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Con “A” de aprender | por Alberto Martín García
foto Con tanta vocación de profesor como de alumno de mis alumnos en la Universidad, comparto con los lectores de El Adelantado de Segovia este blog. Pretendo dar mi visión de diferentes aspectos relacionados con la educación y su situación actual. Soy buen amante del debate y la discusión y, si lo consideras oportuno, tu aportación como lector será bien recibida y hará de Con "A" de Aprender un espacio abierto con el que espero seguir aprendiendo.
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lunes, 26 de junio de 2017

            Contadles a vuestros hijos que un día, debajo de todas aquellas mesas y sillas que ven, existió una ciudad llamada Segovia... Esta frase bien podría rezar en la lápida de nuestra querida ciudad. Esa lápida será necesaria al ritmo de sentencias judiciales que tenemos que pagar los segovianos de nuestros bolsillos por malas decisiones políticas, por un CAT megalómano bañado de cemento y de fracaso antes de ponerse la primera piedra, y por la sangría de población, especialmente joven y bien preparada, que hace la maleta convirtiendo Segovia en un lugar al que volver temporalmente nada más.

            Los segovianos, entre nuestras múltiples cualidades, no tenemos desarrollada la de buscar el progreso real de la ciudad, el alejarse de celebrar que avanzar consiste en que aterricen en manada decenas de franquicias de comida rápida. Asumimos con naturalidad que la cercanía a Madrid no nos permite crecer, y que para las cosas grandes mejor ir a la capital, que allí 'hay de todo' como si en Segovia hiciéramos fuego con piedras, que el trabajo que se puede conseguir aquí es de camarero, funcionario o, viendo su avance en los últimos años, de dependientes de yogur helado. En esa parálisis crónica tendemos a evaluar si no estamos del todo mal en función de cómo están de llenos los bares y las terrazas de Segovia. Si están hasta arriba nos contentamos: los turistas vienen, pasan el día, se van, y los de aquí los frecuentamos porque tenemos dinero para nuestros pequeños placeres, eso que tienen sabor a tortilla, cerveza y una buena conversación con los amigos.

            En uno de mis paseos de repente he descubierto cómo han florecido entre el adoquinado segoviano muchas terrazas nuevas, y las que ya existían han conseguido en algunos casos espacios más amplios en la calle de los que tenían años atrás. Esta proliferación llega al extremo de que las meses y las sillas se sitúan dentro de la carretera de algunas calles, con unas líneas marcadas en el suelo que las delimitan.

            Especialmente en el casco antiguo, en lugares tan emblemáticos y tan bellos como son la Plaza de San Martín o bajo el Acueducto a ambos lados, las terrazas han pasado a formar parte de un paisaje que ahora tiene algo menos de impresionante. Ahí están, custodiando como si llevaran tanto tiempo como el propio monumento.

            Cada vez leemos con más frecuencia que algunas ciudades, con Barcelona a la cabeza, han sido tomadas, pacíficamente, eso sí, por los turistas que llegan en masa para conocer las virtudes de cada localidad. En esa llegada tan masiva es poco frecuente que las autoridades tengan en cuenta a los lugareños y los inconvenientes que la desproporción conlleva; a aquellos que viven todo el año allí y que en una mala jugada de campeonato pasan a ser turistas en sus propias ciudades a la vista de que se están volviendo irreconocibles. Y si un equipo de gobierno habla de controlar el turismo se le acusa de querer perjudicar a los ciudadanos, cuando realmente es todo lo contrario lo que pretende.

            El casco antiguo de Segovia, por motivos diferentes, está perdiendo su identidad, la que le otorgaban los que día a día pasaban por sus calles. En pocos años hemos perdido la cultura que nos regalaba la biblioteca municipal, los gritos y las risas de los estudiantes de las Jesuitinas (y pronto si nadie lo remedia pasará igual con las Concepcionistas), el Esteban Vicente lleva tiempo jugando al funambulismo, el Palacio de Quintanar ha caído en el olvido más denigrante que no merece un espacio histórico que antes rebosaba vida, la sede de la Seguridad Social ha sido realojada a las afueras...

