El Adelantado de Segovia
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El Blog Terráqueo | por Juan Miguel Vicente Amores
foto Amores desde Madrid. Este blog también será una la ficticia búsqueda del trazado del río Eresma
que hago a lo largo y ancho de la Tierra, por esta razón, en ocasiones 'verán' un contenido bastante surrealista, a sí que no se asusten y difruten conmigo de este viaje.
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martes, 31 de mayo de 2011

Son tiempos duros. No hace falta que haga una relación de los males que, más o menos, a todos nos afectan porque los conocemos de sobra. Después de disfrutar una época de bonanza y crecimiento, la recesión se instaló en nuestras vidas y ya llevamos unos añitos de tránsito por el desierto. Pero este camino se está haciendo largo, tanto que ni siquiera se atisba un oasis más allá de los habituales espejismos que tenemos los que desesperada y sedientamente atravesamos este erial. Y muchos estamos ya muy hartos de pasarlo tan mal.

Para salir de aquí nos quedan la Esperanza y la Evasión y me gustaría que también la Fe, pero esa la perdí hace ya tiempo. Me refiero a la fe en los que gobiernan y/o dirigen nuestras vidas, incapaces de mejorar las cosas o siquiera de generar ilusión. Me temo que este camino tenemos que hacerlo sin su aportación, aunque desgraciadamente sigamos soportándolos.

Así que para pasar este trago, decía, tenemos la Esperanza en nosotros mismos y en nuestras ganas para mejorar la situación. También podemos echar mano de la Evasión; a otras partes, a otros mundos, temporal o definitiva. Una evasión que puede ser física, de un lugar a otro o simplemente mental, utilizando solo la imaginación.

Hace poco opté por evadirme durante unos días. Salir de este país y sus miserias y vivir otra realidad por un momento. Un breve ejercicio de oxigenación, una cantimplora de agua fresquita en este Sáhara tan árido. Sé que volveré a pasar sed pero qué gustazo bebérsela toda de un trago: lo necesitaba para poder continuar.

Tomé un avión, crucé el océano y me instalé con los míos en un reino imaginario cuyo monarca es un ratón. Ese reino está en el centro de La Florida, un territorio que hace solo 190 años era parte de España. Ahora pertenece a otro gran imperio, pero ese reino -férreamente gobernado por el ratón- es independiente y sus habitantes son realmente felices, al menos durante los días que viven allí. Lástima que sea imposible conseguir papeles para establecerse definitivamente; solo se puede sacar un visado para unas pocas jornadas. Después hay que abandonar una tierra de fábula.

Ese reino -como todos los que merecen tal nombre- tiene un gran castillo. Una preciosa, imponente y estilizada fortaleza, con altos torreones rematados por cúpulas cónicas de pizarra donde vive el longevo y roedor monarca, eternamente empeñado en hacer felices a propios y extraños. A los pies del castillo se celebran a diario grandiosos bailes, en los que participan animadamente gentes venidas de todos los países del mundo. Para asistir a estos bailes no es necesario ir de etiqueta, aunque se considera de buen gusto ir tocado con una gorra con orejas de ratón. Cuando llega la noche, el castillo se ilumina de los colores más fantásticos, dándole un aspecto mágico. Unos espectaculares fuegos artificiales lanzados por encima de él avisan de que la magia se ha acabado por hoy y que ya es hora de irse a dormir.

Sí, he logrado evadirme pero ya estoy de vuelta en Madrid. Y he sacado una conclusión de este viaje: siempre que necesite escapar, buscaré un reino con un buen castillo de altos torreones rematados por cúpulas cónicas de pizarra. Pero la próxima vez buscaré uno más antiguo y auténtico, con más historia y a ser posible mucho más cercano.
Me han dicho que al otro lado de la Sierra puedo encontrar algo así.

