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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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viernes, 3 de noviembre de 2017

   La corrupción que ha contaminado tanto a los dos partidos y que ha sido usada para atacarse mutuamente ha debilitado, también sin necesidad, las posibilidades de que colaboraran.  Cuando el ojo del huracán de la crisis económica absorbió las noticias de los escandalosos casos de corrupción, tan ofensivos para quienes estaban perdiendo  sus trabajos o veían disminuir sus modestos ingresos, se abrió la vía de acceso de organizaciones asamblearias  y de partidos de inspiración leninista a diversas instancias del poder y de la representación popular,  con su característica benevolencia para con todo lo que pusiera en peligro la estabilidad constitucional de España. Si de lo que se trataba era de agrietar o de derruir el edificio democrático alzado aquí desde 1978, los partidos secesionistas y los renovados  izquierdistas radicales tenían un objetivo en común y su confluencia ha propiciado la llegada a esto en lo que ahora estamos. Los unos querían abiertamente separarse de España y los otros han acudido en su ayuda amparándoles o bien con un discurso muy crítico para con nuestra Constitución y nuestras élites políticas o bien con la radicalización y fragmentación de la democracia.

     Y, para completar el panorama, ni los unos ni los otros han sabido erosionar el valor ideológico del nacionalismo. Durante los casi cuarenta años de vigencia de la Constitución se ha mantenido el tópico de que exaltar el valor nacional de España era cosa de la derecha heredera del franquismo. La izquierda debía manifestarse en ausencia de banderas y dejando colarse las republicanas y las de las “nacionalidades” englobadas en el “Estado” español. La izquierda española se ha dejado llevar con demasiada facilidad por la cómoda ecuación de que lo bueno es sencillamente todo lo que persiguió la dictadura, haciendo caso omiso del etnocentrismo clasista y desintegrador que ha movido siempre a los nacionalistas. La derecha, por su parte, ha recabado para sí sola la exaltación de la españolidad, vinculándola con aspectos casposos y retrógrados de nuestras costumbres y cerrando posibilidades de conciliación de posturas diferentes en la manera de concebir qué sea nuestra nación. Pero, a pesar del reparto de responsabilidades, creo que el principal problema que dificulta la construcción de una imagen compartida de España proviene del paradójico conservadurismo de la izquierda al juzgar al actual nacionalismo europeo: se le ve con las mismas gafas con las que se vio en su momento la emancipación de las colonias y la desmembración de los viejos imperios. Si bien la independencia de los territorios ultramarinos y la emancipación de algunos de los pueblos perjudicados por  los grandes imperios continentales pudieron justificar la simpatía para con los movimientos de liberación nacional de los explotados u oprimidos, no es el caso del actual nacionalismo. Como  ocurría en los años treinta este nacionalismo de ahora es un nacionalismo de ricos, no de pobres. Baviera, la Italia del Norte (ahora, pretendidamente, Padania) o Flandes pretenden estar siendo explotadas o expoliadas de su riqueza cultural, cuando lo cierto es que lo que rechazan es su contribución a la empresa de la redistribución de la riqueza que imponen las legislaciones de sus respectivos estados y que, en lo cultural, son comunidades cuyas costumbres son perfectamente respetadas. Hasta el nacionalismo escocés ha cobrado envergadura sólo cuando el discurso ideológico ha podido acompañarse de la reivindicación del caudal proveniente de los beneficios de las extracciones de petróleo de sus costas. Por supuesto, hay una gran distancia entre las posiciones de la izquierda radical española y las de la socialdemocracia encarnada en el PSOE, pero incluso el PSOE mantiene cierta tendencia a dejarse seducir por el nacionalismo.

