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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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jueves, 30 de marzo de 2017

   Los independentistas catalanes sostienen que los pasos que van dando para crear un estado nuevo, que debería proceder de la separación de una parte del actual Estado español, son producto de un genuino proceso democrático. En el lado opuesto, el gobierno de España y todos los que le apoyamos en esto consideramos que es también la democracia la que sostiene nuestro empeño en evitar la secesión mediante el procedimiento que ellos han iniciado. Entonces, ¿quién tiene la razón?, ¿en qué orilla está la democracia si se tiene por tal el ejercicio del derecho al voto y ambas partes lo  entienden así? ¿Basta con poner las urnas en la calle, como se dice en el lado nacionalista, para considerar que se está actuando democráticamente? ¿O, como se repite desde Podemos, no está bien condenar a quienes se han limitado a sacar urnas? Si ustedes vienen leyendo lo que escribo, recordarán mi interés por el problema de los límites de la democracia. Más allá del uso mágico de la palabra, tan frecuente entre los que se identifican de manera fanática con ella –y contradictoria, pues ha sido pensada como antídoto del fanatismo-, la democracia no lo soluciona todo, sencillamente, porque no lo es todo. Sus propios procedimientos pueden llevar al poder a dirigentes incompetentes o de ideologías disolventes.  Tampoco ha estado ahí siempre, ni tiene garantizada su permanencia en el futuro, ni caracteriza a todos los gobiernos del planeta. Y, lo que aquí más nos interesa, no basta con creer que la democracia consiste en sacar las urnas a la calle: hay que determinar previamente quién debe ponerlas, por qué motivo, en qué momento, a quién se convoca y dentro de qué fronteras.

   Es verdad que, en cierto sentido, puede decirse que las urnas son siempre democráticas, pero, si se aplicara tal principio a rajatabla, cualquiera podría ponerlas en su barrio, restringiendo el electorado a su antojo para evitar la aplicación de leyes que perjudicaran sus negocios por muy deshonestos que fueran. Resulta claro, pues, que toda democracia requiere de un ámbito dentro del cual se ejerza el derecho al voto y que, en principio, sea inalterable. Pero la cuestión está en cómo se constituye ese ámbito. Desde luego, la democracia no nació con el comienzo de los tiempos y ni siquiera con el comienzo del tiempo históricamente documentado. Por lo tanto, a cualquier democracia le ha precedido un tiempo predemocrático de gran importancia porque en él se han gestado muchas de las condiciones en las que aquella tendrá que desarrollarse. Especialmente, en el periodo predemocrático se generan los que luego deberán ser sus límites geográficos y demográficos. Así, por ejemplo, la democracia americana se proclamó en los territorios de las trece colonias inglesas del nordeste del continente y Francia erigió la suya dentro de las fronteras heredadas de las posesiones de las dinastías reales que gobernaron el país. En España, han sido el territorio y los pueblos que habían pertenecido a los borbones los que han constituido el marco de las democracias que, con diverso grado de profundidad, se han establecido desde el siglo XIX.  Ninguna democracia, es patente, ha surgido de la nada histórica. Sin embargo, una vez constituidas, las democracias reclaman como suyo el ámbito en el que han nacido y no permiten su alteración sino desde los procedimientos generales que hayan sido aprobados por todos los que forman parte de él. Si un territorio con una determinada población y que es sólo una parte del conjunto quisiera trazar una nueva frontera sin recurrir al procedimiento democrático general, no estaría situándose en el limbo de la predemocracia, sino recurriendo a procedimientos antidemocráticos, en cuanto que opuestos al sistema democrático en el que se halla incluido.

   Desde mi punto de vista, este es el caso del secesionismo catalán: mediante un proceso sui generis se pretende instaurar una situación nueva, que, tal vez, pudiera dar origen a una nueva democracia, pero que, de ninguna manera, lo haría democráticamente. En realidad, el “proceso” es antidemocrático, en cuanto conculca el orden democrático en el que está incluida Cataluña. El sofisticado golpe de mano que se está llevando a cabo puede desembocar, en el mejor de los casos, en una situación predemocrática, aunque se trataría de una predemocracia bien distinta de aquellas que han constituido la salida histórica del absolutismo monárquico o de las dictaduras. No habría aquí aquella ingenuidad originaria, sino la perturbadora constatación de que quienes han propiciado la nueva situación han creído que se puede volar por encima y lejos de la democracia: cuando conviene, se considera secundario el procedimiento democrático con tal de servir a otros principios que se ven más encumbrados.

