mejor que otros, responden con la radicalidad que sólo resulta comprensible cuando mueve a los más oprimidos? Probablemente, nunca podrán ofrecerse respuestas para estas cuestiones que no sean meramente especulativas. Y, si de especular se trata, yo me voy a aquella atrevida –sí, atrevida-  frase del Evangelio: no sólo de pan vive el hombre. Porque donde hay pan, no está, por ello, garantizado que haya también altura humana. Invertimos ahora mucho (en términos históricos) en la educación reglada, los niños y los adolescentes pasan largas horas en los colegios,  garantizamos que todos tengan acceso a la cultura, incluso la información y la formación académica se transmiten por las ubicuas ondas de lo mediático. Pero hay algo que falla, algo que no depende de las partidas presupuestarias, algo que parece no poder darse de manera colectiva. Yo me inclino a pensar que esa incógnita que nos hace zozobrar como sociedad no debe explicarse, sin embargo, en términos sociológicos. Más allá de nuestras determinaciones genéticas y sociales, los hombres poseemos un hueco, no sé cuánto de grande, para la libertad. Y ser libre significa trazar un camino propio en el que se eligen medios, rutas y objetivos que tienen como resultado la construcción de uno mismo. Aunque habitemos el mundo miles de millones de personas y, para ciertas cosas, podamos ser considerados como “masas” (expresión tan usada un siglo atrás), cada uno de los seres humanos que se diluye en esas cifras enormes tiene en su cabeza un lugar, por muy pequeño que sea, para la libertad. Pero construirse a sí mismo no es lo mismo que producir cosas o que ganar dinero, aunque puedan conectarse en algún sentido. Son asuntos que no puede resolver por nosotros, sustituyéndonos, ninguna escuela. Sin embargo, a eso es a lo que, precisamente, nos oponemos: en nuestro fuero interno, queremos que alguien nos desplace, se siente al volante del vehículo de nuestras vidas y cargue con la responsabilidad de las decisiones existenciales de calado. Queremos creer que desde fuera se puede calmar la sed que nace de nuestra condición interna. Y cuanto más contundente y rotundo es lo que se nos propone, más seductor parece resultar el abandono del ejercicio de la propia responsabilidad. Un líder visionario, un grupo enardecido o unas ideas simplificadoras son un sustituto muy apreciado por quienes temen perderse en la angustia y la desorientación de su propio yo.