lunes, 03 de enero de 2011

Las distancias en Segovia son afortunadamente cortas. Salvo para dirigirse a la estación del Ave, prácticamente se puede ir caminando a cualquier parte de la ciudad. Otra cosa es que lo hagamos, porque en Segovia se tira mucho del coche para ir a por el periódico, a tomar el chato mañanero, hacer un recado o echar la partida. Con la excusa de que tiene muchas cuestas cojemos el coche, y muchas veces no nos damos cuenta de que uno de los grandes encantos de nuestra ciudad es poder caminarla, así que nos dejamos llevar por la comodidad del vehículo privado. Una comodidad que a la larga sale bastante cara, teniendo en cuenta que en el momento en que se coge el coche hay un gasto de gasolina no sólo por el recorrido, sino por la lentitud del trayecto motivado por los atascos diarios y por las vueltas que se dan hasta encontrar aparcamiento. Un aparcamiento que también cuesta, ya sea por el uso de plazas de la ORA o utilizando los parkings. Por no hablar del coste en contaminación que la ciudad y sus ciudadanos podrían evitarse si se anduviera más.
Reconozco que no me paraba a pensar en todo ésto cuando vivía en Segovia, pero al poco de establecerme en Madrid y volver cada vez más de tarde en tarde, me sorprendía el uso desmedido del coche en Segovia.
En realidad el uso del coche en ciudad, sea grande o pequeña, me parece inútil en la mayoría de los casos. Y siempre por la misma razón: al final se tarda más y cuesta más yendo en coche que moviéndote en otros vehículos alternativos, transporte público o simplemente andando.
Madrid es una ciudad muy caminable y siempre que puedo -y no tengo prisa- practico el noble arte de trasladarme a golpe de calcetín. Pero para transportarme con rapidez (por ejemplo, cuando tengo que ir a trabajar), mi elección ha sido desde hace ya unos años la moto; una Vespa Granturismo para más señas.
Desde que la cambié por el coche me he convertido en un auténtico adicto a ella. Haga sol, lluvia, frío, calor, viento, nieve, de día o de noche voy con mi Vespa por Madrid. Yo era de esos que miraba con extrañeza a los motoristas que iban por la ciudad cuando llovía y fíjate por donde, me he convertido en uno de ellos. Tanto es así que incluso durante aquellas famosas nevadas que hace un par de años colapsaron la capital, las pasé conduciendo mi Vespa. Claro, yo todo segoviano en cuanto vi caer los copos me dije “bah, aquí nunca cuaja, no como en Segovia”. Y vaya si cuajó. Para mí fue todo un orgullo vivirlo en mi Vespa y, afortunadamente, sin percances.
Pero creo que mi transición a un transporte más alternativo aún no ha terminado. Estoy seguro de que un día, cuando deje aparcado el miedo en casa, me decante por el medio de transporte más humano, menos contaminante y más simpático de todos: la bici. Tengo algunos amigos que ya se han hecho incondicionales de la bici y que hasta han hecho de ella una forma de vida. Son unos valientes; a mí todavía me da miedo el loco tráfico de Madrid. Quizá, algún día, sea uno de ellos. Mientras tanto disfruto de las dos ruedas de mi Vespa.
¡Feliz Año Nuevo Segovianos!

martes, 01 de diciembre de 2009
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Llevo muchos años en Madrid. Aquí acabé la carrera, hice nuevos amigos, empecé a trabajar e incluso tuve un hijo. Sentirme, ser madrileño ha sido fácil durante todo este tiempo. Vivir aquí me cambió la percepción de inicial rechazo que los segovianos solemos tener -o al menos antes teníamos- al madrileño "invasor", ese personaje que viene en caravana a Segovia a comer con aire chuleta y prepotente. Nada más lejos de la realidad.

Al poco de aterrizar en la capital sientes que la gente de aquí es amistosa y, en muchos casos, acogedora. Es verdad que ésta es una ciudad dura, ruidosa, con atascos, contaminada, estresada, caótica y llena de gente de todos los sitios. Pero es precisamente esta última característica la que la hace muy humana. A nadie le importa de dónde vengas o qué eres, porque todo el mundo es de cualquier parte. Por eso eres bienvenido, eres uno más y enseguida te sientes cómodo.

Pero de un tiempo a esta parte, la sensación de comodidad ha ido desapareciendo. No es que el carácter del madrileño medio haya cambiado últimamente; es el paisaje que cada día se ve por muchas de las calles de Madrid lo que la está convirtiendo en un lugar cada vez más desagradable para vivir. Por todos lados te encuentras multitud de obras, zanjas o socavones. En un principio pensé que el Ayuntamiento también había decidido unirse a mi empeño de buscar el río Eresma en el subsuelo de Madrid. Poco tiempo después me di cuenta de que se trataba de gigantescas operaciones urbanísticas, que en un futuro serán útiles para los ciudadanos, pero que de momento hacen parecer a ésta una ciudad asediada, bombardeada, en guerra.

Las obras son un mal necesario y siempre han existido. De hecho son una de las señas de identidad de Madrid. Tanto es así que hace unos años el actor Danny deVito, que había llegado a la capital a promocionar una película, fue preguntado por un periodista cuál era su opinión sobre la ciudad. DeVito contestó “Madrid es muy bonita, pero lo será aún más cuando encuentren el tesoro”. Un crack.

Pues eso, que aquí siempre hay obras, pero lo de ahora es increible; gran parte de la ciudad está completamente levantada. Hace unos días, un amigo dejó un "post" en Facebook con unas fotos. El título del mensaje describía con sarcasmo la realidad cotidiana de todos los que vivimos en la capital. Seguro que conocen ese entretenido programa de Telemadrid que muestra la vida de algunos madrileños en distintas ciudades del planeta. Pues bien, inspirándose en él, este amigo mío "posteó" esas fotos de las obras de Madrid con el siguiente título:

Madrileños por el Mundo: hoy, Beirut.

Así que ya lo saben: si vienen por Madrid, no se olviden del casco. Hasta pronto. 