   La modificación de fronteras siempre es problemática y casi siempre peligrosa. Sólo hay que saber algo de historia para apreciar el valor de su estabilidad. Si se quiere alterarlas y, además, hacerlo sin rigor democrático o de manera contraria a la democracia, se ha que tener muy claro cuáles son los valores superiores que se invocan para hacerlo y qué proyección pueden tener en la práctica. Por mi parte, no veo ninguno suficientemente aceptable para nuestro caso, ni siquiera tratando de ponerme en la perspectiva que no es la mía. Si se sitúa por encima de todo la afirmación de la nación catalana, nada indica que en el seno del Estado español se esté produciendo un deterioro de su identidad. Quizá por eso, porque no hay deterioro nacional, se haya recurrido al expediente del maltrato económico: si verdaderamente Cataluña estuviese siendo expoliada, se tendría un argumento bastante convincente para romper con el orden democrático español. Pero ocurre que, si tal situación se correspondiese con la realidad, España, al tratar como una colonia a una de sus partes, no sería una democracia internacionalmente reconocida y homologada con las europeas. Y tampoco resulta creíble que una de las zonas más prósperas de España esté siendo ni siquiera perjudicada por su inserción en el actual Estado democrático.

facebook: Jesús A. Marcos

ciudadsinmurallas@gmail.com

sábado, 25 de febrero de 2017

     Pero hay un problema: el estómago, por mucho que haya subido de categoría, no puede evitar que le afecte la desvalorización de lo digestivo que arrastramos desde antaño, cuando lo inferior moralmente coincidía con lo que se hallaba del pecho para abajo. Por eso, ni siquiera ahora puede aspirar a constituirse en el receptor último de todas esas delicias que pasan a su través. Esa función ha de desempeñarla alguna otra entidad más encumbrada. Pero, cuidado, estamos en un mundo en el que, como gritaba el Segismundo rebelde de Calderón, sólo creemos en lo que se toca y ve. Y lo único que se toca y ve del hombre son sus órganos corporales. Ya no cuenta el alma, por supuesto, que nos llevaría a relatos mitológicos. Ni siquiera la mente, partícipe culpable de lo intangible. ¿Acaso podemos echar mano del yo, de ese yo que se arroga el protagonismo de nuestras frases? De ninguna manera, porque ¿dónde está el yo, con qué instrumento lo detecto, en qué fluidos corre, entre qué confines se alberga? No. Ni alma, ni mente, ni yo. Si somos cuerpo, sólo en el cuerpo ha de estar la solución. Y qué mejor que recurrir  a ese órgano que ya de por sí cuenta con la ventaja de hallarse en la parte más alta de lo que materialmente somos: el cerebro es la clave, es lo que somos, nuestra identidad, nuestro piloto, nuestro guía. Son sus lóbulos, sus circuitos, sus transmisores de señales, sus cargas y descargas, sus excitaciones e inhibiciones los que lo explican todo. Por supuesto, el cerebro no está tan presente en la vida cotidiana como el estómago y su tropa de derivados. En mi barrio, claro, no hay tiendas dedicadas al cerebro y, al fin y al cabo, no es fácil, ni siquiera molón, saber de qué va el hipotálamo o cómo actúa la serotonina y siempre puede meter uno la pata creyendo que la amígdala es la de la garganta de los niños. Pero eso no quita para que también haya una  cantidad notable de programas de televisión dedicados a fascinarnos con las cosas increíbles que hace el cerebro y los expertos y médicos no manejan ninguna otra referencia que no sea el cerebro. Los mismos psicólogos, cuya profesión parece incompatible con la negación de la especificidad de lo mental, tienen el cerebro siempre en la boca, valga la expresión. Y todos, seducidos por tanta eficacia explicativa, hemos renunciado a hablar de nosotros mismos, de lo que tú y yo queremos o pensamos, para dejar nuestros ajetreos en las manos determinantes del cerebro (y válgame el cielo para que me valga esta nueva expresión incoherente). El cerebro ya no es mi cerebro, porque, si no existo yo, no es posible que lo posea a él. Hablar en primera persona es una argucia de ese órgano encumbrado  que domina un cuerpo que se mueve de aquí para allá en el universo de los impulsos electroquímicos, el único real. Por supuesto, la gente no sabe ser coherente del todo y se deja llevar por expresiones como “el cerebro me dice”, cuando debiéramos darnos cuenta de que el cerebro no dice nada a nadie, ni es de nadie, pues habla, al parecer, para sí y no necesita de nosotros.