            ¿Se está alejando a los segovianos del centro de la ciudad para dejar más espacio a los turistas? Vista la enumeración del párrafo anterior a uno no le cabe duda. No estoy hablando de que los nuevos edificios donde se asientan algunos espacios no sean mejores, pero la sensación que queda es inevitable que no vaya orientada a pensar que se decide pensando más en el turista que en los ciudadanos y que en la propia ciudad. Solo así se explica que se permita que el Acueducto o la Plaza de San Martín tengan más sillas que baldosas en el suelo y que las aceras —y esto no es algo que afecte solo a la zona antigua sino a todos los barrios— pierdan la mitad de su espacio para caminar en favor de negocios privados.

            Llevo treinta y cinco años en Segovia, sé lo importante que es el turismo y que los pequeños empresarios generen empleo. Esto no contradice lo que he expuesto en este espacio. Me gustan los bares y las terrazas. Mucho además. Hablo de buscar una proporcionalidad que en estos primeros días de verano no encuentro. Sé que la posición del ayuntamiento es complicada y que le preocupa el deterioro de lo público, pero hemos llegado a un extremo en que ciertas zonas peatonales están invadidas por sillas y mesas. Y esto no es progreso para la ciudad. No todas las decisiones tienen que ir encaminadas a generar más ingresos a negocios que, muchos de ellos con menos espacio público ocupado, seguirían siendo rentables. 

            Si les parece nos tomamos una caña bien fría en una terraza y seguimos hablando del tema...

jueves, 22 de junio de 2017

        Media España lleva varios días consternada. Es la noticia que más minutos ocupa en los informativos de televisión (seguida muy de cerca por el calor que ningún medio asocia al cambio climático), la más comentada en los diarios digitales. Exacto, es esa que usted está pensando: Cristiano Ronaldo amenaza con irse del Real Madrid porque se siente perseguido por Hacienda. El seguimiento a todas las novedades, que son ninguna, genera editoriales, portadas al indignado presidente del club blanco, intervenciones en las radios de expertos en temas fiscales. El pueblo es lo que necesita ahora mismo, lo que más requiere, saberlo todo, que es nada, y ver las imágenes del portugués entrenando para una pachanga veraniega con su selección.

            Y mientras tanto, con un seguimiento que ha durado lo mismo que ha tardado el interés de la población española en desaparecer, se nos informaba la semana pasada en la segunda línea de parrilla de los titulares que España no iba a recuperar más que una tercera parte del préstamo concedido a las cajas de ahorros para salvarlas de la quiebra. En total la pérdida rondará los 60.000 millones de euros, o dicho en letra, que se lee mejor, sesenta mil millones, casi un 7% de nuestro PIB. Vista la cobertura informativa y el enfado de la sociedad son nada comparables con los 200 millones (doscientos) de euros que tendrá que pagar el equipo que quiera a la estrella sideral portuguesa del Real Madrid.

            Me he permitido hacer la división tomando como referencia los cuarenta y cuatro millones de habitantes que pisamos territorio español. Tocamos a 1.363 euros por persona, bebés y ancianos incluidos, no se vayan a olvidar. ¿Qué significa esto en términos reales? Que si hoy, mientras usted me dedica unos minutos de su tiempo que yo además le agradezco, recibiera la visita de un señor de Hacienda, muy bien trajeado eso sí (los delincuentes son los que visten mal) y le dijera 'Hola, buenas. Vengo a por sus 1.363 euros para el rescate de las cajas', y usted, lector amigo, tuviera que dárselo en metálico, pensaría que es una locura. Pero si además ese buen señor de Hacienda le dijera que tiene que entregarle 1.363 euros más por cada persona que vive en su casa, llamaría a la policía por un intento de robo.

            Pero no, el dinero no sale de nuestras carteras en términos literales, sale de los impuestos que previamente hemos abonado, es decir, del tiempo que hemos dedicado a trabajar para pagar al Estado la parte que nos requiere con el supuesto objetivo de ser invertido en mejoras para nuestra vida. Y es ahí donde está el gran problema de la sociedad, paralizada entre tweets recurrentes, pan, circo y terrazas repletas que son las verdaderas medidoras del estado de bienestar. Si los bares están llenos que nadie se preocupe, España va bien.