jueves, 27 de octubre de 2016

   Escribía el Apóstol Pablo que la caridad o agapê lo soporta todo. No creo que se pueda predicar  eso mismo de la democracia, que es un sistema que no tiene que ver –o lo tiene muy poco- con el misticismo. Desde hace tiempo, me preocupa, precisamente, el asunto de los límites de la democracia. Y uno de los aspectos en los que se hace patente que la democracia tiene problemas de delimitación es en su difícil relación con la radicalidad, esa tendencia que ha vuelto a ganar terreno en las sociedades occidentales en los últimos años. En España, es ella la responsable de la dificilísima circunstancia política en la que nos hallamos, con un larguísimo interregno gubernamental, con la amenaza de la disolución territorial del Estado y con la hemorragia del que había venido siendo el principal partido del periodo constitucional que se abrió en los años 70.  
   Uno puede creer que la elasticidad del sistema democrático-liberal es infinita y que en él caben todas las opciones imaginables, con tal de que los líderes de las formaciones políticas firmen un papel en el que digan aceptar las reglas del juego. Esto tiene cierta validez, pero no se ajusta adecuadamente a los hechos. Lo cierto es que la democracia se constituye en torno a un centro ideológico y a un núcleo social gravitatorio que, si son mermados en su masa relativa, dejan que el sistema se deshaga. El centro ideológico supone aceptar y defender que, puesto que la realidad sociopolítica es muy compleja, con diversos ámbitos de poder fáctico y múltiples intereses, la mejor manera de gobernarse es recurrir a elecciones libres y periódicas que permitan sustituir a quienes han venido detentando el poder por otros que se espera que lo hagan mejor. El núcleo social, encarnación del ideario democrático, está formado por el conjunto de los ciudadanos que creen que quienes no piensan como ellos también tienen algo que aportar: los “otros” no sólo están ahí porque resulte difícil deshacerse de ellos, sino que les asiste el derecho de estar junto y frente a nosotros y les acompañan las mismas capacidades que a nosotros, aunque su perspectiva se configure desde otro punto diferente al que nosotros ocupamos. Por el contrario, la radicalidad se caracteriza por el alejamiento de esos dos centros de la democracia y, aunque provisionalmente actúe dentro del sistema, su fuerza es siempre centrífuga, desintegradora, corrosiva. Los radicales creen que el mundo sólo puede ser visto desde su atalaya y que sobran las demás perspectivas y quienes las sostienen. No les interesa un sistema político concebido para gestionar las dificultades y el enrevesamiento de la vida social porque para ellos lo que debe hacerse de manera perentoria es abolir la realidad misma. Ellos cambiarán el mundo y en su paraíso no habrá necesidad de perspectivas. La democracia, efectivamente, tiene cierta capacidad para soportar la actividad erosiva que promueven, siempre que el núcleo social que la mantiene cohesionada conserve su masa crítica. Pero cuando, como sucede ahora en España, una parte importante de la sociedad se pasa a las órbitas exteriores, resulta difícil mantenerla operativa. 
   La cuestión relevante es por qué se produce ese traslado de la masa social desde el centro integrador a la periferia explosiva. Solemos creer que tal desplazamiento tiene sus causas en la crisis y en la corrupción y en la acentuación de las desigualdades que han acarreado. Sin embargo, no está tan claro que la respuesta necesariamente tenga que ser ésa. A la crisis, a la corrupción y a la desigualdad puede responderse con la sustitución reglada de los gobernantes, con la aparición de nuevos partidos no contaminados por las prácticas ilegítimas y por el establecimiento de nuevos sistemas de control que profundicen en la democracia, no que la anulen. Desde mi punto de vista, el quid no está en esos argumentos convencionales, sino en la manera en la que la radicalidad se apodera del escenario político y se aposenta en él. 
   El radical tiene el atractivo de los niños consentidos. Nadie sabe gritar como él y nadie demuestra más capacidad que él para hacer arrodillarse a los demás. Subido a la tarima, nos seduce su convicción  de que los deseos tienen fuerza ejecutiva, nos arrastra su simplificada manera de verlo todo. Si algo se interpone entre su yo y su deseo, acabará con ello sin el menor remordimiento. Seguirle a él es ser como él,  clarividente y omnipotente, sin la pesantez de los límites humanos.  Nada más lejos, pues, de lo que la democracia pretende ser,  de su sentido práctico, de su  preferencia por los proyectos consensuados y apegados a las posibilidades de lo que realmente hay. Y ese distanciamiento alucinado es lo que está volviendo a proponernos en España la enésima versión del comunismo  y lo que siguen pretendiendo los enrocados líderes del nacionalismo milenarista. Es también lo que desarticula a nuestros socialistas, atrapados por la fuga de votos y por la dificultad de asentar un discurso adaptado a las nuevas circunstancias, haciendo atractiva  la combinación de utopía, trabajo realista y defensa de las instituciones democráticas. 

martes, 27 de septiembre de 2016

    En el último debate de investidura, trajo Rajoy a la tribuna la palabra estupendo para calificar irónicamente a Pablo Iglesias. “A veces pienso”, le dijo para explicarlo, “si me gustaría ser como usted” y, a continuación, se lanzó a detallar, entre socarrón y amable, el rosario de virtudes que, pretendidamente, adornaban a su rival y que podían explicar cualquier afán de tomarle como modelo. Les recomiendo el repaso de ese fragmento porque, desde mi punto de vista, se trata de una pieza notable de oratoria parlamentaria. La crítica del oponente, calmada y suelta, se hace sin estridencias ni tecnicismos, valiéndose sólo de ambigüedades y de interrogaciones humorísticas, pero, a la vez, yendo a lo esencial, es decir, a desvelar y a desmontar las presunciones sobre las que se sostiene la radicalidad de su discurso. La sonrisa de Iglesias desde su escaño hizo ver que también a él le había sorprendido y agradado el discurrir del candidato a la Presidencia y, cuando volvió a la tribuna, tuvo el detalle de elogiarlo y de acuñar esa expresión de la que me he valido para el título: “usted es un señor estupendo”, le dijo a Rajoy, aceptando jugar con la misma palabra que su oponente había puesto sobre la mesa. Más le hubiera valido a Iglesias quedarse ahí, en subrayar el valor del otro, porque el discurso que articuló a continuación no sirvió sino para confirmar que, en efecto, el candidato tenía razón al describirle henchido de un sentido de la superioridad difícilmente soportable. No hubo en Iglesias interrogaciones, dudas o perspectivas discutibles: todo siguió contundentemente claro para él y hasta, si se fijan, el elogio de Rajoy no es otra cosa que la ratificación de que él está tan por encima que puede calificar o descalificar a su antojo a cualquiera que se le ponga por delante.

