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La comidilla | por Mateo Sanz de Santos
foto "La comidilla" trata sobre la gente, sus gustos, disgustos, costumbres, aciertos, excesos y vicisitudes varias a la hora de comer, beber y vivir. Qué nos llevamos a la boca, cómo, dónde, con quién lo hacemos y cuánto lo disfrutamos. ¡Salud!
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domingo, 25 de agosto de 2013

Nacho y Silvia son una pareja joven. Desde hace aproximadamente dos años elaboran en un pequeño pueblo de Segovia una deliciosa cerveza artesana. Y además del agua, la malta de cebada, el lúpulo y la levadura, ponen en su cerveza mucha dedicación y mucho amor, que se aprecian en cada trago que uno pega. La Veer, es una cerveza ecológica y como sus productores, también es comprometida y vegana. Pero no quería hablar de su cerveza, que ya habla por sí sola, si no de la feria de cerveza que han organizado en su pueblo, Sebúlcor.

El pasado sábado, 24 de Agosto, consiguieron traer al campo de futbol de Sebúlcor algunas de las mejores cervezas artesanas que se pueden beber hoy en día en nuestro país. Pero no solo trajeron las cervezas, también fueron capaces de llenar el pueblo de gente, que atraídos por ellas, vinieron a probarlas, a hablar con los cerveceros que las producen, a acompañarlas comida vegana y romper muchos prejuicios. Todos los que allí estuvimos pudimos escuchar muy buena música y ver trabajos artesanos de joyería, patchwork, etc, además de conocer algunas de nuestras semillas autóctonas.

Los chicos de Veer, con su feria, han abierto a muchos segovianos las puertas del amplio universo de la cerveza artesana y también han abierto las puertas de su microcervecería a todo el que se ha querido acercar a conocerla. Seguro que para la siguiente edición el campo de futbol se quedará pequeño.

Sebúlcor es un pueblo muy conocido por ser el centro de las Hoces del Duratón, pero ayer, también sonaba en boca de muchos por ser el pueblo de la cerveza. El público quedó encantado de probar cervezas deliciosas y hablar con los artesanos que las elaboran. Los cerveceros vendieron toda la cerveza. Y la gente de Sebúlcor disfrutó viendo su pueblo lleno hasta arriba de visitantes, igual que se volverá a llenar dentro de un par de semanas, casi en el mismo lugar, con la magnífica carrera de la Senda de los Frailes.

Nacho y Silvia pueden estar muy contentos y orgullosos, porque su trabajo ha merecido la pena y porque la 1º Feria de la Cerveza Artesana de Sebúlcor ha sido un éxito se mire cómo se mire.

miércoles, 12 de junio de 2013

1.    Había escuchado hablar de él muchas veces.  Su nombre era tan sonoro y su hazaña tan  prodigiosa que eran imposibles de olvidar.

El bar en el que estábamos, ya avanzada la noche paró la música y se abrió corro a su alrededor mientras se quitaba la cazadora.  Alguien acercó dos botellines de cerveza que acababan de abrir en la barra. Cogió uno en cada mano mientras sonreía seguro y hablaba alto, con desenfado, sin importarle ser  el centro de atención. Su estatura le hacía destacar por encima del resto de los que observábamos. Se agachó y colocó en las comisuras de su boca la boca de cada uno de los botellines. Mientras tanto, crecía la tensión. Rápidamente levantó la cabeza y los dos botellines de cerveza se vaciaron en su interior sin que se saliese ni una sola gota.

Todo ocurrió en apenas un par de segundos. Cuando levantó la mano con los dos cascos vacios todo el bar era un clamor.

Aquella era la tercera vez que lo hacía esa misma noche.

 

 

2.       Fui a su casa a comprar una moto vieja que guardaba en la portada. Cuando llegó el momento de discutir el precio me invitó a bajar a la bodega para estar más frescos. En la media hora que estuvimos allí llenó la jarra tres veces.

Me dijo que tenía doce cubas y que todos los años hacía vino suficiente para llenarlas. Después del tercer vaso me costó multiplicar cada cuba por 230 litros para calcular los 2.760 que hacía cada año.

- ¿Y lo vende? – Pregunté.

- No, es para el gasto de la casa.

-¿Y son muchos en casa?

- No, soy viudo. La burra y yo, nada más.

-¿Pero la burra también bebe?