            Decía que ese el problema; nos hemos olvidado, si es que lo supimos algún día, que el dinero de los impuestos sale de nuestras horas de trabajo, de privarnos de ganar más por ceder al Estado una parte nada insignificante para que los gestione por nosotros en sanidad, educación, obras públicas, transportes, cultura...

            ¿Cuántos dirigentes de esas cajas convertidas en chiringuitos de unas cuantas familias van a pagar por el daño que han causado con sus malas decisiones y con sus estafas? ¿Cuántos miembros de los partidos políticos nacionales y regionales que miraron a otro lado siguen hoy saliendo ante los micrófonos asegurando que son la mejor opción para gobernar mientras cobran sueldos públicos? Y sobre todo, ¿qué le tiene que pasar a esta sociedad cegada y desmemoriada para que salga a la calle en masa, sea de la ideología que sea, y no para celebrar una victoria de un equipo de fútbol? ¿Qué más nos tienen que hacer para decir basta ya de robarnos?

            60.000 millones de euros que prometieron que se devolverían y que nunca veremos. No somos medianamente conscientes de cuántas pensiones se pagarían con ese dinero. Y España mientras dividida como siempre y apoyando a quien considera 'el menos malo', olvidando que lo que importa no es quién nos gobierne sino exigirles que administren nuestro dinero por el bien de todos. Desde sus sedes han tenido que respirar aliviados viendo cómo la mayor estafa económica de la historia de este país ha pasado de largo para la opinión pública; ninguno se verá castigado ni tan siquiera en las urnas. Y esto no es culpa de ellos, es nuestra por quedarnos parados y dejarles que sigan dirigiendo nuestras vidas de esta forma tan lamentable que hemos aceptado sin rechistar: la de que es más rentable salvar a la banca que a las personas. 

 

lunes, 8 de mayo de 2017

El autobús del Real Madrid llega a un estadio rival. Afuera, unas cien personas aficionadas del equipo local esperan al equipo al grito de ‘hijos de puta’, ‘puta Madrid’, dedos corazones alzados o algunas partes íntimas bien agarradas con ambas manos; realzándolas. Entre ese centenar cuento por lo menos ocho menores que no deben superar ninguno los catorce años. De sus bocas salen gestos similares a los de los adultos que los tutelan.

Vayamos a cualquier partido de un fin de semana normal. Por televisión se observa que cuando un jugador del equipo visitante se acerca a la banda a recoger un balón durante un partido con cierta rivalidad entre ambos clubes, es fácil que le lluevan insultos y escupitajos por parte de espectadores que ocupan las zonas bajas.

Elijan ahora, mis queridos lectores, un partido de fútbol infantil cualquiera de los que se disputan en fin de semana. Verán a algunos padres en las gradas o a pie de campo gritando a sus hijos lo que deben hacer, poniendo en duda al entrenador o insultando al árbitro, que en caso de ser mujer recibirá una dosis extra de insultos machistas por su condición. El perfil del maleducado siempre es el mismo: hombre de mediana edad, con una vida ampliamente mejorable y frustrado porque su hijo se está manchando en la tierra de un partido de barrio en vez de estar despuntando en La Masía o en la cantera del Real Madrid… Lo que conlleva que luego en las discusiones de bar no podrá presumir de que ‘mi chico va a jugar en primera’.

Para terminar este cuarteto de casos con un nexo común desplacémonos a las ligas municipales o regionales, esas que llaman ‘fútbol amateur’. Árbitros perseguidos y agredidos, aficiones pegándose, jugadores amenazándose entre ellos, rivalidades establecidas por decreto en las que es obligación que se monte alguna trifulca par demostrar a los visitantes quién manda aquí.