    Si me permiten una última pincelada, añadiré que, aunque parezca paradójico, el hombre gastrocerebral gusta de manejar – incluso de exhibir- una cierta filosofía o manera de entender la vida. Aunque bien es verdad que no exige grandes esfuerzos intelectuales para entenderla. Bastan dos palabras, placer y felicidad, para contener todo su pensamiento.  De manera coherente, la felicidad de nuestro hombre tiene  su base material en el estómago y se torna más sutil en el cerebro. Pero nunca se hace mucho más sutil: en el fondo, no hay otra felicidad que la directamente experimentada en el estómago o evidentemente emanada de él. Este lugar en el que vivimos ya no es aquel valle de lágrimas en el que estábamos convencidos de habitar los que ya peinamos muchas canas. Ahora, sobre el valle de marras brilla el sol de la felicidad, del que irradian los muchísimos placeres de la vida. Se vive para ser feliz, repetimos, o  yo sólo quiero que mis hijos sean felices o es un placer estar contigo … Los gastrocerebrales somos ingenuamente hedonistas, epicúreos sin profundidad, permanentemente planos. Pero, quién sabe, quizá tengamos razón y no existan ni la profundidad ni la altura. Por eso la felicidad, tal vez, pueda alcanzarse con solo dejarse llevar por la papilas, los jugos digestivos y el ir y venir de los neurotransmisores en sus sofisticados circuitos.

sábado, 25 de febrero de 2017

     Voy a hacer algo que odio. No me gustan esos intelectuales que hacen fortuna a base de pregonar que han descubierto algo en nuestro presente que nunca antes se dio en nuestro pasado. Y mucho menos me gustan si consideran que ese algo es tremendo o apocalíptico. Bueno, pues un arrebato contrario a mí mismo -espero que pasajero- me lleva a explicarles cómo veo yo de reducidos a los hombres -a las mujeres y a los hombres- de ahora mismo, de estos días en los que ustedes y yo estamos contenidos. El nombre distintivo del fenómeno  se me ha venido a la cabeza por el que usó  uno de esos autores de los que actualmente me siento relativamente distanciado: ¿se acuerdan ustedes de Marcuse y de su hombre unidimensional? Porque el hombre que creo que está emergiendo en nuestro presente es un artefacto, si no de una sola dimensión, sí de un plano  único. Y en el plano, ya saben, no hay ni altura ni relieve. Sólo tiene mi hombre una ordenada, que es el cerebro, y una abscisa, que es el estómago. Por eso, porque sólo cuentan para él esas dos dimensiones, el hombre cerebrogástrico o gastrocerebral, como gusten, es un ente plano.

     Pongo la televisión, escucho la radio, leo los periódicos y, aquí y allá, la cocina y la alimentación lo llenan todo: programas en los que se nos enseña a cocinar, concursos de cocineros diseñados para cualquier edad, extensas reseñas de restaurantes, información sobre la posición del país en la escala de los premios culinarios, cocineros entrevistados en todos los medios con el mismo respeto con el que se entrevistaba antes a los catedráticos, espacios literarios o audiovisuales dedicados a la relación entre salud y alimentación, la alimentación como antídoto de todos los males -especialmente de ese mal de males que es, al parecer, la vejez- , las cualidades de tal o cual producto para mantener éste o el otro órgano en forma…. Pero no sólo es en los medios de comunicación. Cerca de mi casa, hay tres o cuatro establecimientos para gourmets, para catas y para alimentación especializada.  O si estoy con mis amigos o conocidos o asisto a una reunión social, enseguida se agarra alguien a los asuntos gastronómicos y suele convertirse en protagonista de la charla aquél que muestra un profundo y refinado conocimiento de vinos, de quesos o de cualquier otro producto refinadamente comestible. Los más atrevidos pontifican sobre la bondad o maldad de los caldos y establecen jerarquías que parecen poseer un abrumador fundamento epistemológico y no el tembloroso suelo de los gustos particulares y sociales. Si usted quiere ser hoy en día una persona respetada, debe  no sólo comer y beber bien sino también  saber hablar de ello y exhibir una amplia gama de experiencias papilares. Lo gástrico es decisivo para instalarse como hombre de mundo.