-No, pero si no es por la burra yo no podría hacer nada. Viene conmigo al huerto, a la viña, a la bodega, a casa. Menos a misa, a todos los lados. Yo ya soy muy mayor para cargar todo el día con la garrafa.

 

 

3.       Éramos jóvenes sedientos y arrogantes. Nos juntábamos todos los viernes y sábados en el bar después de cenar y allí empezaba la carrera. Bebíamos rápido, un “cubata” detrás de otro y nos creíamos muy machotes. Apurábamos nuestros vasos de un trago y al terminar golpeábamos con ellos la barra, con los hielos enteros tintineando en el cristal.

Entre el resto de parroquianos que frecuentaba la barra, había un hombre soltero, entrado en años, que bebía siempre en silencio, durante horas, en una esquina. Una noche, envalentonados, nos acercamos a preguntarle si quería una copa y si era capaz de ganarnos a alguno en beberla de un trago. Nos miró con desprecio, sin decir palabra, y volvió a fijar la mirada en el vaso medio vacío.

Volvimos a nuestro sitio y pedimos otra ronda para los cinco que éramos. Él se levantó en silencio, se acercó a nosotros mirándonos fijamente, apoyó una mano en la barra y sin detenerse, en unos segundos, se bebió uno tras otro nuestros cinco cubalibres.

Dejó en la barra los vasos vacíos, cogió la chaqueta y salió más tieso que una vela dejándonos boquiabiertos.

Se había tragado también los hielos y las rodajas de limón.

 

 

viernes, 19 de abril de 2013

Seguro que he comido pocos cocidos después de trabajar duro, apenas media docena. Pero la idea que tengo del cocido es esa, la recompensa al castigo divino de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, que le fue impuesto al Padre Adán por morder una manzana. Será porque así me lo han transmitido en casa.

Salvo los meses más calurosos, casi todos los sábados desde que tengo memoria, mi abuela  prepara cocido. Y siempre que puedo voy a su casa a comerlo, porque suele añadir un par de puñados de garbanzos por si me dejo caer por allí. A sus casi noventa años, (mis abuelos son la pareja más vieja del pueblo) sigue levantando la olla, que lleva cociendo toda la mañana, para escurrir el caldo. Es una comida sencilla pero exquisita y mi abuela, con naturalidad, sin saberlo, es una artista refinada. Controla los tiempos con las campanas de la misa, la consulta del médico, la hora de la compra o los pitidos del panadero. Las medidas, a dos puñados de garbanzos por cabeza (y uno para la olla), el aceite, la sal, el chorizo, la bola… Y la temperatura de la placa de la cocinilla la regula usando pino, chopo o encina, según la necesidad. Al final, una obra de arte.

Y decía lo del trabajo, porque raro es el sábado que mis abuelos no me cuentan que antes, el cocido era la comida de todos los días, hacían una pausa en el trabajo y se comían el cocido sólo con tocino. Los días que había algo de gallina eran casi una fiesta.

Y lo decía también porque siendo el mismo cocido, o por lo menos la misma "cocidera", recuerdo como algo especial los cocidos de los días de invierno que comía después de haber ayudado a mi abuelo con la leña, o haber trabajado. Nada mejor que comer con hambre. Y beber con sed ese vino clarete de Aranda que se toma en mi casa. Ahí entendí un poco lo que era “ganarse los garbanzos”. Pero lo entendí sobre todo el verano en que, estando todos los primos en lo peor de “la edad del pavo” mi tío decidió curarnos de nuestra adolescencia. Y como éramos unos vagos y unos cantamañanas, sembró dos tierras de garbanzos para que nosotros los segásemos. Recuerdo bien el calor, el sudor, el dolor de riñones, los mareos por madrugar habiendo trasnochado mucho, las manos enllagadas por el salitre… Pero también recuerdo los almuerzos y las competiciones a ver quién terminaba antes un surco, que siempre ganaba mi abuelo aunque parecía que iba despacio. Desde entonces el cocido me sabe aún mejor. Y cuando como cocido con amigos  me siento conocedor de un secreto que hace que me sepa a mí mucho mejor que a ellos.

Don Antonio Díaz-Cañabate, escritor castizo y crítico taurino, colabora en el libro “La Cocina Española” de Cándido (la Biblia de la gastronomía) haciendo un paseo por los mesones de Madrid donde nos habla del cocido madrileño. O cocidito, como dice la canción, que es más cercano. Y dice: “…el cocido de pucherete que te servían en los tasconcios pa albañiles solteros. Cada cocido en su pucherete individual… y con eso comía un cristiano igualito que el duque de Medinaceli.”