Juanmi Vicente Amores

lunes, 20 de julio de 2009

Cuando se habla de Segovia, la gente de fuera lo asocia automáticamente a dos cosas: el Acueducto y el cochinillo asado. Que sean estos dos elementos los más relevantes de nuestra ciudad y provincia se debe a la perseverancia de dos grupos humanos: los romanos en el caso del monumento; los maestros asadores encabezados por el mítico Cándido, en el caso de la ilustre pitanza.
Personas que visitan nuestra tierra descubren muchos más encantos, tanto monumentales y paisajísticos como gastronómicos. En este último apartado, su abanico de conocimientos se despliega y ya reconocen al cordero asado, los judiones de La Granja, el chorizo de Cantimpalos y otros derivados del cerdo, el mero al ajoarriero, el ponche segoviano y demás, como obras maestras del buen comer. La cocina segoviana, muy ligada a la tierra y a la dureza de la meteorología, tiene siglos de tradición y, salvo modernas y meritorias interpretaciones realizadas por algunos nuevos cocineros, se mantiene inmutable. Por eso, es muy probable que el turista del S. XXII siga buscando los mismos argumentos comestibles que hoy en día.
La cocina en Madrid no es así. Como tantas cosas, y a pesar de la cercanía, es muy distinta a la segoviana. No me refiero al contenido en sí, porque de hecho la cocina que se hace en la sierra es similar en cuanto a los asados y el uso de legumbres. No, es más bien una cuestión de carácter.
Pero ¿qué o cómo es la cocina madrileña? Yo pienso que es el reflejo gastronómico de la realidad de la propia ciudad y sus habitantes. Una población mestiza, cambiante, cada vez más numerosa y con muchas inquietudes. Siempre con ganas de probar algo nuevo o de descubrir lugares desconocidos. Bien es cierto que en Madrid algunas cosas se mantienen y son símbolos de la ciudad -la Puerta de Alcalá, el Rastro, Doña Manolita, el cocido, las tapas, los-jueves-paella-, pero hay otras que son nuevas. Y cada día hay más.
Pues eso mismo pasa con la cocina madrileña: es un compendio de muchas cocinas, de muchos estilos, tradicionales o vanguardistas, de aquí y de allá, que conviven paralelos o que en muchos casos se cruzan, se suman, se funden, se interpretan o reinterpretan para volver en otros casos a la esencia primigenia. Igual puedes encontrar en la misma calle una taberna que te ofrezca esas tapas de toda la vida como, al lado de ella, otro local que reinventa esas mismas tapas con nuevos ingredientes o fundiéndolas con otros estilos o técnicas. Igual te puedes tomar una paella como si estuvieras en el mismo Grao valenciano, auténtico pollo tandoori indio, souvlaki griego, o degustar unos makis como lo harías en un sushibar de Tokio.
En definitiva, lo más emblemático y característico de la cocina en Madrid no es un plato u otro; es un interés por acoger todo tipo de cocinas, sean de donde sean, y hacerlas propias. Mmmm, qué hambre me ha entrado; ahora mismo me voy a comer.

martes, 27 de enero de 2009

La pareja se sentó en aquellas sillas tan peculiares. La mesa tenía otras dos sillas en las que colocaron sus respectivos abrigos. Con un movimiento rápido y mecánico, el camarero sacó su libreta y se dispuso a apuntar la comanda.

- ¿Qué desean tomar?

- Café con leche, largo de café –respondió ella.

- ¿Y usted, caballero?

- Café solo, gracias.

- ¡Ah! Y tráiganos también un trozo de tarta Satcher; con dos cucharas, por favor.

- Muy bien. Enseguida les sirvo.

La mujer esperó a que Franz, el camarero, se diera la vuelta y se perdiera entre el gentío del abarrotado salón para empezar a hablar. Entonces ella se volvió y clavó sus verdes y penetrantes ojos en los del hombre.

- Sr. Lahm, soy la Srta. Freytag. La Organización me encargó ser desde ahora su enlace.

- En realidad, esperaba encontrarme con otra persona.

- Supongo que se refiere a Heinz… al Sr. Berger. No se preocupe, soy una persona de su máxima confianza. Además, le repito que ha sido la Organización quien ha decidido que yo sea ahora quien esté a su lado hasta que todo acabe.

Lahm dudó. Casi sin querer, miró a un lado y otro como buscando a alguien, o más bien esperando que nadie les viera o reconociera. No se sentía cómodo. No sabía por qué, pero la Srta. Freytag no le transmitía confianza por mucho que fuera alguien que la Organización le había asignado. Quizá eran esos penetrantes y fluorescentes ojos verdes; o esas maneras educadas pero frías y distantes. Parecía alguien de la Policía Política más que un miembro de la Organización.
“¿Y si es un agente de la Política? ¿Y si se han enterado de todo? La Policía tiene ojos y oídos en todos los lados. Cualquiera puede ser uno de ellos… Bah, imaginaciones. Es imposible que alguien que no sea de los nuestros sepa que esta reunión se iba a dar. Es gente de la Organización. Seguro”, se autoconvenció Lahm.

- Srta. Freytag. Estoy dispuesto.

- Entonces, pongámonos en marcha cuanto antes.

(continuará)

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