Cualquiera que siga habitualmente un medio de comunicación observará que en las últimas semanas, como una tradición más, nos encontramos cada lunes con vídeos caseros en los que se nos muestra alguna pelea bochornosa en un campo de fútbol. Al día siguiente de publicarse las imágenes también es habitual escuchar a presidentes o aficionados entrevistados por las 'Grissos y las Ana Rosas', encantadas ellas con el morbo de la agenda de sucesos. Unos dicen que hay que acabar con estos incidentes y otros piden perdón añadiendo siempre un ‘pero’ en la frase que anula cualquier intento de disculpa. Los aficionados, esos que se definen como ‘de toda la vida’, van más allá en las tertulias de barra de bar y nos cuentan con toda su experiencia que ‘esto ha existido toda la vida, lo que pasa es que ahora con los móviles todo se sabe’. En esta frase tan definitoria de por sí, e inmovilista a la vez, hay una especie de deseo oculto de que nada cambie porque al final son casos que ellos consideran aislados y hasta le añaden sal al partido.

Pero hay algo más que se repite como un mantra una vez que se analiza cualquier acto violento y que curiosamente pone de acuerdo a público, aficionados, equipos… Y es la creencia de que ‘esos casos violentos que suceden no tienen nada que ver con el fútbol’, como si el fútbol fuera solo la excusa para pelearse o insultarse. Y no, el fútbol no es la excusa nada más, no le quitemos su parte de culpa en esta lacra porque su culpa es muy amplia, y sí, la violencia en el fútbol también es fútbol.

Porque estamos ante el único deporte en el que se normaliza el engaño al árbitro por parte de los jugadores disfrazándolo cómicamente como ‘picaresca’, situación que imitan los niños desde muy pequeños. Porque se ha justificado durante siglos la presencia de los ultras violentos porque ‘sin ellos el estadio estaría en silencio’, riéndoles además las gracietas y los cánticos xenófobos, racistas y de mal gusto. Porque en el fútbol tenemos los únicos puestos laborales, los de jugador, árbitro y entrenador, en los que se da por sentado y normalizado que tienen que aguantar los insultos de los aficionados del equipo contrario y de otros jugadores porque ‘es su trabajo’. Los futbolistas profesionales no pasan de puntillas en este circo, por ejemplo no censurando con el poder que tienen conductas de sus aficiones cuando hay que censurarlas. Viven muy cómodamente y es mejor estar callados. O fingiendo agresiones para que expulsen al contrario, situación que siempre me pregunto si cuando la ven al llegar a casa no se mueren de vergüenza sabiendo que son ejemplo para muchos jóvenes.

Y sobre todo, lo más lamentable, porque es el único deporte en el que yo, si tuviera hijos, jamás los llevaría a verlo en directo, porque lo único que pueden aprender son cosas nada didácticas. Me lo llevaría a ver tenis, rugby, baloncesto, atletismo, balonmano. Es probable que en esas disciplinas aprendiera más y no tuviera que estar tapándole los oídos o explicándole situaciones que no tienen justificación por mucho que se nos llene la boca con que ‘es el deporte rey’.

Como ven hoy he tirado mucho de comillas, de frases que cualquier de ustedes han escuchado. Puede que esté ahí el origen del problema, en pensar que el fútbol debe seguir siendo así porque ‘siempre lo ha sido’. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Es cierto, mi titular ha podido quedar muy imperativo teniendo en cuenta que me estoy dirigiendo a personas a las que en su mayoría no conozco, pero más que una orden lo que ofrezco al comienzo es una recomendación. Si eres empresario y la coges al vuelo, créeme que saldrás ganando, y esto no es una opinión, es una certeza.

Llevo casi siete años trabajando en la Universidad de Valladolid. Soy profesor asociado (de los que tienen otro trabajo que compaginan con la actividad docente) e imparto clases en el grado de Publicidad y RR.PP. Cuando empecé era habitual que algunas empresas e instituciones públicas vinieran pidiendo ayuda para algún trabajo publicitario, siempre como una colaboración en la que el alumno reconozco que recibía menos de lo que se llevaba quien solicitaba esa ayuda. No sé si por falta de presupuesto o por pensar que al ser estudiantes su talento aún no estaba desarrollado, pero había propuestas poco ambiciosas y un tanto confusas en cuanto a los objetivos.