   Pero Iglesias, ya lo he dicho en otra ocasión, me parece un hombre penetrante, aunque, en contrapartida, le pierdan la rigidez ideológica y ese aire suyo de repelente niño Vicente. Porque, en efecto, describir a Rajoy como un señor estupendo se me hace que es dar en la diana. Se trata de una expresión que, si bien admite una lectura positiva, convoca, a la vez, la sombra de la esclerosis. Iglesias hizo como si sólo se refiriera a lo bueno, como si solo se tratara de un piropo. Rajoy era un señor estupendo por ser un buen orador, un parlamentario con ironía y retranca y un político, en cierto sentido, diáfano. Sentía incluso no haber podido debatir antes con un contrincante de aquella talla –se sobreentiende que similar a la suya y mayor que la del resto de los líderes-. Sin embargo, pudo haber dicho es usted una persona estupenda o un hombre estupendo o haber evitado el adjetivo en cuestión, construyendo cualquier otra expresión de elogio. Al mantener el estupendo, palabra poco usada por los jóvenes actuales, y añadirle el señor, situaba al candidato en el país de los viejos o, por lo menos, en el de los anticuados. Además, como nos enseñara Mihura, un señor huele siempre a rancio y provinciano. Él, Iglesias, era Ninette, la joven cosmopolita e innovadora, y Rajoy un señor de Murcia o, en su caso, de Pontevedra. A mi entender, fue una finta intuitiva y rápida, eficaz a la hora de devaluar el alcance del discurso de su oponente, destinado, por muy respetable que fuera, a ser aceptado sólo por los ciudadanos más anquilosados.

   Pero a lo que iba no era tanto a glosar la habilidad dialéctica de Iglesias como a subrayar el acierto de situar en su vena provinciana el punto débil de Rajoy. Porque, según creo, si el candidato no ha logrado pasar de tal, se debe en una parte considerable a esa manera suya de ser y de actuar, propia de los acomodados señores de las élites de las provincias. Rajoy es brillante en el parlamento, pero conservador y paralítico en muchos de los asuntos del Estado en los que se requiere impulso, iniciativa y novedad. Parece moverse como un político de la Restauración: prudente, liberal, pero anclado en lo eterno. Su talla oratoria decae ante las cámaras, símbolo de un mundo transformado en el que él ya no se siente muy a gusto. Su pachorra a la hora de enjuiciar la corrupción que tanto ha debilitado la fe en la democracia, su estoica actitud ante los desafíos del separatismo, su ambigüedad ante los compromisos –en el colmo, nos sorprendió insinuando que podía no presentarse a la investidura, aunque tuviera ya el encargo del Rey- y su estilo arcaizante nos le hacen ver como uno de esos señores que habitaban las mansiones de las pequeñas ciudades y que, mientras disfrutaban de una copa de coñac y un buen puro, comentaban en sus distinguidos cenáculos, con cierta indiferencia, los problemas del país, seguros, como escribiera Lampedusa, de que todo cambia para que todo siga igual.

   Desgraciadamente, nos encontramos de nuevo en la encrucijada entre dos de los defectos que han frenado tanto el desarrollo de España: la inercia de lo provinciano y la rigidez de las ideologías redentoristas. Si Dios no se apiada de nosotros, nos mantendrán indefinidamente paralizados.  Bueno, en realidad espero que no lleguemos a necesitar la ayuda divina, pues ni Rajoy es sólo un señor de provincias ni Iglesias una mente enteramente colapsada por la revelación ideológica -aunque confío más en las posibilidades del primero que en las del segundo. Espero que del lado más flexible de ambos y de su amplia cultura brote algún tipo de acuerdo que nos permita salir de este prolongado impasse.