viernes, 13 de enero de 2017

   Me ha costado digerir la idea de que Cuba exista disociada de Fidel Castro, el personaje del que oía hablar como en una narración mítica cuando yo aún no tenía ni diez años. Hasta protagonizaba chistes soeces -en los que Fidel era Fidelón- en aquella España de mi infancia y esa era, en el fondo, una manera de hacerle santo, pues no había santo respecto al cual no se cultivase la irreverencia. También viví ya, con cierta consciencia de lo trascendental de los sucesos, la crisis de los misiles de 1962: los mayores se acercaban a la radio cuando  los “partes” entraban en aquel asunto. Fidel se hallaba en la intersección de Rusia y de los Estados Unidos, ni más ni menos: era el rostro humano de la guerra fría, siempre tentada de subir de temperatura.

   Pues bien, esta impresionante figura acabó siendo un impresentable dictador, seguramente lastrado desde el principio por ese narcisismo irrestricto que le llevaba a prolongar sus discursos y sus boutades durante horas y horas. Y, sin embargo, los líderes de algunos de nuestros partidos con representación parlamentaria han elogiado su obra y honrado en la calle su memoria. Por suerte, han sido escasos los ciudadanos que les han acompañado, pero, al mismo tiempo, no han faltado tibiezas en las declaraciones de líderes de países democráticos a propósito del significado de la obra que deja Castro tras de sí. Manifestaciones de cordialidad y tibiezas que muestran, una vez más, el privilegiado trato del que se hacen acreedores aquellos que, aunque tiranos, dicen ser comunistas. Cuando me planteo cuál es el motivo de este privilegio, sólo soy capaz de encontrar alguna orientación recurriendo a la expresión usada por Buñuel para referirse a la burguesía, a la que atribuía, según el famoso título de su película, un discreto encanto.  Retomar la expresión de Buñuel –desconozco si él se sirvió de alguna otra fuente- no es muy original, pues se ha usado y se usa para dar título a muchas productos culturales. Pero, si no original, sí es, al menos, oportuno aplicarla para entender  ese atractivo que el comunismo tiene para amplios sectores de la sociedad occidental. Al menos, eso me parece a mí, que viví el mundo de la abducción comunista en mis años universitarios.

   En la Facultad de la Universidad Complutense en la que estudié, los comunistas poseían tal encanto que nos atrapaban sin remedio a casi todos los jóvenes que aterrizábamos, sorprendidos, en aquellos recintos, que, aunque  gobernados por los rectores franquistas, eran controlados en la vida del aula por diversas organizaciones leninistas. Sus líderes solían ser muy atractivos y glamurosos. Los primeros miembros de “Bandera Roja” que conocí fueron una pareja tan distinguida que, tanto él como ella, eran los más altos y guapos de la clase. Yo, extraído del mundo de los becarios, aprendí  pronto a decir cosas interesantes en clase y me sentí honradísimo cuando, cierto día, el esbelto chico de “Bandera Roja” se acercó a decirme que mantuviese el control del aula porque ellos tenían que ausentarse. Más adelante, supe que aquel estilizado líder era hijo de un médico bien situado y que algunos otros movilizadores de aquel mundo juvenil eran hijos de burgueses e incluso de autoridades militares del franquismo. Eran, pues, burgueses, cuyo encanto, proveniente del perfil que les otorgaba la clase de la que provenían, les convertía en líderes sociales. ¿No les pasará lo mismo a quienes se sienten incapaces de condenar dictaduras como la de los Castro, dinásticas incluso? Fidel, esbelto también él, burgués también él -y estupendamente educado en los jesuitas-, es la epifanía de ese poder de seducción. La burguesía, como cualquier otra clase social poderosa, alberga la contradicción en su seno y, a la vez que ha puesto la base de la democracia liberal, se ha sentido seducida por la tentación del seguimiento gregario de los líderes milenaristas, con tal de que aparecieran bellamente adornados por gestos enérgicos y por palabras que ofrecieran una versión nueva de la redención. Y los demás, los que salimos de abajo, nos hemos dejado y nos dejamos arrastrar por ese encanto que atribuimos a todo lo que proviene de quienes vemos situados por encima de nosotros. Como Buñuel, podríamos entrar en las ridículas entrañas de esos hombres y de esas organizaciones, en su impotencia y en su descaro para ocultarla. Pero preferimos soñar con esos mundos en los que lo justo se encarna en un mesías tornado comandante de estrellas rojas.