Pues eso me pasa, entiéndanme ustedes, que cuando como el cocido de mi abuela, o cualquier otro de los muy decentes que se hacen por aquí, me siento un poquito igual que los albañiles solteros con su pucherete, o los payeses de Potes con su cocido montañés, o los pastores extremeños, o los mineros asturianos o el mismísimo obispo de Astorga con su cocido maragato, que se come del revés. Y es que el cocido siempre ha sido una comida de trabajadores, que económica, nutritiva y muy calórica, ha alimentado durante años a la gente más humilde de nuestro país. Y por eso me llena de orgullo devorarlo con hambre proletario, sabiendo que me he ganado los garbanzos. Y aunque normalmente no sea así y casi todos los sábados esté más cerca del Duque de Medinaceli o el Obispo de Astorga, el cocido de mi abuela me sabe a gloria bendita.

lunes, 8 de abril de 2013

Miguel Ángel se jubiló el año pasado. Es ganadero desde que era niño, tanto, que el primer regalo que pidió a “Los Reyes” fue una oveja. Inquieto, serio y poco afortunado en el juego, no se resigna a pasear y jugar a las cartas y decidió emplear el tiempo en algo productivo. Con unos bloques de cemento, unos somieres, chapa, palos, pesebres y su buena mano, improvisó un gallinero en la que fue su granja de vacas. Las gallinas corren alborotadas, cacarean, pican el suelo… Y el resultado es que, desde hace unos meses, Miguel Ángel presume de ser “el tío que tiene mejores huevos del pueblo”. Y es verdad.

Pero no queda todo en presumir, ni mucho menos; Miguel Ángel regala a sus vecinos y amigos “una docenita” de vez en cuando. Su mujer también los administra entre sus amigas. Y los domingos algunos matrimonios de mediana edad afrontan el atasco de la A-1 a la entrada de  Madrid sabiéndose portadores de un tesoro, un trozo del pueblo que degustarán a lo largo de la semana. También los disfrutan sus hijos, sus padres, sus hermanos y sobrinos…

 Anoche, yo atesoraba  una docena en la nevera, que ya va terciada. Mi mujer y yo pasamos la tarde nerviosos:

-¿Cenamos ya?

Y cenamos. Una hora antes que normalmente. ¡¡Qué delicia y qué sencillez!! Echamos a la sartén un par de tajadas de chorizo en aceite, un par de filetes de jamón, y justo después un par de huevos bien fritos para cada uno.

No tengo palabras.

No son ni más grandes ni más pequeños que los del supermercado,  ni la yema es más amarilla o más naranja, no sé… Pero son un manjar de reyes.

Mi amigo Javilón, uno de los hombres más fuertes y corpulentos que conozco, capaz de hazañas increíbles, cómo es amable y muy listo, casó muy bien. Pero que muy, muy bien. Se lo comenté una tarde tomando café en el bar; mientras él me contaba, feliz, lo bien que había comido:

-¡Qué bien casaste, jodío! – Le dije.

-¡Ayy…! – Suspiró. Y una pequeñísima sombra de tristeza cruzó por su mirada.

- ¡¡¿Tendrás alguna pega!!?

- No. Pero no te creas tú que no me acuerdo…

- ¿De qué?…

Me contó, pesaroso y añorante, cómo durante años, desde que era niño, todas las tardes, cuando volvía a casa después de trabajar duro, su madre le preparaba “la cena”. Él no preguntaba qué había para cenar, todas las noches “la cena” era la misma. Su madre sacaba un par de tajadas de lomo y chorizo de la matanza, que conservaban en aceite y le freía un par de huevos de las gallinas del corral. Así fue siempre. Hasta que se casó. Que si el colesterol, que si todos los días lo mismo, que ésto no puede ser sano…  Con el amor uno siempre gana, pero hay que hacer pequeñas concesiones.

Anoche pringaba yo con pan la yema de los huevos fritos y trataba de contener la salivación desaforada de mis papilas gustativas.  Mientras tanto, pensaba en lo satisfecho que debería de estar Miguel Ángel, que conoce la recompensa del trabajo bien hecho, porque de verdad es él quién tiene los mejores huevos del pueblo.

Y pensaba en cómo a veces, tanto el comer, como el dejar de hacerlo, puede ser el fruto de un trabajo de amor.

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