   De la reconducción de este proceso de escisión que afecta al conjunto de España y no sólo de lo que ocurra en Cataluña va a depender que se pueda y que se sepa salir del atolladero en el que estamos retenidos.

viernes, 3 de noviembre de 2017

   Cualquier país afectado por el fenómeno nacionalista, sea en versión expansionista, secesionista o proteccionista, tiene un grave problema. El nacionalismo es una fe excluyente en el poder redentor de la propia estirpe y de la supuesta identidad colectiva a ella asociada y actúa con tal virulencia que se apodera no sólo de la alta política sino de los contenidos y del tono de los intercambios de la vida cotidiana. Ha sabido y sabe, además, camuflarse debajo de los ropajes ideológicos de moda, desde los tradicionalistas hasta los de la izquierda radical. Frenarlo es siempre muy difícil y nadie sensato puede atreverse a decir que, de haber gobernado él y los suyos, lo hubiera hecho mejor. No sabía nadie de antemano si lo más conveniente para retardar  la expansión del radicalismo secesionista en Cataluña y en el País Vasco era la política de cesión de competencias o la de su restricción. Lo que sí sabemos, especialmente los que  hemos vivido en esas regiones, es que el núcleo duro del nacionalismo no puede ser aquietado por concesión alguna, además de poseer un poder intimidatorio que hace que nadie se atreva a oponérsele en público. Pero también es cierto que cabe el juego político para evitar que el maximalismo y las actitudes supremacistas infecten al resto de la población.  Sin embargo, no ha sido ese regateo prudente el que que nos ha traído hasta aquí, hasta la tremenda crisis de estos días de octubre, sino el comportamiento de los dos grandes partidos de nuestra democracia, en cuanto que han ido más allá de la legítima exploración de los márgenes convenientes para la delimitación de las competencias autonómicas. Puede decirse que este   procés de ahora es sólo el resultado de ese otro proceso general que ha ido debilitando la consistencia del Estado.

   Tanto el Partido Popular como el Partido Socialista han apostado por la vía de la ampliación de esas competencias, lo que quiere decir –conviene recordarlo- que han cedido parte del poder del Estado a gobiernos regionales que, a pesar de lo establecido por la Constitución,  dudosamente se consideraban parte de ese Estado, pero a los que, en aras del bien común, se pretendía contentar. Hasta aquí y a pesar de lo arriesgado de la apuesta, se trata de un proceder aceptable, es decir, de esa a la que he llamado exploración legítima de posibilidades políticas. Pero el problema es que ambos partidos han ido con demasiada frecuencia más allá de los límites razonables, movidos no por el bien de todos sino por las urgencias de sus intereses de gobierno. Así, han acudido a los nacionalistas para establecer mayorías parlamentarias que no resultaban directamente de las urnas y siempre a cambio de cesiones que han ido agrandando el poder autonómico hasta aproximarlo  al germen de un Estado independiente. De esa manera, el papel que las minorías liberales cumplen en los grandes países europeos ha sido representado aquí por los nacionalistas, con la diferencia de que los liberales europeos son fieles a su país, no propician la regresión identitaria  y actúan como vectores de moderación y estabilización política.

     Desde mi punto de vista, los dos grandes partidos constitucionalistas han agrandado innecesariamente sus diferencias impidiendo un acercamiento de posiciones en la política territorial. Ni el PSOE es tan revolucionario ni el PP tan conservador como para que no pudieran haber llegado a acuerdos para evitar la desmembración del poder del Estado y la actuación incontrolada de los gobiernos autonómicos. Que en Cataluña sólo el 9 % de los empleados públicos lo sean del Estado central o que los Mozos de Escuadra representen un contingente de 17.000 agentes o que la educación sea controlada por los nacionalistas desde al aula hasta la Consejería son la viva muestra de esa dejación excesiva e irresponsable de sus funciones por parte del poder central. 

lunes, 2 de octubre de 2017

   Las cosas nuestras, las de los seres humanos, pasan por la cabeza y se desarrollan atadas a las palabras. Ocurre ahora que con Cataluña hay una pugna dialéctica, verbal, por controlar las palabras democracia y violencia. He defendido en ocasiones anteriores que el vínculo que establecen los secesionistas catalanes y los partidos de la izquierda española de tradición comunista entre la palabra democracia y el concepto correspondiente es inapropiado por evitar la cuestión de sus límites: decir que la democracia como sistema político consiste en sacar las urnas a la calle, sin señalar los ámbitos y los requisitos de las consultas, es una manifestación demagógica sin sentido. Quisiera ahora detenerme en el uso que esos mismos actores políticos están haciendo de la palabra violencia.