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A. Marcos

martes, 30 de agosto de 2016

   Kant, el pobre, creía que la Ilustración, que en su época se había empeñado en llevar a todas partes las luces de la razón, estaba conduciendo al género humano hacia su mayoría de edad. Más de doscientos años después, resulta difícil creer que la madurez haya logrado extenderse tanto y que nuestra sociedad pueda ser tenida por adulta. Vean, si no, el éxito de los pokémon, ese entretenimiento de niños que se ha convertido en entretenimiento de todos, ahora que parece que, olvidados los muñecos de antes, sólo son juguetes los juguetes electrónicos. O fíjense en cuáles son los programas de televisión más vistos, reiteradamente preferidos por el gran público. A la gente le chifla seguir, día a día y al detalle, las discusiones de los “especialistas” en los recovecos y en las miserias de la vida de los famosos, sean famosos de primera, de segunda o hasta de tercera categoría. Los acontecimientos deportivos, que también colonizan las pantallas de los hogares, son la savia nutricia de muchos otros. Los éxitos de los equipos de fútbol se celebran como si en ellos nos fuera la vida a todos. Los anuncios comerciales repiten eslóganes en los que la juventud se muestra y se demuestra por exhibición de hiperactividad o por vinculación esencial con las bebidas o los vehículos de moda. Y, en las charlas en el trabajo o entre amigos, las personas que saben expresarse correctamente se limitan a reproducir las consignas sociales al uso, como lo hacen los niños cuando repiten como papagayos lo que han oído a sus padres. Unos condenan con saña a los políticos, otros afirman que la vida es para pasárselo bien y ser feliz, otros dicen que les ha encantado tal o cual país que han visitado o que tal o cual película es buenísima, aunque no sean capaces de describirlos o comentarlos mínimamente. Y, claro, más que nada, todos permanecemos al acecho para que nadie nos tome por no enterados en cuanto emergen los tópicos colectivos dominantes. Incluso vistiendo, por debajo de la aparente liberalidad con la que nos ponemos las prendas, no hacemos más que acomodarnos a los nuevos preceptos sociales, el primero de los cuales, acatado sin rechistar por las multitudes, establece que el pantalón vaquero es una prenda cómoda y útil, propia de personas modernas y atractivas,

   Se me dirá que, si me atrevo a considerar estas cosas como propias de una sociedad infantil, debe ser porque tengo claro en qué consistiría su mayoría de edad. Y ahí se me pilla porque, verdaderamente, no soy capaz de articular un discurso bien fundado. Me muevo casi por entero en lo negativo, en la idea de que esto que hay ahora no es madurez. O, mejor, en la de que esto tampoco es madurez. Porque, si uno vuelve los ojos al pasado, no encuentra en los usos, costumbres y creencias de nuestros antepasados nada que nos haga suponerlos mejor desarrollados que nosotros. También ellos creían en memeces y hasta se mataban por defenderlas. Desde luego, en lo que yo he vivido directamente, no cambiaría de ninguna manera la sociedad de hoy por la de los años cincuenta, sesenta o setenta. Incluso, a pesar de mi escepticismo respecto al valor de las formas de vida actuales, hasta soy un pelín optimista histórico. Quizá seamos un milímetro más adultos que los que nos precedieron.

   Tal vez, conviniera elaborar entre todos una especie de programa para la madurez social, con procedimientos e instrumentos para llevarlo a efecto. Tal vez. Pero también puede que resulte una tarea imposible. Necesitaríamos de un consenso que probablemente sea inalcanzable. A la madurez le ocurre como a la felicidad: son palabras e ideas matrices en las que cabe todo. Es difícil definirla y, si vamos a los comportamientos concretos que debieran acreditarla, la disparidad de opiniones se multiplica. Me dirían muchos, por ejemplo, que por qué he citado yo, entre los comportamientos inmaduros, el entusiasmo desmedido por los espectáculos deportivos o el seguimiento de los programas del corazón. Y seguramente tendría yo que retroceder y matizar y aceptar que no sé captar aspectos que ellos captan. Al final, me inclino a pensar que reclamar una definición y un programa para la madurez colectiva puede llegar a ser hasta contraproducente. ¿No acabaríamos tratando de imponer a los demás, incluso por la fuerza, nuestra sesgada idea de cómo debe ser la vida en común? Probablemente, la mayoría de edad no deba ser reclamada o predicada de un colectivo, aunque así lo hiciera el insigne Kant. Seguramente baste con que se garanticen para todos las libertades y derechos fundamentales. En ese marco, crecer y madurar es, sobre todo, una tarea individual. Cada cual debe descubrir, en su propia senda existencial, el sentido de hacerse adulto. Herederos los europeos de la predicación de la fraternidad cristiana y de la solidaridad socialista, olvidamos que la naturaleza, además de miembros de un grupo, nos ha hecho sujetos separados y que, por ello, la construcción independiente de uno mismo es lo que tiene la vida de más interesante. 

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