Sin embargo esa tendencia lleva dos o tres años que ha cambiado radicalmente. Quizás la redes sociales y el crecimiento del Festival Publicatessen han ayudado a su difusión, pero ahora son muchas las entidades públicas y privadas que se acercan al Campus María Zambrano con las ideas muy claras a ofrecer concursos y colaboraciones para crear campañas publicitarias, y con premios y reconocimientos generosos. Sé que me dejo alguno, pero sin ir más lejos en ese tiempo que acabo de mencionar hemos contado con concursos propuestos por Procose, con José María Ruíz a la cabeza; el Ayuntamiento de Valverde del Majano para su Premio Nicomedes García; la Academia de Artillería para promocionar su biblioteca abierta a todos los ciudadanos; la Diputación de Segovia con su iniciativa ‘Un verano de cine’; el Open de Castilla y León de Tenis; el Ayuntamiento de Segovia, Fundación Aída… y más que me dejo por el camino.

Cuento esto porque lo que connota ese incremento tan significativo de colaboraciones es que cada vez se valora más el talento y la creatividad de los estudiantes de Publicidad y RR.PP. que pasan por Segovia. Ya nadie se acerca al campus creyendo que al ofrecer una colaboración está haciendo un favor a los alumnos. No. Las entidades que he mencionado, e insisto que son más de las que cito, han venido aquí con un trato de igual a igual en el que todas las partes han salido ganando: los alumnos trabajando en equipo y poniendo en práctica sus cualidades, aprendiendo y mejorando en cada propuesta, algo que sin duda les servirá de cara al futuro, y en caso de ganar consiguiendo además buenos premios (creo que eso es lo de menos). Y las empresas e instituciones se llevan el mejor resultado de ese talento en forma de piezas publicitarias que sin duda amplifican la difusión de aquello que quieren comunicar a su público.

Mi opinión, y esto es subjetivo aunque creo que contaría con el respaldo de los compañeros del mundo de la publicidad con los que trabajo, es que buena parte de los anuncios que se emiten en los medios locales, ya sean en el formato que sean, son ampliamente mejorables, tanto en el mensaje como en la calidad de la imagen, el sonido, la fotografía… Y creo que el problema es que muchos de ellos no están creados por profesionales del mundo de la comunicación, con todo lo que eso conlleva. Se tiende a ver con demasiada frecuencia, especialmente en las ciudades pequeñas, la publicidad como un gasto en vez de una inversión, y eso que hace que los presupuestos destinados a una campaña sean demasiado reducidos. 

Esta entrada al blog no busca quitarle trabajo a las agencias de publicidad que hay en Segovia.  Lo que pretendo es recordar a los empresarios y responsables de comunicación que no están optando por ellas (por las agencias) que en el Grado de Publicidad y RR.PP. de la UVa hay muchos estudiantes con talento que están deseando que desde el exterior se les haga partícipes de sus proyectos; se les rete para que demuestren que están preparados para hacer piezas de gran calidad. Puedo asegurarles que las entidades que he citado más arriba han salido todas más que satisfechas no solo con el resultado final sino con la seriedad demostrada desde el inicio.

Son jóvenes, tienen talento y lo único que necesitan es que se cuente con ellos. Acercaos y comprobadlo de primera mano. Para los que creemos que la universidad tiene que tener un componente muy práctico y centrado en la realidad actual, no hay nada mejor que abrir las ventanas y salir al mundo exterior sin que los alumnos tengan que esperar a terminar la carrera.

Es, en definitiva, aprovechar las sinergias que cada parte implicada puede ofrecer...

martes, 4 de abril de 2017

En septiembre del 2016, Tiziana Cantone se suicidó en Italia después de ser perseguida e insultada durante meses a raíz de la publicación por parte de su ex pareja de varios vídeos ‘caseros’ en los que mantenían relaciones sexuales.  Futbolistas, famosos, twitteros… fueron partícipes del acoso machista que sufrió y que terminó por minar los esfuerzos que Cantone había hecho para luchar contra esa persecución, llegando a ir a juicio para que desaparecieran de internet dichos vídeos.