   Así como el término democracia recubre todo lo que se pretende que sea visto como bueno, el de violencia ensombrece todo lo que se busca que se vea como malo. Por eso, para quienes creen que el orden constitucional español es malo, las actuaciones policiales para evitar el referéndum ilegal en Cataluña son, no sólo circunstancial sino necesariamente, violentas. Pero el uso de la fuerza no tiene por qué aparecer acompañando siempre al carácter negativo de la violencia. Violento es aquel que rompe lo que hay, arrastrado por sus pasiones y sin considerar el daño que causa. Y ese quebranto puede provocarse por medios físicos o morales. Los secesionistas, en ese sentido, han actuado violentamente y continúan haciéndolo al haber roto mediante resoluciones y procedimientos oscuros el marco de convivencia en cuyo seno veníamos resolviendo nuestras diferencias. Que sus ilegítimas decisiones no  hayan ido acompañadas de imposiciones policiales, probablemente, no se deba a la bondad de sus motivos sino a la falta de fuerzas suficientes y apropiadas. Iniciado ese proceso por ellos, carece de rigor sostener que el Estado legítimamente establecido no pueda responder con el uso proporcionado de la fuerza, como ocurre en cualquier otro caso de actuación ilegal. Es deber del Estado  y de las instituciones democráticamente instauradas el restablecimiento de la ley cuando ha sido violada y los ciudadanos hemos delegado en él la posibilidad de juzgar las situaciones y la conveniencia de valerse de unos métodos u otros, dentro de las limitaciones legales y de la necesaria revisión electoral de lo que los gobiernos hayan conseguido, consentido o perdido.

   Además de los secesionistas y de los radicales, existe una curiosa tendencia actual al buenismo, muy extendida y que aparece en estos días particularmente reflejada en periódicos y en líderes internacionales. Para esta manera de ver las cosas, el uso de la fuerza nunca es legítimo, pues, al parecer, el diálogo alberga una potencia absoluta, capaz de disuadir a cualquier adversario. Desde mi punto de vista, no es ahora el momento oportuno para entrar en la consideración de los graves fallos dialécticos y de los errores de enfoque que han tenido tanto el gobierno actual de España como el partido del que se nutre, sino de subrayar el derecho que asiste al Estado democrático para disuadir a quienes moral o físicamente destruyen el orden y alteran los procedimientos convenidos para dar salida a las situaciones difíciles.

miércoles, 30 de agosto de 2017

    Hace cien años, saber sobre algo equivalía a conocer la historia de ese algo. Ahora, sin embargo, la importancia atribuida a la historia para la explicación de las cosas ha perdido, con razón o sin ella, aquel estatus. Los análisis de por qué el reino Unido ha decidido cortar con el proyecto europeo suelen ser buenos ejemplos de esa manera de ver lo que viene sucediendo. El brexit se explica, así, por los intereses actuales de los ingleses, puestos sobre la mesa por sus sucesivos gobiernos y concretados en exigencias como la de mantener la libra, la de disminuir los derechos sociales de los trabajadores inmigrados o la de no participar en los rescates de países miembros de la eurozona.