    Ni en Dios, ni en reyes, ni en tribunos… ya saben, lo canta la Internacional. Nada más lejos de ese lema que el culto a los tribunos, casi reyes,  de las dictaduras comunistas.

    ciudadsinmurallas@gmail.com

    En Facebook: Jesús A- Marcos

jueves, 1 de diciembre de 2016

   Sí, el título es un galimatías. Pero es que también es un lío esto que sucede en las llamadas sociedades avanzadas. Hay un contrasentido en que quienes viven en países desarrollados opten por alternativas políticas que permanecen ancladas en el pasado o que añoran soluciones tan simplistas como alejadas de la realidad -y, por lo tanto, ineficaces. Ahí tienen al señor Trump, presidente electo de la economía más dinámica y de la democracia más asentada del planeta, promoviendo la prolongación del Muro de Adriano para contener, esta vez, a los bárbaros del sur. O qué decir de la nutrida nómina y de la creciente pujanza de los partidos nacionalistas en países europeos tan prósperos como Francia, Austria, Dinamarca y Holanda. Y, sin ir tan lejos, aquí mismo, las regiones más avanzadas de nuestro país ofrecen una parte muy considerable de sus votos a las simplezas disgregadoras  de los nacionalistas tradicionales o a las utopías retardatarias de las organizaciones que, como Bildu, la CUP, Podemos o Izquierda Unida, añoran un orden en el que ellos monopolizarían las ideas y las instituciones. El mundo y el país en el que vivís, nos dicen, es terriblemente malo, pero aquí estamos nosotros, que, paradoja de las paradojas, a pesar de ese panorama, hemos salido extraordinariamente buenos: elegidnos para que, así, podamos conduciros a la felicidad.

   ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué tanta ingenuidad allí donde se ha sabido trabajar con eficacia para crear bienestar y prosperidad económica? ¿Por qué tal abandono de la realidad allí donde los hombres han logrado, por aceptarla, modificarla? ¿Por qué la exasperada reclamación de lo drástico en las sociedades que, si han avanzado, lo han hecho sobre la moderación? ¿Por qué, si viven mejor que otros, responden con la radicalidad que sólo resulta comprensible cuando mueve a los más oprimidos? Probablemente, nunca podrán ofrecerse respuestas para estas cuestiones que no sean meramente especulativas. Y, si de especular se trata, yo me voy a aquella atrevida –sí, atrevida-  frase del Evangelio: no sólo de pan vive el hombre. Porque donde hay pan, no está, por ello, garantizado que haya también altura humana. Invertimos ahora mucho (en términos históricos) en la educación reglada, los niños y los adolescentes pasan largas horas en los colegios,  garantizamos que todos tengan acceso a la cultura, incluso la información y la formación académica se transmiten por las ubicuas ondas de lo mediático. Pero hay algo que falla, algo que no depende de las partidas presupuestarias, algo que parece no poder darse de manera colectiva. Yo me inclino a pensar que esa incógnita que nos hace zozobrar como sociedad no debe explicarse, sin embargo, en términos sociológicos. Más allá de nuestras determinaciones genéticas y sociales, los hombres poseemos un hueco, no sé cuánto de grande, para la libertad. Y ser libre significa trazar un camino propio en el que se eligen medios, rutas y objetivos que tienen como resultado la construcción de uno mismo. Aunque habitemos el mundo miles de millones de personas y, para ciertas cosas, podamos ser considerados como “masas” (expresión tan usada un siglo atrás), cada uno de los seres humanos que se diluye en esas cifras enormes tiene en su cabeza un lugar, por muy pequeño que sea, para la libertad. Pero construirse a sí mismo no es lo mismo que producir cosas o que ganar dinero, aunque puedan conectarse en algún sentido. Son asuntos que no puede resolver por nosotros, sustituyéndonos, ninguna escuela. Sin embargo, a eso es a lo que, precisamente, nos oponemos: en nuestro fuero interno, queremos que alguien nos desplace, se siente al volante del vehículo de nuestras vidas y cargue con la responsabilidad de las decisiones existenciales de calado. Queremos creer que desde fuera se puede calmar la sed que nace de nuestra condición interna. Y cuanto más contundente y rotundo es lo que se nos propone, más seductor parece resultar el abandono del ejercicio de la propia responsabilidad. Un líder visionario, un grupo enardecido o unas ideas simplificadoras son un sustituto muy apreciado por quienes temen perderse en la angustia y la desorientación de su propio yo.

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