Semanas más tarde corrió por las redes sociales y por WhatsApp un vídeo en el que los jugadores del Eibar Sergio Enrich y Antonio Luna mantenían relaciones con una chica, que también denunció la difusión sin su consentimiento del material. Ambos jugadores se apresuraron a pedir perdón, como si una disculpa sirviera para paliar los daños a la imagen de dicha mujer, pero como eran futbolistas poco tiempo duró la polémica.

Son solo dos casos de difusión de contenido íntimo de los miles que circulan por las redes sociales y mensajería instantánea. En todos ellos hay un perverso patrón que se repite: son vídeos grabados por hombres en los que se ve por completo la cara y el cuerpo de la mujer, del hombre solo lo justo para no ser reconocido. Lo comparte quien lo ha grabado con alguien de su entorno para demostrar su virilidad o como venganza por una ruptura, y quien lo recibe automáticamente pasa a enseñarlo también a sus amigos. Nunca existe el consentimiento de la chica para ser reproducido por terceros. En menos de un día miles de personas por todo el país o por todo el mundo tienen en su teléfono un vídeo en el que se ve claramente a una chica manteniendo relaciones sexuales con un desconocido. Y si por casualidad se le ve la cara al varón, da igual, porque en el juicio social sumarísimo que se hace el hombre no es más que un elemento secundario, un ‘machote’ como mucho. Todas las miradas se centran en ella y todas las acusaciones también porque en esta versión 2.0 de la vida, la chica sigue siendo para la inmensa mayoría ‘la guarra’ y el chico el que lo pasa bien. Cuánto camino por recorrer aún.

Pero hay más. Se ha creado una denigrante conducta que consiste en que a la vez que un emisor envía el vídeo al grupo de amigos para ser comentado, también se comparten pantallazos de los perfiles en redes sociales de la chica víctima de la difusión del contenido sexual. No vale solo con la humillación individual sino que muchos quieren formar parte de un colectivo que accede a sus cuentas en redes a comprobar cómo es ella vestida, a qué se dedica, de dónde es… y por supuesto a atacarla, porque parte de estos espectadores se convierten en elementos activos e insultan, hacen proposiciones deshonestas o simplemente les recuerdan lo que les ha gustado el vídeo visualizado. Muchas de estas chicas terminan por abandonar las redes sociales y con problemas psicológicos ante tal acoso al que son sometidas.

Siempre que hay un problema global a erradicar, el individuo tiende a no reconocerse como parte de ese problema. Hacerlo y que el resto, aun siendo también culpables, no opten por el mismo camino, significa señalarse con el dedo. Tendemos a creer que el cambio de conducta tiene que venir de los demás, o en caso de aceptarlo pensamos que uno solo no tiene capacidad para hacer que cambien las cosas a nivel general. Cada vez que un vídeo compartido sin consentimiento de todos sus protagonistas es enviado a otra persona o grupo de WhatsApp, quien lo hace (además de cometer un delito) pasa a ser tan culpable como quien lo ha grabado y ha originado el comienzo de la cadena viral y del acoso generado. No valen justificaciones estúpidas que se caen por su propio peso como ‘que no lo hubieran grabado y no le pasaría eso’; porque no exime de la culpa a quien participa conscientemente del proceso de dañar la imagen de la mujer.  

Desde la educación hay que alertar de los peligros de grabarse en situaciones íntimas que pueden volverse en contra en el supuesto de una indiscreción por una de las partes implicadas o por un error informático, como les ha pasado a muchos famosos. Pero mientras que sigan existiendo casos en una sociedad en la que en las redes sociales tiende a perdonar pocas equivocaciones públicas, hay que recordar que quien comparte pasa a ser verdugo, no espectador como tantos creen cómodamente. Si alguien es incapaz de entenderlo que piense si le gustaría que su hija, su madre o su hermana, fueran protagonistas de situaciones parecidas y que si sería tan gracioso compartirlo con los amigos para hacerse los ‘machotes’, y que cientos de miles de tipos indeseables por todo el mundo disfrutaran con esos vídeos. Supongo que no les gustaría.

Y es que al final quizás solo se trate de sentir empatía, humanizarnos y no hacer lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros mismos. Tiene que ser más fácil de lo que parece si ponemos cada uno de nuestra parte. 

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