     Pero ¿es posible entender ni siquiera esas cláusulas de exención (opt-out, en expresión técnica inglesa) sin saber de dónde viene este gran país que ahora quiere dejarnos? Y, sobre todo, el rechazo inglés de la cesión de su soberanía en beneficio de un proyecto federal ¿no requiere remontarse a lo que Gran Bretaña ha sido y representado en los últimos trescientos años? Porque se trata de un rechazo potente y persistente. No es ni el capricho de una minoría ni se puede asimilar a una moda pasajera. Por el contrario, es el sólido depósito de su historia, de un pasado secular que no permite que los ingleses –en el sentido de británicos- puedan ver el fenómeno de la unificación europea con la misma perspectiva que las demás naciones. Aunque forman parte del mismo mundo cultural, político y económico que nosotros, ellos siempre han mantenido una acertada marginalidad que les ha evitado ser arrollados por otros, a la vez que permitido corregir desde fuera los desastres del Continente. Inglaterra no ha desatado las grandes guerras ni las ha sufrido tan intensamente como Francia o Alemania, por lo que no ha percibido de manera tan perentoria la necesidad de encontrar el camino para evitarlas. Incluso tiende a desconfiar de los movimientos políticos de los países continentales por su tendencia al desequilibrio. Además, ha dominado y gestionado hasta hace cuatro días el último de los grandes imperios mundiales y el progreso técnico, científico y político que nos ha permitido distanciarnos a todos de las limitaciones del pasado tiene mucho que ver con lo que sus ciudadanos han aportado, con su empuje como locomotora de la modernidad.  Y eso lo han hecho por sí solos, sin necesidad de recurrir a la fusión con otras naciones. Inglaterra, en realidad, ha visto el proceso europeo de unificación como una pata más de su propio proyecto de liderar una comunidad de beneficios a nivel intercontinental. Su obra colonizadora y los intereses a ella asociados han puesto las bases de la actual estructura económica mundial, regida además por la preponderancia comercial de su lengua. No se sumó, pues, el Reino Unido al proyecto europeo ni por las mismas razones ni con la misma urgencia que otros estados, sino por otras más livianas y prescindibles.

    Al parecer, los jóvenes ingleses son partidarios de mantenerse en la Unión, mientras que los mayores se inclinan por el brexit. Quizá porque esa historia de la que hablo pese más en la mente de sus mayores que en la suya. Pero ¿y si, por esta vez, fuera más acertada la visión de los viejos que la de los jóvenes, la de los que palpan aún las costuras de las cicatrices del pasado que la de los que solo han vivido el esplendor de los tiempos presentes? Porque, aunque yo sea partidario de los procesos de unificación, me doy cuenta también de sus límites. Me gusta la UE y admiro el proceso que iniciaran Schuman y Adenauer, que ha acabado siendo un remedio eficaz contra la exacerbación de los enfrentamientos que anteriormente habían conducido a la guerra. Pero no veo necesario que tal proyecto tenga que incluir a Inglaterra. Incluso pudiera ser que su marginalidad siguiera funcionando como un estímulo o como un corrector. Una Europa absolutamente integrada carecería de un contraste próximo, de un espacio político cercano en el que se articularan alternativas sociales o económicas distintas a las suyas. Tener un vecino que lo hace mejor o peor que nosotros es siempre provechoso para rectificar o para mantenerse en lo propio. Imaginen, además, que la Unión Europea retrocediese hacia soluciones autoritarias. Hasta ahora los populismos se han inclinado del lado de los nacionalismos particulares, pero pudiera ocurrir que brotara una nueva generación de partidos totalitarios que pugnasen por el control de las instituciones comunitarias. Sería bueno, entonces, que no todos nos hubiéramos embarcado en el mismo navío.

     Con independencia de los previsibles inconvenientes económicos del brexit, puede pensarse que este apartarse de la unificación europea tenga su lado positivo. Quizá no venga mal que el país que ha abierto tantos senderos nuevos para el mundo  siga aún trazando su propio e independiente camino. Unirse es, desde luego, positivo, pero la historia del mundo, para progresar, ha necesitado también de espacios diferenciados de evolución y de desarrollo cultural.

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A.Marcos

martes, 25 de julio de 2017

     Ser mujer no es fácil. Ellas han sido menospreciadas y hasta maltratadas a lo largo de  la historia y aún sufren terribles condiciones en los países atrasados. Incluso en los más adelantados, a pesar de la mejoría, no han conseguido aún, en la vida ordinaria, el mismo aprecio que nosotros, ni se han librado por entero de la violencia ejercida por los varones para someterlas. Pero ¿qué ocurre en el otro lado de la polaridad sexual? ¿Es que somos los hombres, por nuestras ventajas sociales, rematadamente felices? Creo que no:  todo lo contrario, no somos felices, ni mucho menos. A nosotros  también nos pasa algo. Y algo grave, aunque tenga otro aspecto que lo de las mujeres. Algo que, por así decirlo, no nos deja vivir ni convivir. Seguramente, se trata de una dolencia que se ha mantenido siempre ahí, pero la diferencia está en que ahora tenemos datos que nos la muestran con claridad: es evidente que la condición masculina sufre su propio drama.

     Las cifras del suicidio en España son impresionantes desde cualquier punto de vista, pero lo son especialmente en lo que nos toca a nosotros. Tomen las publicadas por el INE el pasado febrero sobre muertes no naturales: en el año 2015, hubo 3602 suicidios, de los que se sabe también que ¡2680 correspondieron a hombres! ¿No son estos dos millares muy largos de muertos la punta del iceberg de la decepción y de la incapacidad de los varones para disfrutar de la vida? No soy partidario de psiquiatrizar la vida humana y prefiero ver, en principio, el suicido como el resultado de una tensión existencial que inhabilita para seguir en pie. Y los hombres, por valientes o por cobardes, no lo sé, rompemos esa tensión cargando contra nosotros mismos. Pero es que hay más y muy malo. En nuestro contexto cultural y según Eurostat, en 2014 los varones representaban el 95 % de la población carcelaria de la UE. En España, los hombres –permítanme usar la palabra en sentido amplio o sociológico: es evidente que en lo particular la inmensa mayoría de nosotros estamos exentos de culpa- asesinan a unas 60 mujeres cada año, sin ser capaces de encontrar medios apropiados para resolver sus dificultades como pareja. En esto, seguramente, habría que reconocer cierto valor a quienes deciden quitarse ellos mimos de en medio y no descargar su ira contra la mujer que les frustra o que, simplemente, les limita. Los muertos de tráfico son otra de las grandes dimensiones de los varones. Según la DGT, el 76 % de los fallecidos por este motivo en 2015 fueron hombres. Algunos especialistas ven, además, que el registro de accidentes oculta una parte de suicidios.

     Para entender lo que nos ocurre, ya he dicho que prefiero aquí recurrir al análisis de las tensiones que nos incapacitan.  Y, desde mi punto de vista, son las creencias y actitudes machistas las que están en la base de la exacerbación de nuestros problemas. El machismo, en su reverso, se articula como una impotencia. Si en el anverso, el varón es el ser que todo lo puede, el dueño absoluto de su casa y de los seres que en ella habitan, los datos revelan lo que se esconde en el otro lado. El hombre actual, desprovisto de la protección legal que en otras épocas se dio a su sentimiento de omnipotencia, es incapaz de vivir por sí solo. En lo más elemental, le cuesta cocinar, fregar y lavar o mantener la limpieza del hogar. Sus relaciones personales adolecen de profundidad. Su mujer es un instrumento para evitar su desorden y la estulticia de muchos de sus vínculos y aficiones. La paternidad, si se desvincula de la fuerza atractiva de la madre, se hace nada. Los hombres no somos acogedores sino prepotentes y, con facilidad, agresivos. Nuestras amistades se constituyen sobre prácticas vociferantes y ostentosas. Las mujeres hablan más entre ellas, son más sociables, visitan exposiciones, estudian más, acuden a conferencias o se interesan por la cultura y el arte. Lo nuestro es, más bien, el estadio deportivo y el grito de guerra. En fin, ellas tienen más apañada la vida que nosotros y, de ser necesario, dejan la pareja sin sufrir una desestructuración de su intimidad tan acusada como la nuestra.

   El hombre, al menos en las circunstancias presentes, carece del poder y de la capacidad de los que le gusta presumir. No logra orientarse –o no logramos orientarnos- en una sociedad en la que la técnica, los valores igualitarios y la emancipación de la mujer le van descabalgando de tantos privilegios heredados y probablemente asociados a la rudeza del trabajo en el pasado y a la importancia que tuvo la función militar. Si la mujer mantiene una larga pugna con el machismo, nosotros debiéramos sumarnos a esa empresa. Que nos deshagamos de esta antigua manera de ser varones no sólo les beneficia a ellas –que no es poco- sino que para nosotros constituye un requisito imprescindible para mantenernos en pie y en el aprecio de la vida.

ciudadsinmurallas@gmail.com

Facebook: Jesús A. Marcos

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